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Vida real

Brandon Taylor

OTRAS LITERATURAS

Que Brandon Taylor es un prodigio narrativo ya se sabía, al menos en estos lares, desde la publicación de Pequeñas bestias (2022), una serie de cuentos descarnados donde la violencia y la sexualidad aparecen como un estallido repentino, aunque precedido de la historia de abuso de un país que todavía cura —o intensifica, según como se mire— las heridas provocadas a su población negra. Vida real, la primera novela de Taylor, también publicada por Chai Editora y nuevamente con la traducción prístina de Juan Nadalini, profundiza en ese universo que se expandía en Pequeñas bestias. Lo curioso es que, en Estados Unidos, país de origen, Real Life (2020) se publicó antes que Filthy Animals (2021), también con un año de diferencia. La decisión de los editores de Chai de invertir el orden de publicación es, vista en retrospectiva, otro acierto; quiero decir, el primero es publicarlo, el segundo es sacar sus cuentos antes que su novela. ¿Por qué? Porque sin los cuentos habría costado entrar en la novela; los cuentos —más amenos para el lector desconocido por una cuestión de extensión, no de profundidad— prepararon el terreno, dieron a conocer a Taylor, y cuando un autor así se da a conocer sólo queda esperar su próximo libro. Y por Vida real valía la pena la espera.

La novela narra un fin de semana a finales del verano en la vida de Wallace, un joven afroamericano, un tipo callado que vive la mayor parte del tiempo encerrado en el laboratorio de biociencias del posgrado. El fin de semana empieza con la noticia de que el trabajo que Wallace había estado haciendo durante todo el verano (la crianza de nematodos) se contaminó, se echó a perder, y tiene que volver a empezar de cero, no hay vuelta atrás. A partir de ese hecho, ajeno a él, todo parece ir en caída libre para Wallace, que se cuestiona su vida irreal y que no logra vincularse con sus amigos blancos (es el único negro en el curso), en su mayoría homosexuales, como él. Hay otro hecho anterior que no se narra como la caída en desgracia de la cepa de los nematodos, pero sí se enuncia —y se siente—: la muerte reciente de su padre, con quien tenía una relación distante. Taylor se encarga de contar por qué a mitad de la novela, en el único capítulo que se narra en primera persona —el cuerpo es quien recuerda— y que es, simplemente, demoledor.

Si bien Taylor es un autor contemporáneo, en edad (treinta y cuatro años) y estilo, hay en su poética una metabolización de la gran tradición norteamericana de narrarlo, o mejor, absorberlo todo. Me refiero a delimitar un territorio (en este caso, blanco por antonomasia: el campus), una parte, dentro de la cual una historia (la de Wallace) puede crecer de manera desmesurada hasta dar la apariencia de cubrir un todo, una totalidad sobre una particularidad. En ese sentido, Vida real es una novela total sobre el racismo actual en Estados Unidos, que por más edulcorado que esté en el ámbito en que se narra —algo similar a lo que muestra Donald Glover en Atlanta—, no deja de ser lo que es: discriminación.

Pero Taylor es un escritor sumamente inteligente y sabe que el tema no es lo mejor que le puede pasar a una novela, porque pone, justamente, el interés fuera del cuerpo de esta; lo importante es el tratamiento que se le da a ese tema. Ahí es donde se coloca el interés el autor, que el atractivo esté en el tratamiento, no en el tema. Y para hacerlo usa las herramientas de la ficción (prosa sensorial, multiplicidad de personajes, correlato, elipsis, cambio de punto de vista), sostenidas en una destreza inusitada para el diálogo (la discusión entre Wallace y Dana, compañera de laboratorio que lo acusa de misógino, es memorable) y la construcción de escenas (varios amigos hablando en el muelle o discutiendo alrededor de una mesa, la intimidad de dos personajes rotos en una habitación). Desde ahí trabaja en la incomodidad: elevando la tensión de manera rapsódica, para volver a la calma que da contemplar unos pájaros por la ventana. Taylor escribe lo que quiere y no se apura en llegar.

Por supuesto que la novela no habla sólo del dolor fantasma, como llama Wallace en algún momento al racismo que sufre —de los racistas y de los cómplices—, a la impotencia que genera la injusticia, por más que sepa que la ecuanimidad no juega ningún papel. También habla sobre el deseo sexual (la única certeza de Wallace durante el fin de semana), la soledad, las dos (o más) caras de la amistad, la diferencia de clase, la crueldad impredecible (de Dana, de Simone, de Vincent, de Miller, del propio Wallace), la imposibilidad de darse a entender. Pero, de vuelta, lo que importa es el tratamiento de estos temas, el cómo. Taylor hace con Wallace lo que este hace con los nematodos (gusanos que avanzan con movimientos de repliegue y extensión, transparentes y bastante resistentes, el correlato se cuenta solo), lo mira con un microscopio, lo examina. Y en esa observación microscópica se puede ver el sufrimiento que carga, el silencio contenido.

Wallace quiere hablar, pero sabe que a nadie le importa. Quiere huir, pero no tiene adónde, cualquier lugar será igual, sus cartas están marcadas. Quiere abandonar su propia piel, ser otro, pero es imposible abandonar el pasado (“El pasado es codicioso; te traga, te pide cosas”). Quiere dejar su vida atrás, todas sus vidas, pero no hay vuelta atrás; como dice Vincent, en eso consiste el mundo real, la gente real, la vida real.

 

Brandon Taylor, Vida real, traducción de Juan Nadalini, Chai Editora, 2023, 264 págs.

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