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¿Y por qué no podría ser Messi el primero en jugar un mundial con cincuenta años? Su cuerpo tendría que ser declarado patrimonio deportivo de la humanidad, pero como esa categoría no existe, las Naciones Unidas deberían inventarla en su honor. Y la Academia Sueca inaugurar con él el Premio Nobel de Fútbol, y los norteamericanos entregarle un Trofeo Tiffany con la pelota redondeada en el próximo Super Bowl. Y los ingleses deberían entender que él sí merece ganar Wimbledon, y los franceses dejarlo autocoronarse en Roland Garros. Y una vez que se apruebe la moción en la ONU, al que ose lesionarlo en el campo de juego, más que el tribunal de la FIFA, lo que le espera es la Corte ¡Penal! Internacional de La Haya. Tarjeta roja e Interpol. A partir de hoy a Messi no lo marcan, no lo tocan, se arrodillan cuando pasa, ¡lo dejan meter el gol!
La realidad, sin embargo, impone un libreto diferente: el capitán acaba de despedirse de la Selección Argentina a los treinta y nueve años. Tras un mundial que lo tuvo como protagonista absoluto —una epopeya cuyo clímax fue el triunfo contra Inglaterra, la única gran hazaña que le faltaba al Libro Messi de los Récords—, la pregunta que surge es si este adiós en el Monumental no podrá leerse algún día como el no calculado preludio de una puesta en escena típica de GOAT. Greatest of All Time es como llaman en inglés a los fuera de serie, a los número uno que a veces se retiran no solo por desgaste o falta de motivación, sino un poco aburridos de tanto ganar, y que suelen encontrar en ese mythus interruptus una forma de medir el tamaño de su propia ausencia. Dos veces se fue y volvió Michael Jordan para demostrar que la NBA seguía siendo su patio trasero. Michael Phelps tuvo un retiro amargo en Londres 2012 y, tras dos años sin competir, agigantó su récord de récords en Río de Janeiro con cinco medallas de oro más. A Pelé la jubilación en el Santos le duró poco. Su desembarco en el Cosmos de Nueva York en la década del setenta fue el tosco prototipo del plan que Messi llevaría a su apogeo en Miami: inculcar el soccer en la tierra del fútbol americano y volverse más popular que cualquier basquetbolista, beisbolista, estrella de Hollywood, ¡y hasta más célebre que el presidente de Estados Unidos en su propio país! En la cima de todos los amagues, entre lesiones, suspensiones e internaciones médicas, Maradona tuvo más vidas y regresos que ningún otro GOAT. Concluido el siglo XX con D10S y O Rei jugando al juego de la silla con el mismo trono, la posteridad de Messi emerge como síntesis de aquel duelo de titanes, una sobrevida apuntalada por una ingeniería clínica donde la medicina regenerativa y la nutrición celular actúan como los principales guardianes de su vigencia.
La premisa subyacente de este protocolo, si se la escala, es radical: tratar al organismo como un software hackeable y al envejecimiento como un proceso que puede detenerse e incluso revertirse. Lejos de cualquier pretensión de inmortalidad, el punto de partida para este rediseño descansa en tres pilares fundamentales: entrenamiento físico regular, un descanso reparador que respete los ciclos circadianos y una dieta sin las bebidas azucaradas, el alcohol y las hamburguesas con que la Selección Argentina alimenta sus patrocinios; un esquema libre de ultraprocesados, harinas blancas y azúcares refinados, que prioriza las proteínas magras, el aceite de oliva, las frutas y verduras de estación, los cereales integrales, los frutos secos y las legumbres. La frugal y ancestral dieta mediterránea, la misma que Messi acompaña con mate, aprovechando el beneficio antioxidante de sus polifenoles, más algunos suplementos (magnesio, omega-3, vitamina D3, creatina), bajo estricta vigilancia médica. Pero la transición del atleta analógico al organismo optimizado tecnológicamente despliega un arsenal de medicina de vanguardia con el foco puesto en frenar el desgaste. Desde la criocompresión activa del equipo Game Ready —cuyas bandas anatómicas imitaron la tecnología de la NASA para barrer con frío circular el edema y el ácido láctico después de cada partido—, hasta sesiones en cámaras hiperbáricas que diluyen el oxígeno en el plasma sanguíneo y aceleran la síntesis de colágeno y la angiogénesis. Todo monitoreado en tiempo real a través de esos dispositivos de telemetría que usan algoritmos predictivos de IA y GPS para rastrear cualquier indicio de microlesión antes de que el propio futbolista sienta que algo le duele.
