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Cuadernos de lengua y literatura, volúmenes V, VI y VII

Mario Ortiz

LITERATURA ARGENTINA

Entre los múltiples personajes, hechos y cosas que habitan estas páginas, aparece un chico que juega con letras de plástico y que disfruta teniéndolas en las manos mientras su madre cose a máquina. Más tarde, fruto maduro del juego con esos soportes del lenguaje, en ese mismo volumen y en los que vienen a continuación –Al pie de la letra, Crítica de la imaginación pura y Tratado de fitolingüística–, aquel chico ya grande va a empeñarse en la observación y en los tanteos de una teoría y una poética plural y diversa: es así que un tal Ortiz escribe. Escribe y por lo tanto existe, dice. Y escribe una poesía rara, no como algo acabado sino como un movimiento cuya fragua y ondulación no aparecerán en casi ninguna cerrada forma poema –algo más visible en las entregas anteriores de los Cuadernos–, sino transformadas en un perfume o en un fulgor de eso poético que emana de una prosa pulcra y meditada como la de los primeros ejercicios que encaramos, a los seis o siete años, en los renglones de un cuaderno Rivadavia.

Este Ortiz, que trabaja como profesor secundario y universitario de literatura, es, y mientras dura su progreso en la escritura, un alumno.

La de Ortiz, como la de los grandes poetas bahienses enrolados en torno al mateísmo, es una poesía materialista y por lo mismo elemental. Es imaginativa, temática y técnicamente. Es reminiscente; es histórica y es política. Vaga por el fondo del mar y se topa con un Titanic, se detiene a pensar en la tilde que achata una “á” en el nombre de un río o en los motivos de economía política o historia del arte y del gusto que se graban en el trazo de una tipografía Bifur. Inventa una nave impulsada por un motor de explosión verbal con la que uno puede remontarse hasta Nelson, un antiguo compañero de la secundaria, o teoriza sobre la posibilidad cierta de que la trayectoria de cada ser humano, en determinado momento, se cruce con la de una planta.

Vacas magnéticas, pastitos de emociones caprichosas, etiquetas oxidadas con marcas de un olvidado mundo fabril y apariciones cuasi fantasmales de algunos personajes entrañables encuentran en estas páginas una perspectiva más o menos cierta, o tal vez solamente imaginada, de lúcida y lucida sobrevida.

En ese encabalgamiento de objetos, historia, teoría y emociones –en esos ejercicios en los que la palabra se opaca y se transparenta, se vuelve vehículo de múltiples evocaciones o se asienta como objeto de observación, se ciega o se cristaliza–, estos Cuadernos –el último, inédito– van recreando poéticamente un entorno personal, pero también acompasado con cierta huella amigable que se nos ofrece como un mate en una ronda trasnochada.

Qué cosa extraordinaria resulta leer un texto tan materialmente heterogéneo pero dotado de semejante sensación de concierto y armonía.

Qué maravilla poética ese verso fraseado que dice que “las letras son partículas de finísimo polvo que se depositan en el papel y dejan noticias de la luz que recogieron en su caída”.

 

Mario Ortiz, Cuadernos de lengua y literatura, volúmenes V, VI y VII, Eterna Cadencia, 2013, 316 págs.

4 Jul, 2013
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