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¿Qué es ser un clásico? ¿Escribir como si la literatura no tuviera tiempo? ¿Rescatar a los antiguos? ¿Aceptar la ruina de la centralidad del yo como creencia? Hay un poco de eso en la poesía de Horacio Castillo. Traductor del griego, antiguo y moderno, estudioso de la Antigüedad clásica, escribió unos poemas sorprendentes. La factura formal es impecable: cada palabra, cada punto y cada coma, la sonoridad y el largo de los versos son ajustados, precisos, y suenan necesarios. A lo largo de los libros rescatados y reunidos en este volumen (abarcan el período 1974-2005) recorremos historias conocidas como si fueran nuevas. Los poemas no dan explicaciones, surgen por derecho propio instaurando su tiempo, su espacio y sus modos, y cruzan referencias, elípticas, a su presente de enunciación, porque van al núcleo de lo que se trata: una batalla, un amor perdidos, el sucederse de las generaciones, el lamento por la destrucción de una cultura, o una voz que se pregunta por esas cosas y que ensaya tanto el “yo” como el “nosotros”.
Esa base en la tradición más fuerte del canon (Eurídice, Abelardo, San Agustín, Eva, en monólogos dramáticos, pero también Caronte, Eneas, Ulises como personajes) es un rodeo magistral: no rescata sólo lo anecdótico de héroes, dioses, figuras históricas y simbólicas, sino una concepción de la poiesis como el arte de combinar los elementos ya dados, de presentarlos bajo una nueva perspectiva, de darles una voz renovada que evalúa lo que se creía sabido e inscribe el suyo en el devenir de unos nombres, unas fábulas, unas palabras recibidas y legadas. En ese punto encuentra un grado de objetividad en la escritura poética que marca su singularidad y anticipa el objetivismo que vendría unas décadas más tarde. Ese mismo tono, que explora desde la narratividad y el monólogo dramático hasta el lirismo de la canción o el epitafio como géneros poéticos, le permite reunir en una misma imagen una asociación literaria prestigiosa y una escena cotidiana y extraer de esas imágenes reducidas a mínimo un máximo de potencia. El proceso de escritura es descripto con detalle tanto en la entrevista que le hace Augusto Munaro como en la precisa semblanza de su amigo, el poeta Rafael Felipe Oteriño, que se anexan al final.
Los ensayos que el volumen recoge, al mostrar a un seguidor de las concepciones de los cuarenta, con valores poéticos que se inclinan por la trascendencia, lo atemporal (“la obra de arte es esencialmente conservadora”, afirma) podrían atemperar su impacto; sin embargo, paradójicamente, lo resaltan. Secretario de Ricardo Rojas, eventual compañero de tea parties de Borges, lector de vanguardias y contemporáneos, deja una poesía que supera la época. Porque, como dice su “Epigrama”: “Yo, Eustacio, poeta de una ciudad de provincia, / nací, viví y morí como todos los hombres, / según ha sido escrito en este monumento / junto al cual te has detenido a orinar. / Si sabes leer, lee (…)”. Y vale la pena leerlo.
Horacio Castillo, Obra reunida, La Comuna Ediciones, 2020, 390 págs.
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