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Algo irrumpe en la cotidianidad para, lenta y brutalmente, torcer lo cotidiano hacia la decadencia. Una maldición se propaga, silenciosa, y lo descompone todo a su paso. El punto de partida es un elemento externo cuya aparición pone en evidencia que no todo es tan apacible como parece; que debajo de la superficie subyacen capas y capas de podredumbre acumulada durante generaciones. Podría ser El color que cayó del cielo (H.P. Lovecraft, 1927), pero en este caso el componente invasor no viene desde el espacio exterior sino que se trata de un sujeto cercano al que el grueso de la sociedad desearía ignorar en paz y, al no poder hacerlo, se desencadena un infierno.
El contexto no es otro que aquel fatídico verano que sucedió a diciembre de 2001 y el elemento extraño es un hombre en situación de calle, con su carrito de supermercado rebosante de pertenencias maltrechas, en un barrio de clase media de la provincia de Buenos Aires. Desde sus ventanas, los vecinos lo observan con recelo y algo de temor que intentan no expresar en voz alta. El miedo no es al hombre en sí, sino a su condición; el miedo es a transformarse ellos también, por obra del destino o del devenir de la economía, en ese hombre sin techo ni familia. El miedo de verse obligados a llamar a un carrito como ese su hogar.
Este es el caldo de cultivo, burbujeante y espeso, en el que se revuelven los personajes de La virgen de la tosquera, inmersos en una atmósfera opresiva propiciada por un calor asfixiante y por la noción de que nadie está a salvo de caer por debajo de la línea de pobreza. Natalia (Dolores Oliverio) es una adolescente introspectiva pero resuelta que se encuentra atravesando su propio terremoto emocional; vive con su abuela (Luisa Merelas) tras ser abandonada por sus padres de forma inesperada e intenta volver a encontrar un sentido de pertenencia en los vínculos que la secundaria le dejó.
Junto a Mariela (Candela Flores) y Josefina (Isabel Bracamonte), sus amigas inseparables, Natalia recorre las calles del barrio en busca de nuevos estímulos y sus corazones parecen latir más fuerte cada vez que frecuentan a Diego (Agustín Sosa), un joven unos años mayor del que todas están un poco enamoradas. Entonces un nuevo elemento externo llega para alterar este esquema: se trata de Silvia (Fernanda Echevarría), una veinteañera que Diego conoce por chat en una de sus tardes en el cíber.
Los cuatro empiezan a juntarse cada vez más seguido a tomar cerveza, fumar y escuchar música. En cada encuentro Diego se ve embelesado por la experimentada seguridad con que Silvia se desenvuelve, y las tres amigas se sienten gradualmente desplazadas al no poder hacer nada para evitarlo. Es Silvia también quien sugiere tener la solución al calor que los agobia: una tosquera devenida laguna artificial a tan solo un (largo) viaje en colectivo de distancia.
Símbolo de la desidia de las empresas constructoras, despojos del progreso que el tiempo transformó en trampa mortal, la tosquera es presentada como un personaje más; un espacio liminal tan seductor como amenazante, características que la propia Natalia lucha por encarnar. Visita tras visita, la tosquera se vuelve el escenario donde el deseo, las expectativas y una sexualidad incómoda, desenfrenada y aún sin lenguaje propio generan una maraña de confusión que explota en celos y luego en un conjuro de magia negra. El proceso entrópico iniciado tras la aparición del carrito continúa la descomposición del tejido social hasta las últimas consecuencias.
De esta forma, La virgen de la tosquera construye un coming-of-age profundo e inherentemente argentino, donde las condiciones sociales y económicas coyunturales moldean los horrores a los que se enfrentan (o personifican) los protagonistas. Los cuentos de Mariana Enríquez en que se basa el guion de Benjamín Naishtat son la materia prima para una narración profundamente cinematográfica, con una gran variedad de recursos visuales puestos al servicio del punto de vista de Natalia, de sus deseos más íntimos que desbordan hasta distorsionar su percepción y no encuentran límite alguno.
La película de Laura Casabé se inscribe así en una incipiente tradición del coming-of-age sobrenatural argentino, junto a estrenos de los últimos años como Matar a la bestia (Agustina San Martín, 2021) o Almamula (Juan Sebastián Torales, 2023) —o incluso la menos lograda Las noches son de los monstruos (Sebastián Perillo, 2022)—; películas que trasladan estas tensiones sexuales y políticas a distintas geografías locales, con sus propias leyendas y amenazas que enriquecen el relato.
Lejos del cipayismo estilístico y temático que tiende a padecer cierto espectro de la producción de género nacional, La virgen de la tosquera se zambulle en nuestros temores y cicatrices más propias para recordarnos que debajo de esa superficie, que por momentos se presenta impasible, se oculta un sinfín de oscuridades y perversiones, y basta con una irrupción repentina para develar su verdadero rostro.
La virgen de la tosquera (Argentina/México/España, 2025), guion de Benjamín Naishtat a partir de “El carrito” y “La virgen de la tosquera”, de Mariana Enríquez, dirección de Laura Casabé, 93 minutos.
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