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Lo que está y no se ve nos fulminará. Apuntes sobre el colapso ecológico

DISCUSIÓN

Este año aprendimos a temer a lo invisible. Esto no es una novedad para nadie, pero bien sirve para entender que no debe tratarse como un caso aislado, sino como un aprendizaje, ya que el gran terror del futuro es igual que un virus: no se ve.

Durante buena parte de los siglos XIX y XX se trabajó pensando en el futuro. Desde la fundación de los Estados nacionales hasta la pretendida conquista del espacio, la misión estaba clara: sentar las bases para un futuro promisorio. Las utopías socialistas pensaban el futuro, y hasta el nazismo tenía su idea de futuro, por más espuria que fuera. En productos culturales vimos los años venideros de mil formas: desde Huxley, Bradbury, Asimov y Orwell hasta el cine made in Hollywood —sobre todo, el de los ochenta—, desde las publicidades en TV hasta Los Supersónicos y Futurama, me animo a decir que el siglo pasado estuvo signado por el año 2000 y su número redondo, que indicaba el advenimiento del futuro. Siguiendo esta intuición, sospecho que una vez pasado ese año, la imaginación sobre el futuro decayó: nos quedamos sin un horizonte claro y, mientras el capitalismo se extendía por el mundo y la idea de fin de la Historia se imponía incluso entre quienes escribían para criticarla, parecía no haber más señales de lo que podría suceder en los próximos años. ¿Quién imaginó el 2100? ¿Dónde puede leerse un futuro no distópico?

El siglo XXI parece vivirse en presente, con la premisa de que “el futuro ya llegó” tatuada en la piel de algunos, mientras otros siguen los dogmas del marketing y los gurús espirituales de poca creatividad que imprimen cuadros para decorar livings con los lemas “Carpe diem” o “Live the moment!”. Se vive en presente y se sigue discutiendo, añorando o evocando el pasado, pero poco y casi nada se vislumbra sobre el futuro. Ahí tenemos las relativamente recientes Black Mirror o Years and Years, algunas novelas distópicas, pero las miradas siempre parecen de corto alcance, de acá a pocos años (salvo acaso excepcionalmente en el arte, como se refiere aquí). El consenso pareciera fundarse en la sensación de que el futuro está sucediendo ahora mismo, de que no hay espacio para pensar el siglo siguiente. Y he aquí el quid de la cuestión: efectivamente no lo hay.

El futuro no está siendo predicho por relatos ficcionales, sino por un complejo entramado de discursos científicos que son claros únicamente para quienes lo quieren ver: el cambio climático no se ve. Me arriesgaría a decir que sólo desde que la joven Greta Thunberg cobró notoriedad pública, el cuidado de nuestro ambiente comenzó a ser tratado con la seriedad que se merece por cierta sensibilidad progresista que antes era sorprendentemente reacia a un tema dominado en la agenda mediática por millonarios de Hollywood como Leonardo DiCaprio o políticos del establishment como Al Gore y, en la escena local, por una minoría de extracciones sociales y políticas muy diversa, por lo general poco vinculada con el reclamo de los derechos humanos, la bandera del progresismo argentino de los últimos cuarenta años (entre las excepciones, sin dudas debería figurar “Pino” Solanas). No es casual que la cuestión del cambio climático tenga por referente a una adolescente apoyada por millones de adolescentes: se trata de quienes sí pueden llegar a vivir el 2100, quienes están realmente interesados por el futuro, a diferencia de los sigloveintistas que creemos estar viviéndolo, pegados a nuestras pantallas móviles con la misma fascinación con que un morador de la América del siglo XV miraría su reflejo en un espejo.

Es así como se hace necesario recurrir a libros como El colapso ecológico ya llegó (Siglo XXI Editores), de Maristella Svampa y Enrique Viale, que no traen las últimas novedades sobre el futuro del mundo, sino un prolijo racconto de por qué lo que informa su título es cierto, aunque no lo veamos. Para ilustrar la cuestión, vale la pena ver un caso, contrastado con un film reciente, Dark Waters (2019), de Todd Haynes. La película recorre el peregrinaje de un abogado que deviene ambientalista en Estados Unidos cuando le llega un caso sobre unas vacas que están enloqueciendo en un campo en West Virginia. Esto no es un spoiler porque el caso es viejo, así que sigamos: las vacas abrevan en un arroyo que, aguas arriba, recibe los desechos con CH8 de una planta de la química DuPont, creadora del teflón. Lo que ahora sabemos es que la empresa descubrió, produjo y comercializó su producto durante años a sabiendas de que era nocivo para la salud de animales, personas y el ambiente en general. Y en la causa llevada adelante por este abogado, la empresa trabajó con ahínco para dilatar, demorar y luego desviar el tema, y terminó pagando multas muy por debajo de las ganancias que había obtenido durante más de tres décadas. El afán de lucro pudo más; así son las reglas del capitalismo, y no hay ningún “malo de la película”: cada uno cumplió su rol, como Eichmann en las máquinas de matar que describió Hannah Arendt.