Para la longevidad de lujo de Silicon Valley, la meca es Miami. Allí, David Beckham ya no es solo la cara bonita que atrae patrocinadores al equipo de Messi, sino un auténtico magnate de la industria de la inmortalidad. En alianza con la firma biotecnológica Prenetics, lanzó recientemente su marca insignia, IM8 Health, cuyo producto estrella es The Beckham Stack, un polvo nutricional que combina resveratrol, coenzima Q10, astaxantina, cúrcuma, berberina y unos ochenta compuestos más. Para tranquilidad del vestuario de su equipo de fútbol, cuenta con el sello NSF Certified for Sport, garantía de que está cien por ciento libre de sustancias prohibidas por la Agencia Mundial Antidopaje. Heredero de aquella estampa de sex symbol del fútbol —aun habiendo cruzado la barrera de los cuarenta—, Cristiano Ronaldo no acostumbra dormir de corrido; prefiere seguir un estricto régimen polifásico de cinco siestas de noventa minutos a lo largo del día, un sutil hackeo biológico para que nadie sospeche que es vampiro. Tres horas antes de acostarse, el vikingo noruego Erling Haaland se pone gafas que bloquean la luz azul de las pantallas para favorecer la producción de melatonina, duerme con una cinta pegada en la boca para forzarse a respirar por la nariz, desenchufa el wi-fi para apagar el ruido electromagnético en toda su casa y, al despertarse, camina descalzo para sincronizar sus ritmos bajo la luz del sol. Messi, por su parte, asistido por un monitoreo invisible regido por IA y fiel a su sobriedad y a su culto por el bajo perfil, si algo deja claro es que el talento puro no dura en el tiempo sin una actualización constante del sistema operativo de ese cyborg que todos llevamos dentro.
El cyborg que llevamos dentro. El tratamiento que recibió, desde los once hasta los quince años, con la hormona del crecimiento humano no fue solo la cura para un mal que a duras penas le habría permitido arañar el metro cincuenta de estatura, sino una reprogramación biológica, la fabricación de un atleta. Sin la intervención de la biotecnología farmacéutica, el Messi que conocemos —su centro de gravedad, su masa ósea, su zancada corta y explosiva— no existiría físicamente. A la luz de las tesis de Donna Haraway, Messi es una criatura nacida en la frontera donde la medicina desplaza a la herencia genética. Prohibida en atletas adultos por la WADA debido a sus efectos anabólicos y su capacidad para mejorar la fuerza, reducir grasa o acelerar la curación de los tejidos, resulta curioso que esa misma hormona sintética con la que el Barcelona tuvo que financiar el desarrollo de un Messi escuálido de trece años para que alcanzara la estatura de un profesional integre hoy una de las fórmulas experimentales más prometedoras con las que se busca revertir el envejecimiento.
En el ensayo clínico TRIIM, liderado por el inmunólogo Greg Fahy, se constató que un cóctel basado en hormona del crecimiento (junto a DHEA y metformina) no solo lograba regenerar el timo —una glándula que funciona como centro inmunitario y se convierte en grasa después de la pubertad—, sino también retrasar el reloj epigenético un promedio de dos años y medio. La misma sustancia que salvó a Lionel de su déficit hipofisario infantil fue la que le concedió a un grupo de voluntarios maduros una inédita prórroga celular, oscureciendo incluso no pocas de sus canas. Este veredicto cronológico lo dictó Steve Horvath, el científico germano-estadounidense que en 2013 revolucionó la gerontología al inventar el primer termómetro de la edad biológica. Tras procesar los patrones de metilación del ADN —el desgaste que el tiempo inscribe en el genoma—, Horvath diseñó un algoritmo capaz de calcular con suma precisión la edad real de cualquier rincón del cuerpo, sin necesidad de mirar la fecha del documento. Pero antes de que Horvath describiera cómo ese reloj podía hacer tac antes que tic, el japonés Shinya Yamanaka ya había demostrado en 2006 que el tiempo vital no era una calle de dirección única. El Nobel de Medicina aisló células de la piel de ratones ancianos en una placa de Petri e introdujo en ellas cuatro genes del desarrollo embrionario temprano y, tras dos semanas de espera, observó en el microscopio cómo aquellas células senescentes habían ido mutando hasta transfigurarse en células madre. Hackeado el dogma de la biología, la vejez ya no era un destino, sino una película que se podía rebobinar.
