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Mia madre

Nanni Moretti

CINE y TV

Después de dos lamentables pasos en falso (Il caimano, de 2006, y Habemus papam, de 2011) en los que la encuesta sobre la realidad político-social de Europa parecía haberle ganado la partida al borrador de un mundo propio garabateado sobre el real —de Palombella rossa (1989), digamos, hasta Aprile (1998)—, Moretti regresa a lo que mejor hace, que es filmar su relación con las cosas y la gente poniendo las circunstancias de su vida personal como excusa. En Mia madre, el protagónico recae sobre la actriz Margherita Buy (impecable), y Moretti se acomoda junto a ella hasta pasar casi inadvertido en el papel de su hermano. Pero fue Nanni quien revisó los apuntes tomados durante la agonía de su propia madre (a la que debió acompañar y asistir, precisamente, durante el rodaje de Habemus papam) y son el dolor y la lucidez de esa conciencia puesta en acto los fundamentos de una reflexión sobre la muerte que no es tanto la esperable fuga de un sentimiento de tristeza como la construcción meticulosa de una serie de espacios donde pensar (y prepararse para) la ausencia. Y Moretti es (como lo son Woody Allen y Clint Eastwood a su manera) alguien que piensa mejor con las luces apagadas, tal vez porque en la oscuridad de la sala de cine resulta más fácil que el recuerdo irrumpa en la continuidad del mundo para medirse con las leyes secretas de la experiencia. El marcado acento fúnebre de Mia madre cuida el lado de sombra del cine de Nanni Moretti, ese que había aparecido cuando menos se lo esperaba —en la acaso incomprendida La habitación del hijo (2001)— y que aún parece dispuesto a romper los probables pactos con la realidad que muchas veces se presuponen en el cine político. Atento como está a los gestos y a los paraderos que se estancan en el tiempo antes de esconderse para siempre en la memoria, Moretti prefiere afirmar que lo político quizás sea indecible, para cederle la penosa tarea de la enunciación al actor amnésico (John Turturro) que no puede memorizar las líneas de la ficción dentro de la ficción. Al mando de esa película en construcción que se resiste a tomar forma, Margherita soporta el alerta de incredulidad, huye de los sets de filmación y se pierde en los sueños que tiran de ella con insistencia (acaso los momentos más fellinianos de toda la filmografía de Moretti) y pasa las tardes en el hospital junto a la mujer resignada al dolor de la espera y el hombre cansado en el que la melancolía futura brilla a contraluz. El acto de quitarse del medio, el arte y la posibilidad de hacerse a un lado, además de disimular la marca narcisista y sacrificar el placer por la exposición que el cine puede potenciar como ningún otro arte, sólo parece reservado a los verdaderamente grandes, es decir, a aquellos capaces de transformarse por sí mismos en una química de lazos y despliegues con esa parte de la realidad en la que han decidido fijar la atención. Y si el réquiem impone siempre un tipo especial de hipersensibilidad, el armado de una estrategia que permita evocar los gestos de la vida y, al mismo tiempo, encontrar el instante pleno de lo que va oscureciéndose al salir de ella, Moretti ha optado por ponerse más cerca del extrañamiento que del desamparo y ha hecho una película de una perfecta inmovilidad, la clase de nota al pie que sólo cobra sentido frente a lo indefinible.

 

Mia madre (Italia/Francia, 2015), guión de Nanni Moretti, Francesco Piccolo y Valia Santella, dirección de Nanni Moretti, 102 minutos.

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