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El último 22 de noviembre finalizó la COP30 y existió un único consenso: el documento firmado no estuvo a la altura de las expectativas. Estas eran altas simplemente por cierto misticismo en torno a los números redondos —se cumplieron diez años del Acuerdo de París y treinta de la primera Conferencia de las Partes (COP)— y a una suerte de confianza telúrica: pensamos ingenuamente que, siendo la sede en Brasil, donde en 1992 se firmó la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), y más precisamente en Belém do Pará, a las puertas del Amazonas, las cosas iban a ser distintas. Pero esta vez, como todas las demás, el consenso absoluto de las 195 partes hizo que se firmara un acuerdo “a la baja”, y ninguna numerología ni locación mítica produjo mayores novedades.
Este es el escenario político actual, luego de más de cuatro décadas de debates mundiales sobre el cambio climático. Frente a este panorama, tres libros dedicados al cambio climático que circularon el último año en las librerías argentinas pueden servir de muestra de tres formas distintas de narrar el cambio climático y los posibles efectos que cada una de ellas puede llegar a tener en sus lectores.
Para comprender el cambio climático desde el punto de vista de las negociaciones y las relaciones internacionales, el recomendado es, sin dudas, ¿Por qué no queremos salvar al mundo?, de Federico Merke (Siglo XXI, 2025). En menos de doscientas páginas, este académico argentino resume los debates actuales, desde la dificultad para la construcción de acuerdos y el rol de la geopolítica en las negociaciones hasta los avances en las distintas transiciones (energética, laboral, institucional, de mercados) hacia ese famoso mundo nuevo que no acaba de nacer, mientras estamos en este mundo viejo que no acaba de morir. Con un tono asertivo y preciso, y apoyándose en una gran cantidad de papers y datos relevantes y actuales, Merke explica de forma clara el estado de la discusión internacional en torno al cambio climático, por qué es el gran desafío de gobernanza de nuestro tiempo y por qué no avanza a la velocidad adecuada.
Más allá de las virtudes del libro de Merke, su lectura tiende a llevarnos a la parálisis, como buena parte de los textos que alertan sobrmedio ambiente,e el cambio climático. Al tratarse de un problema de dimensiones globales, con un marco temporal tan extenso y que implica una serie de cambios tan profundos, tomar conciencia de estas particularidades parece condenarnos a las “inacciones” que figuran en el subtítulo del libro. Así, la sensación que queda tras la lectura es que frente a la pregunta “¿Por qué no queremos salvar el mundo?” que plantea el título, la respuesta inevitable es: “Porque no podemos”.
Hannah Ritchie parece querer contestarles a libros como el de Merke en su El mundo no se acaba (Anagrama, 2025), un ensayo de casi quinientas páginas en el que se dedica a analizar pormenorizadamente los puntos de discusión más relevantes del ambientalismo actual: la sostenibilidad, la contaminación atmosférica, el cambio climático, la deforestación, la alimentación, la pérdida de biodiversidad, los plásticos marinos y la sobrepesca. Ante la abundancia de discursos que plantean un apocalipsis inminente o la imposibilidad de actuar para detener el cambio climático —sería el caso del libro de Merke, aunque mínimamente matizado—, Ritchie sostiene una perspectiva opuesta: estamos en camino hacia ese nuevo mundo, que si bien apenas ha nacido, pronto se desarrollará como es debido.
Ritchie es una de las investigadoras detrás del popular sitio Our World in Data, una ONG dedicada a reunir datos globales para el análisis comparativo y visual. Tras años de investigaciones desarrolladas allí, concluyó que los datos respaldan esta hipótesis: si bien hay cuestiones de qué preocuparse —el cambio climático es una de ellas, por supuesto—, no todo es tan oscuro como parece. En líneas generales, vamos por la senda correcta y tan solo es necesario hacer algunas cosas —comer menos carne de vaca, quemar menos carbón y menos petróleo, controlar mejor los residuos en el Sur global para evitar que lleguen los plásticos al mar— para profundizar esa inevitable senda que nos llevará al desarrollo económico primero —su prioridad— y a hacer que este sea sustentable después, dentro de los límites planetarios.
