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Con inocente enojo y una gestualidad casi torpe, Tony Kiritsis (Bill Skarsgård) entra con un brazo vendado y una caja larga en el edificio de Meridian Mortgage, la financiera hipotecaria de Indianápolis donde tiene una cita con el dueño, M.L. Hall (Al Pacino). El viejo Hall no está y lo recibe su hijo Dick (Dacre Montgomery). Tony se frustra, suelta algunos insultos al aire y se alivia cuando Dick le propone seguir la reunión en la oficina del padre. Ahí, a puertas cerradas, saca una escopeta y un alambre. Arma un dispositivo donde el caño va apoyado en la nuca de Dick y el alambre une el gatillo con los cuellos de ambos. Si Dick intenta escapar, o si alguien le dispara a Tony y lo derriba, el tiro sale solo. Dead Man’s Wire se llama el artefacto y también la película, que acá fue traducida como La negociación, un título que suaviza el efecto del original y borra a su verdadero protagonista.
Tony pensó el dispositivo durante mucho tiempo, lleva una lista de demandas y la convicción ciega de que le deben una disculpa pública. Y aunque en algún momento la duda le cruza la cara, siempre va a al frente (como loco). Esa obstinación lo emparenta con Kowalski, el conductor de Vanishing Point (Richard Sarafian, 1971), que cruzaba el Oeste en un Dodge Challenger blanco para ganar una apuesta que justifica el inicio de su cruzada pero que se pierde en el horizonte y lo único que importa es llegar para demostrar algo. A los dos los sostiene además una voz en la radio. Fred Temple (Colman Domingo), el locutor favorito de Tony y el único en quien confía, cumple el papel de Super Soul, el DJ ciego que desde una emisora perdida en el desierto convertía a Kowalski en el último hombre libre de un país que ya había dejado de serlo. Van Sant filma esta historia con los recursos del cine de aquellos años, la textura gastada de la imagen, las canciones que entran por la radio, las fotos fijas que detienen la acción. Junto al director de fotografía Arnaud Potier rodó casi toda la película cámara en mano y sin lista de planos, para que fueran los actores quienes marcaran cada escena, y con ese pulso nervioso sigue al público de Indianápolis, que mira todo en vivo y va convirtiendo a Tony en héroe mientras la policía lo rodea sin animarse a actuar.
La historia es real. El 8 de febrero de 1977, Anthony Kiritsis, un hombre de cuarenta y cuatro años ahogado por una deuda con Meridian Mortgage, tomó como rehén a Richard Hall, ejecutivo de la compañía e hijo del dueño, y lo retuvo durante sesenta y tres horas mientras llamaba a una radio local que transmitía cada una de sus palabras. Pedía cinco millones de dólares, inmunidad y una disculpa pública, y el caso tuvo tanta repercusión que terminó por modificar algunas prácticas de los préstamos hipotecarios en Estados Unidos. Van Sant contó que decidió filmarlo al leer un guion que traía enlaces a las llamadas reales al 911, en las que Kiritsis hablaba a toda velocidad, entre chistes y brotes de odio. Ese es el clima de la película.
Para los protagonistas, Van Sant eligió dos baby faces como los que sus fans asocian con la etapa que va de Drugstore Cowboy (1989) y My Own Private Idaho (1991) a Elephant (2003) y Paranoid Park (2007): Skarsgård, a quien el gran público conoce bajo el maquillaje del payaso de la nueva It (2017), y Montgomery, el matón de Stranger Things (2016-2025). Las actuaciones desarman cualquier idea de un duelo entre hombres duros. Tony parece un chico ofendido con una escopeta entre las manos; Dick, un heredero que nunca tuvo que rendir cuentas. Los dos actores sostienen con eficacia una tensión que, por momentos, podría resolverse a favor de cualquiera. En un papel menor, el del camarógrafo que registra el asedio, aparece John Robinson, el chico rubio de Elephant. En esa película posaba para la cámara de un compañero en los pasillos de una escuela a punto de convertirse en escena de una masacre, y ahora él toma la cámara que transmite por TV un ejemplar caso de violencia ciudadana.
Dead Man’s Wire (EEUU, 2025), guion de Austin Kolodney, dirección de Gus Van Sant, 105 minutos.
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