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Un perro solo

Melina Knoll

LITERATURA ARGENTINA

La literatura (tal vez todas las artes) siempre se juega en el límite de lo que puede o no ser dicho. Esa frontera no es una norma, sino una orilla —móvil, irregular, efímera— que traza sus líneas según culturas, épocas y contextos. En Un perro solo, su primera novela, Melina Knoll hace de ese límite un dispositivo narrativo: aquello que (¿por pudor?, ¿por moral?, ¿por incapacidad de la lengua?, ¿por ética del relato?) no se cuenta es lo que dispara la narración. Algo ya ocurrió y lo que leemos es su efecto como una onda expansiva. Pero en el final hay una retirada: “Lo vio irse a través de la ventanilla imaginando qué pensarían quienes lo vieran pasar. Un perro solo. Alejándose”. Y entonces lo que se narra al comienzo no es sino un retroceso: la reposición de la historia que todo ser vivo parece acarrear. Entre lo que va hacia delante y lo que vuelve hacia atrás, en el encuentro de lo que el narrador sabe y cuenta, y lo que imagina y repone, está el ahora. Knoll construye escenas llenas de presente y en tiempo presente, con una prosa exacta, desnuda de adjetivos y asertiva en el tono. Sin énfasis, constante en el ritmo, de frases cortas centralizadas en los verbos, la trama cruza a tres parejas a través del hilo tenso y amenazante de un perro que expande su animalidad por los huecos y debilidades de quienes lo rodean. El suspenso no ceja nunca y Un perro solo mantiene la tensión hasta el final.

Sin ser un policial, esta versión de la historia (la de ese perro que se aleja, solo, en la última escena) tiene asesinos, víctimas y la exactitud propia del género en el que ninguna palabra, movimiento o personaje carece de necesidad: todo aporta a la precisión del mecanismo. Hay hechos: un hombre acepta el mandato de su amante que le impone esconder a un perro. Hay impulsos: una madre que en el desborde del maquillaje libera sus pasiones. Hay respuestas: un perro acata la orden que se le implanta a base de entrenamiento. En el medio, se despliegan todo tipo de violencias, desde la verbal y cotidiana hasta un intento de violación, mientras el deseo de venganza y el miedo lo inundan todo. Sólo hay un límite y no es la muerte: es la forma que adopta ese crimen que está en la base del relato y que apenas puede aludirse, desplazado, narrando otra escena que lo evoca a modo de simulacro.

En Un perro solo la firmeza de la vida convive con su absoluta fragilidad. Entre lo inamovible (una piscina que se rellena con cemento para clausurar lo que se ensucia y salpica) y lo flojo (relaciones matrimoniales precarias; un banco que cede y hay que corregir a diario; canillas que no ajustan y chorrean sin cesar), hay decisiones que no retroceden: Rhin, el perro, “cumplirá con su destino, como lo viene haciendo. Como Basquet, como ella, como el hermano. Todos cumpliendo con su destino”. Es esta imposibilidad de torcer el rumbo lo que Knoll percibe en cada personaje, aquello que eligen pero también se imponen a sí mismos como arrastrados por una fuerza animal. Una fuerza cuya violencia nos muestra que toda forma de muerte también es cultural.

 

Melina Knoll, Un perro solo, Adriana Hidalgo, 2016, 127 págs.

4 Ago, 2016
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