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La poesía y el ensayo son géneros afines desde los inicios. No por aquello del yo (no son y nunca fueron expansiones de un sujeto que se dice a sí mismo), sino por el modo en que ponen en estado de duda el lenguaje y con ello el pensamiento, el sujeto, el objeto. Montaigne es reconocido como el creador del ensayo. Mezcla anécdotas con reflexiones, puntos de vista personales con una extensa erudición, filosofía y vida y lecturas. Y si dice “Yo mismo soy la materia de mi libro” y “Hombre soy, nada humano me es ajeno”, no es porque se complazca en su espesor o insignificancia personales, sino porque ese yo se expande, se disuelve, se confunde, hasta abarcarlo todo. Puede entonces dejarse ir en el ritmo un caballo que galopa, su gata que se acomoda frente al fuego sobre una pila de libros, el paisaje, o comentar ideas, frases, de libros que ha leído. Es este el punto exacto en que lo toma la poeta mexicana Isabel Zapata para exponer, indagar y poetizar esa juntura indefinible entre poesía y vida, que en realidad no tiene otra modalidad que no sea fluida.
El libro es polifónico: los poemas se presentan como emitidos por diferentes personajes. La madre, el padre, la discípula, el autor del título, Pascal, Descartes y hasta un tupinambara (surgido del libro de Montaigne De los caníbales). Es también multiforme, atraviesa modos y géneros: prosa, verso, carta, entrevista, comentario filosófico, entre otros. Los puntos de vista no coinciden: abren modos de leer y cuestionar algunas ideas de Montaigne, y cruzan problemas como el del cuerpo (Montaigne sufrió el “mal de la piedra”, es decir cálculos renales), la soledad, la muerte, el sentido o sinsentido de una vida. Y está sobre todo lo vital, una inclinación, pagana y muy moderna (y en su defensa de la gratuidad, la fragmentariedad, la incerteza, los ensayos son profundamente modernos) hacia cierta intrascendencia: “No aprendo / No comprendo / Nada es más”, y también “Yo enciendo una luz / para no ver”, y “Vuelo, miento, vacilo, me disperso”. E incitan a una consideración del mero presente: “Toma el presente / el resto te es ajeno”, y reconoce la verdad de los originarios de América: “Se alegran de ser libres, de ser muchos, / de ser juntos, revueltos como el verde / en el verde absoluto de la selva”.
Montaigne es el que disfruta el cuerpo y el momento (y las intervenciones del indio caníbal resultan fundamentales en ello), es el que se hace uno con su caballo, el que se instala en su porción de vida, que está hecha también de reflexión y de escritura.
Ceñido por momentos a unos endecasílabos magníficos, con humor y a la vez profundo, el libro hace el perfil de un filósofo y escritor sensible; los poemas, con esa expansión del etcétera del libro, que son los textos, los discursos con su movilidad permanente, y el transcurrir de la existencia, hablan también o, mejor dicho, interpelan un modo de pensar, una posición ante la vida y el mundo, y marcan el ensayo y la poesía como esos márgenes que son un laboratorio de observación. Es la poesía la que se lo permite: en las imágenes, en el ritmo, en su movilidad y cambio, elude las certezas, el biografismo, las ideas fijas, para deshacerse en ese galope, en esos flujos de visiones entre unos y otros, esa imaginación que es la vida misma: “Del mundo, me gustaba su pregunta. / El lenguaje flexible de las cosas”.
Aire fresco también para la poesía: ni erudita ni banal, Zapata inventa su propio espacio intermedio y escribe una poesía que invita al placer de su lectura, de su ritmo, al de la relectura también, porque reúne reflexiones, sensaciones, afectos, y los hace galopar juntos: “Entre orquídeas y pájaros crestados, / esquivando el estruendo de lo vivo, / mi caballo relincha y me susurra: / todos somos presas / y el mundo entero / está de cacería”.
Isabel Zapata, Montaigne, etc., Rosa Iceberg, 2025, 96 págs.
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