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Los diarios de Emilio Renzi

Ricardo Piglia

LITERATURA ARGENTINA

En una geografía en la que el impudor se practica con fanatismo, resulta extraño que el diario íntimo no se haya establecido como género nacional. Más bien se lo ha rehuido: exige otras gracias aparte de la desvergüenza. El primer volumen de los diarios de Ricardo Piglia, en este sentido y otros, es un acto de coraje. Exhibe los temores fundados, tanteos y tácticas de un escritor en ciernes, y corrobora ―es lo que suele delatar un diario― que un aprendiz depende tanto o más de la voluntad que del talento.

Todo diario muestra a un protagonista frágil y desenmascara, como ningún otro lugar, que un escritor cree que es mejor de lo que es. Ilusión imprescindible: al principio para persistir; hacia el final, para no desmentir a quienes tuvieron la cortesía de estimarlo. Un diario revela el carácter alucinatorio que se tiene sobre la obra propia, y paradójicamente ―a condición de no ser extraordinario, como en Kafka― es quizá el único sitio en que un escritor no presenta una versión mejorada de sí. Lo revelador de esta obra es, en un punto, que Piglia podría no ser el escritor que fue y sus diarios valdrían lo mismo. Son un retrato leal, despiadado, de la nerviosa dependencia de un autor con aquel que anhela ser, o aquel que supone ser. El tándem Piglia-Renzi desarma la relojería asimétrica de esos espejismos y el recorte insinúa que hay otro diario ―más voluminoso, más virulento― detrás de este. La voz de estas páginas es regular, sostenida, por necesidad un tanto actuada para sí misma, envolvente.

El joven Piglia no le teme al lugar común ―esa desventaja aparente consolida el libro como diario― y estos “años de formación” cumplen con los protocolos temáticos de un diario íntimo: novela familiar, educación sentimental, amistades floridas, una identidad flotante. El valor documental compite con el valor literario y Piglia añade continuidades propias: estudios de historia, militancia política, proyectos editoriales, modas estéticas, los cafés como estudios satélites, la adicción a las mudanzas, cierta tentación de posar de malandra de Arlt, de carismático pickpocket de salón.

Curiosamente, al contrario que su admirado Gombrowicz, Piglia también se vuelve interesante en la medida en que se aleja de sí (sus lecturas, los momentos críticos de esta vida, le facilitan motivos para pulir su sello: el epigrama ocurrente). Lo habrá intuido cuando decidió atribuirle los cuadernos a Renzi. El velo de la tercera persona asoma aquí y allá para dramatizar la relación entre las dos caras de una misma hoja ―al borrarse una en exceso, pasa al otro lado― y no mitiga la osadía de estos diarios. Un diario es eso, el trato con un doble, y el desdoblamiento ―agilizado por una dicción a la Bernhard― pone de relieve que quien lleva un diario puede hacerlo no porque crea que es alguien, sino acaso para ir reconciliándose con el nombre que le fue dado, al que nunca le creyó del todo. El montaje le permite a Piglia jugar mejor esa larga partida y enfrentar el tiempo munido de tijeras. Es en su forma ―su ordenamiento― donde la obra encuentra otro rasgo de singularidad. En su inicio y fin se hace más proustiana ―la tercera persona la vuelve clínicamente nostálgica―, clima que predice, a la manera de un rumor, un epígrafe no traducido del maestro asmático. Una experta complacencia subyace en esa admisión susurrada: ni un buen diario puede traducir el enigma de una vida.

 

Ricardo Piglia, Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación, Anagrama, 2015, 360 págs.

1 Oct, 2015
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