Valor sentimental
¿Qué tiene Shawna para ofrecer? Internet de alta velocidad. La mujer que está del otro lado no acepta, pero agradece. Mientras tanto, Dooper intenta quebrar, con su moto, la barrera del tiempo, bajo la lluvia de Manila. Zyrus toma una cerveza en su porche; él envejece y su hija también. Maggie escucha canciones en su walkman; no se pregunta demasiado. Kathy cuida su huerta. Estos nombres sin cara, estas voces incorpóreas atraviesan las páginas de El tiempo en Ontario, el nuevo poemario de Eloísa Oliva. Esos nombres y esas voces son trabajadores y trabajadoras de un call center. ¿De un call center o de varios? ¿Qué diferencia puede haber, qué identidades se pueden construir en un espacio de trabajo esclavizante que apunta a suprimir la humanidad de los humanos a quienes contrata?
En el libro de Eloísa Oliva se produce una serie de entrecruzamientos: entre el trabajo y la vida; entre la naturaleza y la tecnología; entre la narración y la poesía; entre el yo y los otros. Los personajes que habitan estos poemas intentan olvidarse de que trabajan y para eso lustran su flamante Harley Davidson o caminan hasta la parroquia local para gastarse la voz cantando; a veces, también, como en “Sherry”, buscan imponer un ritmo propio al guion maquínico que los obligan a seguir; incluso, por momentos, imaginan que pueden acortar la distancia que los separa de la persona que está del otro lado del teléfono siguiendo “las líneas de cobre / temblando en los postes, / mientras grandes pájaros oscuros / sobrevuelan los bosques de pinos”.
“No hay / ruidos de fondo / en la llamada grabada”. La voz que hila los poemas parece la de una investigadora o una voyeur. Se mete en las llamadas de los trabajadores del call center y los espía en su intimidad, y de esa forma va construyendo un álbum de instantáneas o un minidocumental sobre vidas que de otro modo permanecerían anónimas porque ¿qué vida no es anónima? Los poemas de Oliva les ponen nombres, rasgos y deseos a las voces fantasmales del otro lado de una línea telefónica, a los ocupantes intercambiables de los boxes de las enormes oficinas de empresas que basan sus políticas de recursos humanos en el borramiento de toda marca de identidad. Luciano Lamberti lo dice así en el prólogo: “Este libro está hecho de voces, que vienen y van por las líneas telefónicas, que hablan solas, que no dicen nada o que callan cuando están a punto de decir lo verdaderamente importante”.
En el prólogo, Lamberti también revela que Oliva trabajó en un call center. Ese dato, más que justificar o validar el dispositivo sobre el que se monta el libro, añade una capa de extrañeza: Oliva, como los personajes de su libro, también fue (o es) una voz anónima en busca de una identidad. El anteúltimo poema lleva como título su nombre de pila, “Eloísa”. Y es el único nombre que no aparece en el cuerpo del poema al que le da título; parece un gesto de ocultamiento, como si Oliva se hubiera arrepentido de incluirse entre todos los otros nombres y quisiera pasar desapercibida, hacer que el lector se olvide de que el personaje del que habla el poema se llama como ella. Ese gesto también es parte de la posición documental, la mirada de la mosca en la pared, y el trabajo con la lengua procede según el mismo principio. No hay marcas para los cambios de hablante; no hay comillas, ni rayas de diálogo, ni nada; todas las voces se mezclan en una, e incluso pasa lo mismo con las palabras en inglés, que conviven con otras notoriamente argentinas: “En su chalecito del oeste / cada noche / mira soap operas / antes de dormir”. Porque decir telenovela no es lo mismo que decir soap opera. Pero tampoco es lo mismo chalecito que cabin o cottage.
Como un buen documental, El tiempo en Ontario no transmite pena, ni lástima. No es condescendiente con las vidas que observa y registra. Hay una calma que conecta un poema con otro como los cables telefónicos: “En la mañana de Winnipeg / las barredoras de nieve abren las calles / y los olmos / se estiran hacia el sol”. ¿Es un cliché, a esta altura, pensar que en nuestros días lo humano y lo natural ejercen, frente a la aplanadora capitalista, una resistencia frágil, basada en gestos mínimos? ¿Es un cliché pensar que no alcanza, pero que hay que hacerlo de todos modos? “Eloísa”, el poema, responde así al mandato de productividad: “Y empieza / aunque sabe / que no lo va a lograr, que ni siquiera / va a intentar lograrlo”.
Eloísa Oliva, El tiempo en Ontario, Nebliplateada, 2025, 44 págs.
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