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Los chicos y las guerras

Bruno Petroni

LITERATURA ARGENTINA

Si aceptamos que el realismo en literatura procura transcribir el mundo de los hechos y las cosas al de las palabras, y si precisamos aún más esta categoría con el calificativo “sucio” —fórmula que acuñó un editor de Granta cuando en un antiguo número de la revista incluyeron textos de Raymond Carver y de Richard Ford—, los cuentos de Petroni podrían reunirse bajo un rótulo parecido.

Personajes pretendidamente comunes en situaciones que pasan por cotidianas, un vocabulario pulido semejante al que hablamos en la realidad y objetos dispuestos en el envión de la frase como imitación de ese entorno que, por comodidad, llamamos “mundo” son algunas de las características típicas de esa corriente narrativa a la que los cuentos de este libro, de algún modo, se acompasan. Sin embargo, de validar su conformidad con el modelo, habría que señalar que la aceptación no rehúye ciertas variantes y desviaciones que exceden las de la propia historia política y cultural o las determinadas por cada contexto, y que incitan a redefinir lo que de sucio tendría este realismo.

En “Japón” —y en el título ya se marca una distancia—, los dos protagonistas son testigos de una catástrofe que les llega mediada por la televisión, los efectos del porro que acaban de fumarse, su propia indolencia cuasi adolescente y el diálogo tenso que mantienen con un mozo de bar por una canasta con pan. En “Lunes”, cuatro amigos cincuentones se reúnen para jugar un juego de puntería en el que los blancos son ciudadanos típicos que circulan por Agronomía o por Paternal. Con ese pasatiempo, cuyo reglamento copiado, comentado y ejecutado en el cuento es, a su vez, un felicísimo hallazgo, pretenden reponer la adrenalina con la que vivieron en el pasado: ahí, ahora, haciendo eso —una pantomima de lo anterior— desearían que el tiempo volviera hacia atrás. A su turno, el cuento que le da título al libro ofrece una de las escenas más poderosas de toda la colección. Flaco, Negro y Gringo, personajes similares en espíritu y maneras a los de “Japón”, aunque más trasnochados y solapadamente violentos, incluyen a la abuela del primero, en cuya casona pasan el tiempo, en una farsa: la van a llevar a bailar. Mientras la anciana, sometida, se prepara y toma una ducha, Negro se le cuela en el baño. Ambos se miran sin la discreción de una cortina o el pudor de una toalla, y la escena se resuelve de una forma cuyos ecos no rebajan del todo la ansiedad.

Para presentar al narrador y su primer libro, Elsa Drucaroff usa en la contratapa la metáfora de la “risa vitriólica”, corrosiva frente a la vida contra la que se proyectan los cuentos, y ese efecto cáustico subrayaría así lo que de sucio puede tener esta variación del realismo. Distancia, cierto esmog figurativo que hace de pátina y enturbia la inmediata subsunción entre relatos y mundo, y un giro distópico que se destaca todavía más en “Cambalache” contribuyen a generar ese efecto, como el de mirar la realidad a través de un vidrio esmerilado. Acritud, imaginación renovada, personajes en gran medida eficaces, alta tensión compositiva y un título muy sugestivo son otros de los pedales con los que se distorsiona la imagen que podíamos formarnos de una época como la actual y nuestros contemporáneos.

 

Bruno Petroni, Los chicos y las guerras, Mil Botellas, 2011, 82 págs.

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