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True Detective

Nic Pizzolatto

CINE y TV

El final de la primera temporada de True Detective (HBO) produce desconcierto. De principio a fin hemos visto un hardboiled que, a pesar de las discretas subversiones del marco genérico, se inscribe con claridad dentro de él. Y, sin embargo, se tiene la sensación de que el megafilme de Nic Pizzolatto ha aportado algo a la ficción televisiva. (Después de todo, es sabido que los estadounidenses entienden los géneros como espacio de libertad). Porque, más allá del extraordinario plano secuencia de seis minutos con el que culmina el cuarto episodio, o del sublime contrapunto narrativo del quinto, cuando la disonancia entre el relato verbal y los hechos observados da lugar al momento más alto de la serie, True Detective ofrece diversos instantes de grandeza a lo largo de sus ocho horas de duración. Y estos provienen fundamentalmente de la relación entre Rust Cohle (Matthew McConaughey) y Marty Hart (Woody Harrelson), de sus diálogos, de las maneras antagónicas en que conciben la existencia. Como confirma el desenlace, True Detective es la historia de una amistad.

En una época de series centradas en las tribulaciones de un protagonista masculino, la de Pizzolatto construye una perspectiva dual de los hechos narrados, de la que surge la tensión que vertebra el relato: a las oscuras visiones de Cohle (su obsesión por el caso de Dora Lange puede entenderse como un largo y penoso trabajo de duelo por la hija perdida) se contrapone el aparente sentido común de Hart (quien es incapaz, a pesar de sus pretensiones, de mantener unida a su familia). Como todo detective desde Sam Spade y Philip Marlowe (pero claro, todo comenzó con Edipo), los protagonistas de la primera temporada de esta serie (se ha anunciado que en las subsecuentes serán otros) buscan, antes que a un asesino serial, el sentido de la realidad. El espectador habita, durante ocho horas, no en el estado de Luisiana (hay algo ciertamente faulkneriano en los ambientes) sino en Carcosa, la ciudad imaginaria de Ambrose Bierce que, retomada por Robert W. Chambers, es transformada por Pizzolatto en un territorio más mental que físico, poblado por un mal que tiene muy poco de sobrenatural.

Carcosa es ya inimaginable sin los gestos formales de Cary Joji Fukunaga –que ha dado a True Detective una fuerte impronta autoral–, sin las tonalidades de la fotografía de Adam Arkapaw, sin la banda sonora de T Bone Burnett, sin esa exploración de un territorio que hace pensar en un pasaje de El almuerzo desnudo, de Burroughs: “América no es una tierra joven: ya era vieja y sucia y perversa antes de la colonización, antes de los indios.El mal está en ella, esperando”. En esos espacios a medio camino entre la ciudad, el campo y la industria, poblados por rituales de la más diversa índole, donde la contaminación es a la vez ambiental y psíquica, donde las mujeres sólo tienen como alternativas ser amas de casa, putas o cadáveres, lo que se impone es la posibilidad de la amistad y, con ella, a pesar de las costuras imperfectas de la recta final del relato, el optimismo. No es, de ninguna manera, un logro menor.

 

True Detective, idea y guión de Nic Pizzolatto, dirección de Cary Joji Fukunaga, HBO, 2014.

20 Mar, 2014
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