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Un año sentimental

Santiago Venturini

LITERATURA ARGENTINA

Se dice sentimental de lo que expresa sentimientos de amor o de ternura. De lo que se interesa por ese universo. En este libro, en cambio, sentimientos es lo que surge cuando un poeta se para en el medio del camino de la vida, y mira hacia atrás y hacia adelante.

En Un año sentimental se sopesan lo visto y lo que está por verse, o lo dicho y por decirse. El resultado puede ser diverso. En ese balance incierto, Santiago Venturini escribe un libro sosegado y transmite el quiebre del momento por medio de imágenes de parquedad acertada. La respuesta es el libro mismo, unos poemas que ubican un lugar precioso para la enunciación; cuando el justo medio no es el aura y no quiere ser mediocre, cuando la juventud se ha ido como ilusión pero todavía no hay la resignación de la edad avanzada, el yo del poema busca sentidos y encuentra imágenes y poemas.

Se ven entonces como en un cine de barrio el padre, el legado frágil de la madre, el parecido con el hermano, los muertos familiares, los amores ocasionales, la cuestión de la generación y la supervivencia. Lo sentimental está en las antípodas del desborde: las preguntas calmas, la recolección de huellas e impresiones como postales, llevan a una certeza rara: no quiero ser esto, pero tampoco sé qué voy a ser. Desde ese lugar la existencia cotidiana se abre en poema, un poema que no busca imponerse como sentido, mucho menos como sentencia, tampoco como sensación; crea un intermedio que, con pocos elementos y una dicción sencilla, va desde lo visible hacia lo enigmático.

Lo anecdótico está velado, o se merodea, y la atención fija en ciertos detalles demuestra su potencia como interrogación: así, la muerte de un primo, la foto de los padres, la taza de porcelana, las frases y gestos repetidos, las macetas del jardín. El conjunto configura ese momento en que se sabe que, finalmente, vivir rara vez es, o sólo esporádicamente es, dirigirse hacia un instante o un futuro luminosos, sino, simplemente, aprender a caminar en lo oscuro, para ser uno más, un hombre común, un espécimen adulto, “sólo un humano que traga oxígeno”. El único brillo es el que le puede dar el cuerpo en el deseo o la sed, en el chispazo instantáneo de lo vital, que se da de vez en cuando y por contraste, como al salir de un cementerio.

Ya se sabe, a cierta edad, que el amor no dura, que las personas no duran, que nos parecemos a lo que no queremos parecernos, que hay que intentar inventar todo el tiempo, buscar una vía de escape y que no se la va a encontrar. Entonces, desde el desencanto profundo, se escribe y reescribe: el autorretrato, la versión de un poema sobre un perro muerto (podría decirse que ya un tópico moderno), la vida normal (“si crecer es aceptar / la normalidad de ciertas cosas / soy un retrasado”), la sensación de monotonía de lo cotidiano (“esto va a ser largo”). En medio de todo eso una pregunta por la vida misma, como un hilo, tira de las generaciones, inventa su propio bucle, da un sostén mínimo a la supervivencia, en duelo inacabado, y la voz, algo derrotada, afirma sin patetismo: “somos un punto que se mueve / sobre el dibujo de la civilización”. Nada más, pero tampoco nada menos.

 

Santiago Venturini, Un año sentimental, Caleta Olivia, 2019, 76 págs.

23 Jul, 2020
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