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Ventana magnética

Fernando Fagnani

LITERATURA ARGENTINA

Paula Fox es una novelista norteamericana que vivió a lo largo del siglo XX y escribió una de las mejores novelas “de parejas” de un tiempo que es todavía, más o menos, el nuestro. Lector fanático, Jonathan Franzen la encaramó por encima de cualquiera de las novelas de sus contemporáneos y, en “‘Aquello no tenía fin’. Releer Personajes desesperados”, apuntó: “Confiaba en que el libro, en una segunda lectura, pudiera decirme cómo vivir. No lo hizo. En lugar de eso se tornó más misterioso. Comenzaron a emerger densidades metafóricas y temáticas anteriormente invisibles”. La receta que buscaba Franzen en la novela de Fox tenía que ver con ciertas vicisitudes por las que atravesaba su propio matrimonio. La familia, el amor, un piso de vida común. En el trance continuo que supone la pregunta por cómo vivir, a veces lo que está en juego es precisamente la vida. Contra ese horizonte, el protagonista de Ventana magnética recurre a un patrón de conducta determinado por su biografía.

Ecléctica, minuciosa, apenas ensombrecida por un barniz mortuorio y luminosa a cada rato por asociación, heterodoxia, foco o algo así como un humor existencial, Ventana magnética surge de una necesidad declarada, “reescribir mi presente”, un ahora trastocado de manera brutal por el pasado inmediato. Como un modo de validar su propio recorte, de entrada, la novela se presenta tan auténtica como la realidad. Para reclamar el valor de lo cierto en su imitación de la vida se apoya en el epígrafe de apertura, en el efecto de proximidad que casi siempre consigue la primera persona del singular y en el tono de la voz narradora, como si la escritura se enmascarase en una especie de diario conversacional. Hay más de una astucia en todo aquello. Instalar el marco de la enfermedad —el peligro de la conmiseración— para luego desbordarlo con el flujo de una prosa suelta, casi natural, una especie de abertura imaginaria por la que el diagnóstico se airea, puede que sea la más eficaz.

Enfermo y lector —lector enfermo—, el protagonista de Ventana magnética, sobre la delgada línea defensiva que puede hacer del mundo entero un texto, es capaz de leer una esperanza discreta en una serie de cuadros de una sala de espera, o en la cantidad justa de muerte que transmite, en el interior del sanatorio en el que los pacientes oncológicos reciben su tratamiento, el uso del color negro. Su “labor interpretativa” es de una meticulosidad trascendente, como si de la apropiada mensura del entorno dependiera su vida. Foucault, Tolstoi, George Steiner son apoyos en su operación intelectual. El desglose de La enfermedad y sus metáforas, de Sontag, un “libro fallido”, es despiadado, clínico. Culto, viajero, sin apuros económicos, también puede volverse un tirano. La atmósfera serena, cauta, a veces burbujeante de rebeldía o impiadosa contra sí mismo mientras anota días, humores, paisajes o recuerdos de infancia desde la mesa del comedor suma más naturalidad al artificio.

Casi como Franzen con Fox, lo que el protagonista de Ventana magnética persigue leyendo y escribiendo es construir un marco, una guía. Desentenderse un poco del vórtice tumor/cuerpo amenazado y proveerse de algún tipo de glosario, de figuras tópicas de las que servirse para plantarle cara al destino. Noble, empecinada, apropiadamente poética, lo más lógico, y mágico, era que la arquitectura de la salvación hundiera sus cimientos en la muerte del padre.

 

Fernado Fagnani, Ventana magnética, Edhasa, 2026, 96 págs.

2 Abr, 2026
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