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La novela se debate entre el agua y el aire (entre escamas y plumas), pero sus personajes fatalmente se mueven en la tierra que, como sabe cualquiera que haya nadado o volado, es el peor de los medios para desplazarse. Aun en la tierra la ambigüedad persiste porque el narrador, Carlos, Virginia y Mabel, personajes que lo acompañan en la aventura, circulan entre un pueblo llamado Bendición de la Amnesia, una localidad balnearia cuyo nombre prefieren no recordar y la ciudad de Buenos Aires —un viaje desde lo maravilloso, con bruja incluida, hasta un realismo concreto, con departamento que da a la calle Salguero, delivery de pizza y obligaciones laborales—.
Un encuentro más o menos casual, sexo más o menos casual y un episodio que nunca se explica —que no se puede explicar— determinan la convivencia forzada de dos parejas. Entonces, el narrador abre una primera constante en la novela, escucha y le da a escuchar a Virginia, a los lectores y a las lectoras, Kind of Blue de Miles Davis, y dice que le cuenta lo que significó ese disco para la historia del jazz y quiénes fueron Miles Davis, John Coltrane y Bill Evans; dice que le cuenta a Virginia pero no le cuenta, acaso porque mejor que contar Kind of Blue es escucharlo o —y esta razón es menos melómana pero acaso más acertada que la primera— porque la novela se debate, también, entre lo que cuenta y lo que sugiere.
En el primero de sus Seis paseos por los bosques narrativos (1996), una celebración de la alusión, Umberto Eco se refiere al comienzo de La metamorfosis de Franz Kafka en estos términos: “Inmediatamente sus lectores se habrían preguntado por qué y cómo Gregorio Samsa se había convertido en un insecto, y qué había comido el día antes”. A Eco le preocupa la reacción de los lectores y de las lectoras de Kafka, en particular una pregunta que se incrusta como un trauma y se repetirá ad infinitum: ¿qué sucedió en el sueño intranquilo de Gregorio Samsa? Es una cuestión de grados. En la novela de Marcos Herrera nos encontramos con mutaciones leves: escamas y plumas que crecen en la espalda de los hombres y dedos que sangran o se inflaman en las manos de las mujeres; en la novela de Franz Kafka, con una metamorfosis hecha y derecha. El narrador de Mutaciones se detiene en los detalles, la ubicación y la consistencia de una escama, pero se trata de una morosidad deseada, como si la clave de la narración estuviera, quizás lo está, en la particularidad de cada escama: “Cuando volví a apoyar mi copa en la mesa lo noté y llevé mis dedos al preciso lugar. Era en el final de la columna vertebral, casi el coxis. Una dureza. Toqué con el dedo índice de la mano derecha”. Y, sobre el final, en la singularidad de cada pluma: “A las tres de la madrugada, ella lo nota. Me toca la espalda, la zona cervical. Acá te está saliendo algo, me dice. Sí, le digo, me pica un poco. Ella mira y me dice que tengo como tres puntitos. Esos puntos, a las seis de la mañana, se transformarían en tres plumas grises”.
Esa pulsión a contar en detalle, sin embargo, no cubre la trama de la narración en toda su extensión. Se detiene, acá y allá, en un elemento significante, una protuberancia que deviene signo. Luego, el narrador acelera en busca de acciones. Esos signos, diría Peirce, son signos degenerados, anomalías que ocultan su significado. Están los médicos, los dermatólogos y aun los bioquímicos que firman los informes de laboratorios que, como semiólogos frustrados, intentan dar con una explicación que se les escapa.
Mucho Miles, mucha cocaína, merluza, frula y sus derivas. Son motivos que aparecen una y otra vez en la novela, primera y segunda constantes. Se puede hacer el ejercicio, no vale la pena, de contar las veces en que el narrador escucha y da a escuchar Kind of Blue a los otros personajes y las veces en que corta cocaína sobre la superficie de un espejo y esnifa y le da a esnifar una línea a Marina, su última ¿bruja?, ¿amante?, que le quita las escamas con una pinza mientras pronuncia palabras en una lengua desconocida, ni francés, ni inglés, ni latín, y en esa ceremonia desaparece el mundo a su alrededor. Como en “Flamenco Sketches”, el último tema del disco que cambió para siempre la historia del jazz, tema en el que, en su solo, cada uno de los músicos improvisa sobre una constante y todo parece desvanecerse, pero no.
Marcos Herrera, Mutaciones, Batata Libros, 2026, 132 págs.
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