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Para muestra basta un botón. Sobre la exposición “Excéntricos y superilustrados” y el espacio Alfombra Roja

DISCUSIÓN

Pese a que en Excéntricos y superilustrados hay un énfasis, digamos, pedagógico y productivista, destinado a mostrar “nuevas formas de pensamiento, basadas en la multidisciplinariedad”, lo que queda cuando baja la espuma no es, por suerte, el regusto de una historia del arte que avanza a pasos certeros con triunfos, éxito, razón y técnicas clasificadas en disciplinas como si fuesen estilos de nado o funciones en un “equipo de trabajo” de los tan en boga. Queda algo más simple: algunas preguntas y una certeza.

La muestra (que puede verse hasta el 23 de octubre en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires) parte no de cosas sino de personas. Es más: parte de una posición, la de artistas a los que se elige por considerarlos por fuera de un centro y por encima de la ilustración ¿Cuántos son los artistas importantes, reconocidos, que están «en boca de todo el mundo»? ¿Existen los artistas excéntricos? ¿Existen los artistas «céntricos»? ¿Quiénes serían? ¿Existe el “centro” en el arte argentino? De existir, ¿se mantiene fuera del centro un artista cuando las instituciones notan que lo está? ¿La identidad destruye el arte? Las artes visuales le importan a poca gente y eso no es bueno ni malo, pero insinúa un fondo de una olla.

El principal problema de la muestra es, entonces, su principal interés. Xul Solar, Liliana Maresca, León Ferrari, Pablo Suárez, Federico Peralta Ramos, Fernanda Laguna, Alberto Greco y Benito Laren ¿no son absolutamente centrales y necesarios para un arte argentino considerado como puro presente? Si ellos son los márgenes de un territorio yermo, ¿quiénes están en el centro? ¿Marta Minujín? ¿Milo Lockett? En algún punto hay una confusión. No se trata de definir a los artistas como excéntricos y superilustrados, sino de algo más simple, arbitrario y discutible para bien: si son importantes o no. Cada quien tendrá qué decir.

Sería difícil que cualquier título para la exposición en el Mamba estuviese a la altura de muchas de las obras geniales que vemos en ella porque, a la hora de insistir en que son raros, se pasa de largo la idea de que lo que importa es definir las obras, más que a los artistas, como esas entidades en que brilla parcialmente una totalidad. Tal vez el infortunio que hace ladear las intenciones sensatas de los curadores es ponerse del lado de enfrente de algo que no se entiende bien qué quiere decir, porque los artistas elegidos estarían “por fuera de los filosos márgenes de la intelectualidad académica”. Suponemos que puede solucionarse esta crítica sincerando los vocablos: hoy día “académico” parece querer decir aburrido, e “intelectual” parece querer decir ambicioso. Toda esta bolsa de enredos semánticos es central en lo que la muestra invita a conversar.

Una certeza se endereza al recorrer la sala: la autorreferencialidad es un pacto con uno mismo para alentarse a hacer algo cuando podría no hacerse nada; esa revuelta va al centro de la palabra creación. Uno de los atractivos del arte reside en su capacidad de ser distinto no de “otro arte” sino de todo lo demás; el arte no sirve para nada aunque trata de alcanzar algo que nos enfrente con nosotros mismos, y con eso alcanza. El arte puede dejar que lo excéntrico parta de las obras y no de la clasificación. El problema, más que un problema, es una inercia. La de suponer que hay que “comunicar” (entendiendo este verbo desde su estructura ilustrada) a la población vaya a saberse qué a través del arte. Esta es una época de saturación discursiva, de proliferación de imágenes bajo el imperativo de la participación, el aporte, la solidaridad y la escucha pensados en rima con todas las buenas intenciones —y también las perversas— que rodean a la palabra desarrollo. El arte no es “comunicar”, sino más bien lograr que algo no comunique.

