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Ready Player One

Steven Spielberg

CINE y TV

Difícil que al espectador que haya pasado los cuarenta no se le llenen los ojos de lágrimas al comienzo de Ready Player One, cuando su protagonista, el adolescente Wade Watts, recorre esa favela futurista y vertical en la que vive al compás de “Jump” de Van Halen, en un disparador plano secuencia que anuncia algo que el resto de la película nunca va entregar. Cuando Hall & Oates nos despiden en los créditos de cierre, la sensación final es que Steven Spielberg, uno de los más grandes creadores de la historia del cine, ha cedido finalmente a la tentación que ese otro visionario llamado James Cameron tampoco pudo evitar en su momento, esto es, tratar de convertirse en Dios. Y así como Cameron tuvo su Avatar, ahora Spielberg ha construido su propio santuario para la civilización digital: una película-mundo casi paradójicamente privada de objetos imaginarios propios.

¿Es James Donovan Halliday, el creador de Oasis, la plataforma de realidad virtual donde se desarrolla la mayor parte de la película, un espejo en el que Spielberg pueda reflejarse? En su calidad de demiurgos, ¿tienen algo en común? En principio, Halliday es mucho menos interesante. Spielberg crea mundos, Halliday diseña soportes. Spielberg es el fundador de una cultura, Halliday se limita a reciclarla. No se trata de compararlos proporcionalmente, sino de tratar de adivinar qué vio Spielberg en la muy mediocre novela de Ernest Cline que decidió adaptar. Porque la década del ochenta ya ha dejado de ser un mito para transformarse en una ideología y, como tal, no está exenta de fanáticos y fundamentalistas. Spielberg es demasiado inteligente como para ponerse en el lugar del ególatra, pero Halliday, desde la impunidad que le otorga la máscara de la ficción, no tiene ningún problema en asumirse como tal. Halliday representa el encumbramiento imaginario de esa generación que ya existe entre nosotros y tiene cortado el circuito que diferencia la vida del recuerdo. Una generación artificial, privada de todos los resortes materiales y emocionales que se pusieron en funcionamiento para hacer esa vida posible y —sólo entonces— evocable. Wade Watts, el huérfano que explora el mundo virtual creado por Halliday en busca de la recompensa oculta que le promete ser “alguien” en ese mundo real apocalíptico del año 2045 donde todos son nadie, es una víctima generacional, un prisionero de un diccionario en el que una figura es aclarada por otra que, a su vez, es explicada por otra. De Gremlins a Volver al futuro, de Los cazafantasmas a Freddy Krueger y Jason Voorhees, de Chucky a Meteoro, pasando por King Kong y el Batman de Adam West, Ready Player One es la proyección evanescente de una mente colectiva que hace tiempo viene perdiendo definición y que, en su fuga hacia adelante, clava anclas en el pasado por miedo a soltarse en un futuro que parece no tener nada nuevo que ofrecer. La plasticidad deslumbrante de Ready Player One suscita gestos de asombro apenas se apagan las luces de la sala, para ir transformándose de a poco en una rima infinita de autoconciencia. Steven Spielberg ha insertado una de las más espectaculares secuencias de cine de la historia —vean la carrera de autos del inicio— en la que quizás sea su peor película. Vamos a atribuir este tropiezo a la mala suerte, a la coincidencia fortuita de genio, época y veteranía. El talento y la madurez conllevan peligros como este, el de tener que enfrentar finalmente el alcance, la relevancia y el peso cultural de todo lo que se ha creado a lo largo de una carrera extraordinaria. Y ese es un privilegio reservado para pocos.

 

Ready Player One (EEUU, 2018), guión de Zak Penn y Ernest Cline sobre la novela Ready Player One de Ernest Cline, dirección de Steven Spielberg, 140 minutos.

28 Jun, 2018
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