Del biohacking químico a la reprogramación celular, y de ahí a la manipulación genética vía CRISPR —unas tijeras moleculares capaces de corregir las líneas de código defectuosas de nuestro genoma, convirtiendo el ADN en una especie de borrador—, el cuerpo ya no solo se hereda: se edita. Pero la idea de mandar a la Novia de Frankenstein a competir en Miss Universo no está exenta de riesgos, ya que el principal efecto secundario del rejuvenecimiento inducido es el cáncer, la rebelión de unas células que, al ser forzadas a desandar el tiempo, pueden perder la brújula y volverse tumorales. Mientras los ratones acumulan milagros en el laboratorio sin haber aprendido todavía a rezarle al Dios de Disneylandia, la experimentación en nuestra especie avanza por dos andariveles: la cautela burocrática de los ensayos clínicos oficiales y la audaz clandestinidad de un mercado donde el dinero compra impunidad biológica. En paralelo, el biohacking no solo ha estirado la vida útil de los atletas, sino que ha puesto en falso las políticas antidopaje. La extensión de las carreras de Messi, CR7 y tantos otros a las puertas de los cuarenta coincide con un juego cuya velocidad es un treinta por ciento mayor que en tiempos de Maradona. Para saberlo, un equipo liderado por el fisiólogo Jens Bangsbo procesó las grabaciones de los mundiales de 1986 y 1990 con softwares de seguimiento óptico de Stats Perform. Al traducir cada píxel de desplazamiento en algoritmos, los datos revelaron que, si bien la distancia total recorrida apenas varió, el volumen de sprints y carreras de alta intensidad se ha duplicado. Lejos de ser una maratón de noventa minutos, el fútbol actual se ha vuelto una trituradora de fibras musculares apta para el morbo de cualquier antropófago.
Mientras tanto ya existen robots humanoides que pulverizan récords mundiales de atletismo —los 9,58 segundos de Usain Bolt en los cien metros llanos fueron rebajados por el prototipo chino Tiangong Ultra hasta los inverosímiles 8,64 segundos— y en Europa se prepara la próxima edición del Cybathlon, las olimpíadas biónicas donde atletas con discapacidades severas compiten utilizando prótesis robóticas, exoesqueletos e interfaces cerebro-computadora. En este panorama de ciencia ficción aquí-y-ahora, la bioingeniería aplicada al rendimiento deportivo ha vuelto obsoletos los códigos de la Agencia Mundial Antidopaje, que termina sumergida en una zona gris donde la trampa química y la asimetría tecnológica se tornan casi indistinguibles. Si bien la WADA prohíbe el “dopaje genético y celular” —definido como el uso de ácidos nucleicos o componentes modificados para alterar la función del organismo—, la medicina de la longevidad no busca desarrollar una nueva raza de atletas para una futura olimpíada de superhéroes, sino devolverle al cuerpo la eficiencia metabólica de su propia juventud. A diferencia de las hormonas sintéticas o los esteroides, que dejan residuos en sangre y orina, para los laboratorios de control resulta científicamente imposible detectar si una célula muscular se regenera a un ritmo acelerado por un pinchazo de vanguardia o debido a la conjunción de una genética privilegiada y un descanso estilo resort.