Si hay una excentricidad, entendida como presencia de lo extraño, es la aparición de Dios en dos figuras irrealmente existentes y olvidadas. Por un lado, en la entrevista a Sergio de Loof, que tal vez sea lo único literalmente excéntrico de la muestra porque el grupo que la hizo tuvo que viajar hasta la casa suburbana del protagonista, que los recibió en su cama, ya casi retirado del mundo, ejerciendo una  memoria emotiva que es una de las formas inesperadas por donde sigue apareciendo su arte. De Loof es realmente excéntrico porque se fundió en el arte, desapareció del centro, que es lo mismo que decir que desapareció del arte. También por una afirmación misteriosa de una revista popular que aparece en el video: “De Loof: el artista que odia la electricidad”. Hay en De Loof una no ética de los que transforman su vida al borde de una espera dramática, de una densidad distinta a la del ciudadano medio. Todo un contexto de previsibilidad para que aparezca la palabra no buscada, la palabra que informe, haga acordar o ratifique sobre el disparate del origen de las cosas, del arte, de la moral, de la información, del recuerdo… Por otro lado está la primera piedra, que había sido tirada por la primera figura que aparece cuando ingresamos a la sala, la de Jorge Bonino, de quien se reproduce una performance en el Di Tella en la que el artista respondía con onomatopeyas y lenguaje no figurativo las preguntas figurativas de participantes que lo iban a indagar como si fuese un Buda —lo que lo pone espalda con espalda con De Loof—. La respuesta final no estaba ahí y se la dice a Oscar del Barco en un libro que la propia exposición provee al visitante: “Dios es la unidad total”. De Loof va a decir veinte minutos después, cuando nos sentemos a verlo y escucharlo: “Yo sé que es poco intelectual creer en Dios”, para inmediatamente rezar un padrenuestro. En esas dos respuestas de los que se sientan a responder sin prejuicios hay un punto para considerar: que no hay respuestas, que más bien hay gracias a Dios. No es cuestión de ponderar el catolicismo sino de resaltar la indeterminación del arte, su impermanencia, su no centralidad. Lo único central parece ser eso que no conocemos, la dirección trágica hacia donde nos lleva.

En el centro de la ciudad, sobre la calle 25 de Mayo, en el Bajo —con toda la connotación barrosa del término—, vive el espacio Alfombra Roja, un monoambiente de veinte metros cuadrados que enarbola una mezcla de puntillismo y pavada, exhaustividad e inocencia. El edificio fue pensado como hotel, pero ahora sólo hay oficinas que, para la hora en que suele estar abierta la salita, están cerradas. Los pasillos son amplios, con lámparas de globo de opalina. Los pasos que dan las personas que concurren, los ruidos de los ascensores y los detalles de los objetos podrían ser el set de una película de Bresson, aunque también es cándido como el pasaje Pam de la ciudad de Rosario. Es una «sala» ínfima con un clavo, esto significa que las muestras son de un cuadro, siempre figurativo.

Digamos que Alfombra Roja no disputa el centro sino que lo habita. No discute, cambia de tema. No enfrenta, se diluye. Pero esas actitudes no ordinarias terminan siendo una manera de la confrontación por los medios más interesantes, los estéticos, cuando estético quiere decir complicado de clasificar.

Hace pocas semanas, la artista Fátima Pecci Carou colgó una pintura atrapante en la que se ve a una mujer sobre una mesita ratona y en posición animal, quién sabe si quejándose o gozando de lo que tiene a su alrededor: un cuadro esperpéntico de marco dorado, un sillón de estilo y lo que se sustrae de la escena, lo que imaginamos son hombres pesados de tradición cabaretera que acechan. La tensión o el patetismo del cuadro ameritaron una escena similar: la artista organizó un espectáculo de tango  que llamó “Tarde de tangos y reseñas de arte”, para homenajear sendas reseñas de los curadores del habitáculo, Claudio Iglesias y Santiago Villanueva. La reescritura del primero dice: “Muchas veces la paranoia / confunde la falta de interés / con la persecución”; la del segundo: “Aquellos que resisten al desierto / entre el cansancio y la destreza de la euforia”. Algo de lo triste y lo jocoso del espectáculo crítico se cantaba como quien canta verdades pero sin que casi nadie las escuche. Escuchamos lo que Pecci Carou tenía para decir no más de diez personas: su público. Un centro chico, un «desgarrón» en la historia, una taradez bella y emotiva, porque decía muchas cosas en una partícula: decía que hay arte si hay desorganización, dicha y emoción; decía que también hay arte, aunque no siempre, en las tradiciones repetidas hasta deformarlas; decía que cuando se siente algo, no importa nada lo que sienten los demás. Decía la escena, ya cobrando forma humana y como hablando, que la ilustración es una manera de la ilusión, y que la superilustración sería una manera panorámica de ese embrujo. Entonces no: las patas en la alfombra, vasos de plástico y diez personas en pose de negar el mundo con sus creaciones. Algo termina y empieza en ese gesto valioso e innecesario.

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