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El idioma materno

Fabio Morábito

LITERATURA IBEROAMERICANA

Más que con ningún otro libro de Fabio Morábito, El idioma materno dialoga con uno de los primeros, de género indefinido, escritura exacta y mirada original sobre las cosas: Caja de herramientas (1989). Pero si en aquella ya lejana obra la prosa estaba al servicio del martillo, las tijeras o el cuchillo —o viceversa—, en la que nos ocupa Morábito reflexiona sobre el lenguaje, la vocación literaria y el acto de escribir. En aquella colección de prosas, las herramientas eran descritas con tal precisión y hondura que, personificadas, trascendían su condición instrumental para transformarse en algo abstracto, al tiempo que parecían no haber sido nunca tan ellas mismas. En El idioma materno sucede lo mismo, pero en sentido inverso: los conceptos se abordan —porque lo son— como si fueran cosa de todos los días, cercanos. El autor, como todos, mantiene con ellos una relación particular y comparte una historia; en última instancia, los dota de materialidad para restituirles su lado más humano, esto es, su papel de compañeros en la vida cotidiana. De este modo, palabras escandalosamente abstractas como lenguaje o poesía se concretizan, en lo que de ninguna manera resulta una operación metonímica inocente; adquieren la materialidad del cuchillo, que lo mismo corta el pan de todas las mañanas que asesta, en su “derrame involuntario”, la puñalada traicionera.

A través de una serie de textos que pueden ocupar página y media o tener un solo párrafo, Morábito discurre sobre asuntos diversos, siempre en torno al lenguaje y la literatura, y muchas veces combinándolos con el apunte autobiográfico. Son precisamente los episodios de la propia vida los que suelen servir de disparador para escribir sobre asuntos más serios, los que derivan —en este libro enemigo de la solemnidad— en una teoría más cercana a la travesura que a la academia. Porque las hipótesis y conclusiones que se ofrecen —como la que sostiene que se debería aprender a hablar a través de nombres propios y no de sustantivos comunes; o la que asegura que los bebés que aún no aprenden ningún idioma son capaces de pronunciar los sonidos de cualquiera; o la que da por hecho que el último reducto de una lengua a la que el hablante renuncia es el llanto— escandalizarían al lingüista al carecer de sustento científico, pero convencen con rotundidad al lector, gracias a lo seductor del argumento y al hecho de que han sido debidamente demostradas por pasajes de la vida del escritor.

Sin pretenderlo, porque cuesta imaginar a Morábito defendiendo con fervor cualquier causa, estas ocurrencias —en el mejor sentido del término, con toda su agudeza, originalidad e imaginación— nos recuerdan que existen las verdades poéticas, tan desprestigiadas en estos tiempos, y que una de las funciones de la literatura es mostrar de qué otro modo podrían ser las cosas. O mejor aún: de qué modo también lo son.

 

Fabio Morábito, El idioma materno, Sexto Piso, 2014, 178 págs; Gog & Magog, 2014, 176 págs.

 

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