Tratar el envejecimiento del atleta, ¿es medicina preventiva o ventaja competitiva? Si un agente de IA diseña un gemelo digital de la fisonomía del jugador para simular millones de puntos de estrés biomecánico a fin de alterar milimétricamente su pisada, o si se cronometra el sueño profundo mediante neuroestimulación lumínica transcraneal para inducir picos de hormona del crecimiento, ¿es dopaje? No hay sustancias prohibidas en sangre, pero sí una ventaja tecnológica insalvable frente a un atleta que no cuenta con esos recursos. Bajo esta lógica, el antidoping revela su brutal anacronismo, toda vez que la WADA persigue sustancias en un deporte dominado por el Big Data. En el fondo, el algoritmo se ha vuelto el verdadero estimulante. Se defiende en nombre del fair play una pureza natural que ya no existe. Este simulacro de moralidad, por el que la institución procura atrapar a un culpable analógico cada tanto, tuvo su apoteosis cuando la “enfermera” Sue Carpenter entró al campo de juego del Foxboro Stadium durante el Mundial de Estados Unidos 94 para llevarse a Maradona de la mano al cadalso del laboratorio. Ese hecho insólito, único en la historia del deporte, funcionó como una “conspiración a la luz del día” —para usar las palabras de Alexandre Kojève— que expuso a Diego, aun con la maldita efedrina en su cuerpo, como el chivo expiatorio de la FIFA. Lo que aquel episodio pone al desnudo es que la meta consiste en mantener la ilusión de que el resto del sistema está “limpio”, cuando hoy, en realidad, ya ni siquiera se sabe de qué.
MARADONAMESSI-MESSIMARADONAMESSI. El reverso de la moneda no podría ser más rotundo. Mientras Messi se despide de la selección a los treinta y nueve años con un estado físico impecable, a esa misma edad, un Maradona excedido de peso ingresaba de urgencia a un sanatorio de Punta del Este en estado de coma por una sobredosis de cocaína. Como se sabe, el tiempo iría agudizando el caso clínico: arritmia, hipertensión, obesidad mórbida, dos bypass gástricos, diabetes, adicción al alcohol… La droga estaba detrás de casi todas sus patologías. El cocainómano no iba a la cancha; salía. Al otro, a Diego, era al que le ocurrían los goles. Por el informe de su autopsia se supo que su corazón pesaba medio kilo, el doble de lo normal. Para los antiguos egipcios, este órgano era el sustrato material donde se inscribía la verdad de una existencia. El corazón era pesado en el Juicio de Osiris, cuando el difunto llegaba al inframundo, con el contrapeso exacto de una pluma. Pero a un mito de semejante magnitud no se lo mide con la balanza de los hombres comunes. No existe un juez capaz de ver la mano de Osiris, ni la de Amón-Ra, ni siquiera la mano de Zeus… Es gol de Diego, en cualquier mitología.
Pero la cruenta metamorfosis, a golpe de excesos y malos hábitos, de aquel cuerpo-Stradivarius constituye una implacable lección de anatomía. El cuerpo como pira sacrificial —epítome de lo que Georges Bataille llama “la parte maldita”, donde el hedonismo dionisíaco coexiste con la autodestrucción como condición de la mística— ubica a Maradona en las antípodas de la templanza apolínea y la messura de Messi, cuyo organismo homeostático se resiste a arder porque su diseño está hecho para la autorregulación y la conservación de energía. Si el tobillo destrozado e inflamado de Diego en Italia 90, infiltrado al límite antes de cada partido, es el símbolo de una medicina deportiva paliativa que no buscaba la longevidad del atleta sino su disponibilidad mercantil urgente, ese dolor físico encarna la ofrenda de un ídolo que prefiere inmolarse a la vista de todos en el altar de la pasión popular. Messi, por su parte, no conoce la ceniza del fénix porque su genialidad reside en la prevención del incendio. Nunca precisó que el entrenamiento fuera el reverso de la fiesta.
Al desborde maradoniano, Messi le aplicó feng shui. Al punk, zen. Hay una nueva dicotomía sarmientina que va del Facundo Quiroga del fútbol de potrero al pichón europeo disciplinado en la Masía (ucronía de lo más pesadillesca: Messi como verdugo de la Selección Argentina en la final de la Copa del Mundo 2026 ¡jugando para España y hablando de vosotros!). En términos deportivos, Messi supera en casi todo a Maradona, menos en el mito. Al hombre de los récords le hace sombra el fabricante de epopeyas. Pero si se traslada al fútbol lo que argumenta Borges en “Kafka y sus precursores”, queda claro que Leo no se maradonizó, sino que es Diego el que se messifica. A diferencia de lo anti-Pelé que fue el 10, no hay nada antimaradoniano en Messi. Maradona quiso ser el mejor del mundo a pesar de Pelé; Messi simplemente lo fue. Y así recibió una herencia doble sin necesidad de parricidio. Su gol al Getafe, calcado del gol a los ingleses, es el Quijote de Pierre Menard reescrito sobre el césped.
