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Entre el 15 de agosto y el 17 de septiembre de 1959, Godard rodó su primer film, una película que conocemos también como Al final de la escapada, que en Buenos Aires se presentó como Sin aliento y que en inglés se titula Breathless. Cuando ya existen estudios críticos que analizan cada toma, cada secuencia de la película (como el libro de Michel Marie), revisitar el pasional policial de Godard es dejarse llevar por la silla de ruedas de Raoul Coutard, su director de fotografía. La reciente Nouvelle Vague de Richard Linklater reúne las condiciones para que À bout de souffle despliegue su abanico de encantos. “Soy un imbécil”, dice Michel (Jean-Paul Belmondo), y fuma un cigarrillo cargado de tabaco que parece un tubo de papel encendido. Otro tubo de papel, más grande, es también una especie de catalejo o cámara con la que Patricia (Jean Seberg) capta a su amante, que da vueltas en la cama. Cuando no están en la cama, están en automóviles, o caminando por el medio de la calle, o en un bar, o haciendo una llamada telefónica. Godard parece tocar las cosas con una cámara mágica que las convierte en cuadros, obras independientes, imágenes cristalizadas de una revolución cinematográfica que no por volverse un clásico abandonó todavía su ideario de apasionada rebeldía de imágenes en movimiento. ¿Por qué Michel Poiccard dice que es un imbécil? Porque el coraje, la valentía, la libertad total, lo empujan a la tragedia. Miedo es lo que siente cuando mata a un policía y comienza a huir hasta la escena final, mientras trata de conseguir un dinero que le debe un amigo (que vive, entre otras cosas, de tomar fotografías a hombres besándose con mujeres que él mismo envió para después realizar chantajes, ¡el poder de la imagen!) y visita a mujeres de las que se aprovecha. A Patricia quisiera convencerla de llevar la misma vida, a todo o nada.
Sin embargo, Patricia se hace otras preguntas, otras alternativas: si tuviéramos que elegir entre el dolor y la nada, ¿qué elegiríamos? Es una disyuntiva de Faulkner, a la que Patricia acompaña eligiendo el dolor. El personaje de Belmondo elige la nada porque el dolor implica comprometerse, responsabilidad, y Michel evade las consecuencias de sus acciones, aunque las busca en cada edición del periódico, el mismo que usa para lustrarse los zapatos y dejar tirado en la vereda. Patricia tiene razones para no enamorarse de Michel: acaba de saltar de canillita a reportera estrella del New York Herald Tribune. Si la vimos en la avenida a los gritos vendiendo el diario, más tarde la vemos con un vestido a rayas, entrevistando al novelista rumano Parvulesco (interpretado por el cineasta Jean-Pierre Melville). ¿Cuál es su máxima ambición?, le pregunta al escritor. “Ser inmortal, y después morir”, dice el escritor/cineasta. Otras líneas que nos deja esta rueda de prensa: “La mujer americana domina al hombre; la mujer francesa todavía no”, “El erotismo es un tipo de amor; y el amor, una forma de erotismo”, “Cuando vemos a un hombre rico con una mujer sabemos que ella es respetable y que él es un hijo de puta”. Patricia pregunta: “¿Juega la mujer algún papel en la sociedad moderna?”, y el escritor responde: “Sí… si tiene encanto y lleva un vestido a rayas y gafas de sol”. Y es que está espléndida, París se refleja en Patricia como si tuviera una película de Godard en cada lente. Los cortes, la falta de continuidad, las tomas rápidas, las miradas a cámara, el jazz, un concierto de clarinete de Mozart, las palabras en la oscuridad del cine, cuando proyectan Westbound (Budd Boetticher, 1959): “Ten cuidado, Jésica… los besos y los años pasan demasiado rápido… y pronto los recuerdos se desvanecen”.
Patricia intenta ser el tipo de heroína que Michel busca en su fantasía: hace las mismas muecas, imita el gesto bogartiano pasándose el pulgar por los labios y hasta llega a robar un Cadillac con él, y es ella la que arranca el auto mientras Michel se esconde atrás. Pero a diferencia de él, ella no siente temor: “Ya es tarde para tener miedo”, dice. Está embarazada. Se toca la panza, se la esconde un poco. Y si primero lo esconde a él, después lo entrega, y se lo dice en la cara: “No quiero estar enamorada de vos”, o “Si fui cruel, es porque no te amo”. Una prueba de amor que se hace a sí misma para desembarazarse del increíble sinvergüenza construido por Chabrol, Truffaut (coguionistas), Godard y Belmondo. Volver a verla —no hay ninguna duda— es un vicio. Hace ya casi sesenta y cinco años que no podemos dejar de mirar Sin aliento con la boca abierta.
Sin aliento (Francia,1959), guion de Jean-Luc Godard y François Truffaut, dirección de Jean-Luc Godard, 89 minutos.
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