LITERATURA ARGENTINA

Al momento de reseñar Blaia, me acuerdo de la pregunta que se formula Barthes: ¿por dónde comenzar? La inquietud, en este caso, obedece al hecho de abordar un poema como el de Marcelo Díaz en pocas líneas, sin caer en alguna supuesta clave interpretativa que clausure su lectura. Y como el propio texto favorece la entrada por distintos lados, hagámoslo por lo más inmediato y menos frecuente: la tapa del libro.

En el centro de la portada, el dibujo pequeño de un topo que parece avanzar hacia algún lado; está rodeado de un amplio espacio libre. Debajo de él, a una cierta distancia, el título del libro. ¿Qué significa ese extraño nombre? A lo largo de las páginas, nos enteramos de que Blaia era el nombre antiguo de un lugar casi legendario, la actual ciudad francesa de Blaye, cuyo señor en el siglo XII era el trovador Jaufré Rudel, quien se enamoró perdidamente de una dama que no conocía sólo por lo bien que hablaban de ella. Las preguntas se multiplican: ¿el topo avanza hacia Blaia? ¿Qué relación habrá entre un mamífero cavador casi ciego y una historia de amor increíble en la que se anudan la pasión, la leyenda y la música? El poema se abre como un tramado de fragmentos, dibujos y fotos, una multiplicidad de planos entre los cuales el lector avanza un poco como ese topo, conectando campos de sentido, motivos recurrentes que dialogan entre sí: las galerías subterráneas y los túneles de las milicias del Viet Cong; los trovadores y las bandas punk; las representaciones cartográficas antiguas y la anatomía según los aborígenes canacos. El parágrafo que cierra el libro es una suerte de guiño autorreferencial. Algunas teorías sostienen que los topos cavan sus galerías al azar y otras que obedecen a un plan geométrico riguroso. Ni una ni otra, afirma Díaz. Ese animalito “planifica con las uñas… tampoco cava porque sí. El suyo es un orden permanentemente provisorio”.

En la contratapa del libro, Carlos Godoy escribe: “Blaia no es un poema ni una novela. Es un híbrido que ensaya como en un collage un bosquejo de teoría cartográfica”. Es cierto. Y también podríamos agregar que es un peculiar fragmento de discurso amoroso. Sin embargo, la definición por la negativa (ni poema ni novela) y el empleo del término “híbrido” dan cuenta de la dificultad de ubicar un texto como el de Díaz en las taxonomías genéricas convencionales. Las acepciones biológicas del híbrido suponen el montaje y la cruza de individuos de dos especies definidas para generar un tercero que resulta una mezcla centáurica. Es cierto que Díaz trabaja a partir elementos poéticos, narrativos, históricos, antropológicos, visuales, etcétera. Pero su reunión y articulación en el espacio del texto no ponen en crisis las fronteras entre los géneros literarios, sino que más bien las vuelven irrelevantes.

Blaia resulta un texto fundamental. Por un lado, asistimos admirados al despliegue de un conjunto de historias cuya escansión produce la intensidad de una especie de cantar o trova amorosa (para seguir con el señor de Blaia), que es también esa “poesía muda y gestual”, en todo caso in-audita, del trovador Peire Vidal mencionado por Díaz. Por otro lado, libros como este nos obligan a repensar seriamente el estatuto de la literatura en medio de una ecología cultural multimedia, donde el montaje de texto, imagen y sonido forma parte del paisaje cotidiano; hasta qué punto las divisiones genéricas son convenciones históricas que terminan condicionando las necesidades expresivas. Como el topo, Díaz también negocia un equilibrio entre sus necesidades y los accidentes del terreno parcelado en géneros. Y sí. Blaia es poesía. Y lo es en el más radical sentido etimológico del verbo griego poieo: hacer, moldear.

 

Marcelo Díaz, Blaia, 17 grises, 2015, 98 págs.

17 Mar, 2016
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