El destinatario ideal de su libro parece ser la Ritchie del pasado, tal y como ella se describe —el libro está escrito en primera persona—: una militante juvenil contra el cambio climático que estudió Ciencias Ambientales y que padeció cada una de las materias porque en todas le hablaban del estado crítico de nuestro planeta y del punto de no retorno. Ritchie narra esta transición de la “militancia juvenil por el clima” a la “ciencia de los datos duros” como si fuese un Bildungsroman, un pasaje a la adultez desde la pasión hacia la información, y lo hace con el fervor de los conversos, como esas personas que creen descubrir que todo lo que habían pensado hasta ese momento ha sido un gran error. Así, por ejemplo, cada capítulo tiene un subtítulo llamado “Cosas por las que estresarse menos”, donde nos dice que el problema no es el uso de plásticos (en tanto estos no sean usados en una ciudad con mal manejo de residuos, como las que abundan en el Sur global), que la instalación masiva de la acuicultura es la solución definitiva para la sobrepesca o que la agroecología tiene una huella de carbono mayor que la agricultura industrial y que no hay pruebas concluyentes para asociar los agroquímicos con ciertas enfermedades. Es decir, avala el discurso de los distintos lobbies corporativos, pero lo hace desde el ambientalismo.
Ritchie busca redirigir la militancia, calmarla. En cierta medida, su transición intelectual se condice con una transición vital frecuente: el pasaje a la adultez implica en muchos casos hacer las paces con un mundo que no podremos cambiar, pero al que nos debemos adaptar para vivir en él. Ocho años mayor que Greta Thunberg, esta activista y ecoansiosa a los veintitantos se convierte en una especialista en datos a los treinta y tantos, y los usa como si fueran verdades reveladas para decirnos que estemos tranquilos, que todo va a ir bien, que apenas debemos consumir menos carne de vaca y de cordero, especies que necesitan mucho terreno para desarrollarse, lo que lleva a más deforestación. En su nuevo mundo idealizado —que ya no está moldeado por los relatos de catástrofes, sino por el de los infinitos datos—, una vez que alcancemos la cantidad necesaria de alimentos y que los podamos distribuir adecuadamente, la deforestación simplemente cesará (por supuesto, no les pregunta a sus datos si en la Argentina tiene sentido dejar de consumir cordero, por el cual no se deforestó ni una sola hectárea, porque se desarrolla principalmente en la estepa patagónica, que siempre fue eso, estepa).
El libro, en definitiva, busca ser reconfortante, tal como lo promete su título: el mundo no se acaba. Tienta pensar que Ritchie escribió el libro, en primer lugar, para escaparle a la ecoansiedad y prometerse un futuro promisorio, algo tan esquivo a las nuevas generaciones que asusta. Es intolerable vivir sin perspectiva de futuro, y por eso este libro es necesario para mucha gente. El problema es que el relato de Ritchie resulta tan paralizante como el de Merke. Si este nos impedía cualquier tipo de acción porque todo escapa a nuestras capacidades y el futuro de la humanidad se define en unas mesas a las que no accedemos, el de Ritchie nos dice una y otra vez que no hace falta ninguna acción, que el mundo va más o menos bien tal como estamos, que es cierto que existe el cambio climático, que es una gran amenaza, pero que ya vamos superando la curva de aprendizaje y estamos muy encaminados a mantener nuestro nivel de vida, a la vez que otras personas pronto accederán a él, siempre y cuando se hagan algunos pequeños ajustes. El relato de Ritchie se corresponde con aquellas narrativas que no apuntan a un cambio sistémico y que confían en las nuevas tecnologías, en el devenir del mercado y en los cambios que algunas acciones aisladas podrían generar, siempre y cuando se mantenga la senda de desarrollo que venía desde el siglo pasado.