Svampa y Viale describen un escenario idéntico al de DuPont en Estados Unidos. Sucede acá nomás, desde la pampa húmeda hasta el (des)monte chaqueño. DuPont se llama Monsanto (ahora, Bayer), el CH8 es el glifosato y el teflón es nuestra querida soja, sinónimo de divisas, nuestro principal producto de exportación. En nuestra película habría personajes haciendo investigaciones que muestren la evidencia científica que describe una relación directa entre el glifosato y el aumento de la prevalencia de cáncer en la zona, y también existirían personajes encargados de sumar “ruido” a esa evidencia, de decir que no es concluyente, que faltan investigaciones, etcétera, del mismo modo que hizo el lobby de la industria tabacalera en los años cincuenta y que está haciendo hoy exitosamente el de la industria de bebidas azucaradas. “Todo sería tan obvio que generaría indignación en los espectadores, quienes se preguntarían cómo diablos pudo pasar todo eso mientras los medios callaban y la clase política se lavaba las manos”, dicen Svampa y Viale, comparando el caso con una hipotética miniserie sobre la soja transgénica tipo Chernóbil. Y la cuestión es otra vez la misma: si no se ve, (creemos que) no hace daño.

Por suerte, entonces, el virus: para despertarnos.

Este año fuimos testigos de que, reformulando a Spinetta, lo que está y no se ve nos fulminará. Me gusta especialmente esta palabra, porque la muerte por covid-19 es rápida: uno o dos meses después de contraer la enfermedad, el paciente muere; no hay que esperar años o décadas a que se desarrolle un cáncer que lleve a otro par de años de tratamientos hasta el deceso. No se ve, pero no hay dudas de su efecto (por más que algunos lo quieran disimular echándoles la culpa a enfermedades preexistentes o a la simple vejez). ¿Cómo será el asesinato que nos demos a nosotros mismos aniquilando nuestro ambiente? ¿Vendrá en forma de otras enfermedades zoonóticas creadas por el mal manejo de los animales y los hábitats? ¿O será por inundaciones masivas producto de un descongelamiento acelerado de los polos? O, puestos a imaginar, ¿produciremos nosotros mismos algún otro objeto indispensable que nos vaya matando de a poco, como los autos o el propio teflón?

El colapso ecológico ya llegó alerta sobre la situación global y hace especial foco en los issues abiertos en nuestro país, desde la sojización y el desmonte al extractivismo minero y urbano —este último, una pieza sofisticada que sirve para dejar de pensar la protección del ambiente como la salvación de pingüinos empetrolados y darnos cuenta de en qué medida afecta nuestro día a día—. Al final, el libro de Svampa y Viale hace honor al subtítulo y ofrece “una brújula para salir del (mal) desarrollo”. No está mal la idea de la brújula: aunque oscilante e inestable, la pequeña aguja siempre marca un norte. El ecologismo, como señalan los autores, no está en la agenda progresista de Argentina (algo de esto quedó dicho aquí). Se reserva el tema para las potencias y acá a la vuelta (esto es literal) se está destruyendo nuestro hábitat, el más social de nuestros problemas: extractivismo mineral, petrolero, agropecuario, urbano, de todos los tipos. Lo difícil es que tenemos que confiar ciegamente en la ciencia (ciegamente, porque sólo los expertos pueden comprender el trasfondo de sus conclusiones sobre el futuro), en los consensos científicos, en investigadores de las ciencias sociales e incluso en los formados divulgadores, un grupo pequeño de gente que corre de un lado para otro alertándonos, conminándonos a que nos demos cuenta, a que entendamos que ya ni siquiera estamos a tiempo de revertirlo, pero que al menos podemos (debemos) hacer un esfuerzo para no acrecentarlo.

Esto es lo que saben los adolescentes, porque están condenados a pensar en el futuro. Los sigloveintistas, en cambio, estamos obstinados en resolver los problemas del pasado, violinistas del Titanic egoístas, porque nos aferramos a un estilo de vida que ya fue. No importa, no hay necesidad de cambiar nuestro estilo de vida, no vale la pena pensar en el futuro; total, allá afuera hay un montón de cosas que no vemos, y lo mismo da saber cuál será la que nos fulminará.

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