La modestia “borgeana” de Messi, cifrada en la prolija elisión de la soberbia en primera persona, convierte su bajo perfil en cláusula de ubicuidad. Sin aristas políticas ásperas ni derrapes con el jet-set, su figura es una pantalla cinematográfica donde cualquier mercado puede proyectar la obligatoriedad de sus deseos. El monstruo del Big Data toma mate como un chico de Rosario. Esa tiranía de la normalidad implica una estrategia clara de preservación. Para el que ya ganó todo, la vigencia es un fin en sí mismo. En lugar de frustrarse por lo que el cuerpo ha dejado de hacer, Messi celebra la resistencia. Después de todo, la longevidad no es la cura de la vejez, ni la inmortalidad nos salvará de la muerte. Tal vez no a la hora señalada, pero casi todos morimos de tiempo; de lo que su irremediable transcurrir nos produce en el cuerpo. Aun así, la “vejez” no figura como causa oficial de muerte en las actas de defunción. La burocracia forense habla de fallas multiorgánicas, paros cardiorrespiratorios o enfermedades crónicas, pero nunca menciona lo que muchos consideran el mayor factor de riesgo. Por eso, el biohacking de Silicon Valley insiste en tratar el envejecimiento no como un proceso natural, sino como la enfermedad madre, un asesino de masas impune desde siempre.
Científicos como David Sinclair argumentan que el envejecimiento debe clasificarse como enfermedad para acelerar la financiación y la aprobación de tratamientos, lo que forzaría a agencias como la FDA estadounidense o a la propia Organización Mundial de la Salud a autorizar ensayos clínicos y fármacos destinados a frenarlo. Frente a esta tentativa, la comunidad médica advierte que el envejecimiento es un proceso fisiológico universal y que hacer eso significaría etiquetar a toda la población mundial como “enferma” a partir de cierta edad. Además de reforzar el estigma social asociado a la vejez, se corre el riesgo de mercantilizar la “juventud eterna” —un lujo biológico para presupuestos de elite— y condenar a la marginalidad a quienes decidan aceptar el declive natural. ¿Qué ingeniería contable salvará a los sistemas de pensiones cuando la jubilación sea un derecho de jóvenes centenarios? ¿Y bajo qué lógica de supervivencia devoraremos los recursos de la Tierra si el desplome de la mortalidad convierte el planeta en un geriátrico superpoblado?
Envejecer no es un fracaso, morirse tampoco. La longevidad supone una exploración de los límites humanos, no una declaración de que los cuerpos viejos valgan menos. La lucha contra el deterioro es un derecho a la salud, no una obsesión por la juventud ni una frivolidad estética. No se trata de extender la vida de Messi hasta los ciento cincuenta años y que los penales errados le repercutan a un Dorian Gray con la 10 en su retrato. En el inicio de la era del atleta biohackeado, Messi busca mantener su ventana de alto rendimiento abierta el mayor tiempo posible. El discreto encanto de la veteranía optimizada. ¿O no quieren verlo jugar para Argentina en el Mundial 2038 en el planeta Marte, la verdadera patria del Diego? Así como el apellido Maradona funcionó durante años como el código de barras de nuestra identidad nacional ante cualquier aduanero del mundo, es lícito imaginar que un extraterrestre, al recibir una sonda de la Tierra, no preguntaría de entrada por la ONU o el agua; preguntaría por Messi. Para una civilización avanzada, él no sería un simple futbolista, sino la señal de transmisión más nítida que hemos logrado emitir desde este punto azul al universo. Ante la inminencia del declive cronológico de una de las obras de ingeniería biológica más perfectas de nuestra era, la Unesco y la comunidad científica internacional tienen que considerar una medida sin precedentes: declarar el mapa genético, el tejido miocárdico y el reloj epigenético de Lionel Andrés Messi Patrimonio Biológico de la Humanidad. Así como el Estado protege las catedrales góticas de la erosión del tiempo, el cuerpo de Messi debería transformarse en un monumento que nuestra especie esté obligada a conservar como el Coliseo o la Gran Muralla. Por favor, ¡hagan algo!
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