El fin de la paciencia, de Xan López (Anagrama, 2025), de reciente aparición en las librerías argentinas, pertenece a la colección “nuevos cuadernos anagrama” (así, en minúscula), con tapa símil cartón y un tamaño 17 x 10, donde el texto en letra grande ocupa 140 páginas sin contar bibliografía. La materialidad en este caso importa, porque frente a la grandilocuencia de El mundo no se acaba y a la precisión quirúrgica de ¿Por qué no queremos salvar el mundo?, el de Xan López es poco más que un libelo o un opúsculo, un llamado a la praxis, compuesto de tres capítulos, un preámbulo y un epílogo. En él, este autor autodefinido como “cooperativista” demuestra ser mucho más que eso: sin pergaminos que lo antecedan, expone por qué se acabó hace rato la política de masas que caracterizó al siglo XX, por qué la cuestión climática es una temática urgente y, a su vez, por qué no tiene sentido seguir esperando por un momento oportuno para actuar: el cambio sistémico para la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero y la adaptación al cambio climático debe suceder ahora mismo, aunque ahora mismo no parezca ser el mejor momento. Los puros pueden seguir esperando condiciones ideales, como las que propiciaron el Acuerdo de París en 2015, pero Xan López convoca a actuar con las lógicas del siglo XXI, aunque haya que pisar el lodo.
Lo planteado por López puede servir para pensar la realidad argentina: ¿debemos seguir creyendo que hasta que, por caso, Milei no acabe su mandato no se podrá hacer acción climática, o hay que intentarlo con su lógica? Xan López habla de un movimiento que genere una victoria tan contundente que exceda a un partido político y que pase a formar parte del inconsciente colectivo, del sentido común (y agregamos: algo así como el neoliberalismo hizo con nuestra forma de estar en el mundo, donde nadie parece estar cuestionándose la autoexplotación en aras de un pseudoespíritu emprendedor —es decir, empresarial—). López da por hecho que las próximas décadas serán angustiosas —por el cambio climático que ya se está expresando y también por el cambio sistémico que requiere dejar atrás el modo de obtención de energía de los siglos XIX y XX para pasar a la producción de energía limpia del siglo XXI—, pero usa un adjetivo fundamental: dice que la que tenemos por delante puede ser una tarea “feliz”; en última instancia, enfrentamos por primera vez como generación un desafío relevante, trascendente —de tintes épicos incluso—, que es ni más ni menos que recuperar para nosotros y las generaciones futuras la habitabilidad del mundo dentro de los límites planetarios. Y no es poca cosa formar parte de esta revolución silenciosa, que no viene a romper todo, sino a conservar, restaurar y cambiar de raíz.
En síntesis, para pensar el cambio climático podemos trazar una línea muy elemental, que va desde El colapso ecológico ya llegó, de Maristella Svampa y Enrique Viale, que analizamos hace algunos años, para quienes aún no creen o no saben de la relevancia del cambio climático; pasa luego por el libro de Federico Merke, para entender por qué es tan difícil alcanzar una solución global; viaja después hacia el de Hannah Ritchie para contrarrestar la ecoansiedad, pero deberá naturalmente reparar en un opúsculo como el de Xan López, que nos lleve a la acción, aunque más no sea desde nuestra propia visión de ciudadanos de a pie. Para no quedarnos en la parálisis, en esta idea de que no se puede hacer nada: el cambio climático no depende de cada uno de nosotros, pero si hacemos un aporte para mitigarlo y para adaptarnos a él, entonces al menos estaremos dándole un sentido mayor a nuestra existencia en este período histórico bisagra, desde el lugar que a cada quien le toque.
La épica que no alcanzaban los millennials, como debatíamos hace tiempo acá, quizás les llegó. Soñar con un futuro posible, pelear por algo grande, construirnos una razón de ser, narrar ilusiones para después poder cumplirlas: eso debería estar detrás de cualquier relato vinculado al cambio climático, tal como intentamos esbozar en el comentario del último libro de Bruno Latour. No alcanza con señalar los problemas de lo viejo: es necesario mostrar un horizonte por el cual luchar. Se trata de “soñar la electrificación a la luz de las velas”, como cuenta Tomás Aguerre en una lúcida lectura de un discurso que Lenin da en 1920 para dejar atrás lo que se rompió y pasar a pensar qué futuro construir. No alcanza con destruir el viejo mundo (en nuestro caso, el de los combustibles fósiles y el modo de consumo capitalista sostenido sobre la lógica de una expansión infinita); es necesario también construir uno nuevo, y esto, antes que en un Excel, sucede con un relato, un relato tan convocante, tan contundente, que pase a formar parte del sentido común, que sea la razón de existir de esta generación
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