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MÚSICA

En 2002 Francisco Lo Vuolo empezó a presentarse en uno que otro de los indecisos espacios de jazz que se abrían en la irritada Buenos Aires de la gran crisis. Era un chico corpulento y pelilargo en zapatillas, efigie de violero de metal; pero tocaba el piano con una autenticidad regocijante que sumaba una perla rara a ese grupo de músicos que estaba logrando que el jazz argentino no sonase a imitación meritoria. A sus veinte años, Lo Vuolo tenía una digitación veloz y dúctil, ataque, archivo musical, swing, brío, también dulzura, una mano derecha inventiva y una mano izquierda capaz de acordes rotundos y clusters fundentes. Lo Vuolo, que había estudiado en Berklee, encarnaba el misterio de la adopción feliz de una lengua ajena. En la literatura hay sobrados casos de cambio de idioma, de Conrad a Morábito, propiciados por el desastre de Babel. De la música se dice que es un lenguaje universal; sin embargo también abarca sintaxis y léxicos diferentes, lenguas naturales e hibridaciones, y hay guitarristas eximios en Tárrega que no pueden rasguear una cueca. El jazz nació como mezcla pero ya es un idioma; cada artista lo usa a su modo, y el chico Lo Vuolo se las arreglaba para negociar con varios usos privados (Teddy Wilson, Bud Powell, Monk, Marc Copland, Craig Taborn) y expresarse con más versatilidad que muchos nativos. De modo que siguió incorporando. Cinco años después sonaba enriquecido pero algo desencajado por la cantidad de posibilidades que le ofrecían cien años de jazz y el embate de una mente curiosa; uno temía que la avidez provocase dislexia. Escuchar esa inestabilidad era interesantísimo pero inquietante, como si Lo Vuolo braceara de más para no ahogarse en una corriente desmedida. Lo que hizo entonces fue tocar en muchos combos, formar un trío con Cristian Bortoli en bajo y Eloy Michelini en batería y grabar un primer CD, Vueltas (2009). Y por fin ahora, cuando uno escucha el segundo, la inquietud se vuelve encanto. Lo Vuolo ya sabe qué zonas de la corriente del jazz lo llevan mejor y se abandona y gana soltura. Un repertorio diverso pero acotado en sus fundamentos, de Cole Porter a Herbie Hancock, le permite cuajar sus dotes rítmicas y melódicas en un estilo. Alguien se preguntará para qué hacer cosas con una lengua ajena si hay tantos que las hacen naturalmente, con nobleza y madurez. Pero si uno piensa en lo que Nabókov dio a la novela en inglés o Martial Solal al jazz, estilos, comprende que Lo Vuolo se está aprestando, no a la insensatez de madurar, sino a explorar sin apremios ni meta lo que su imaginación le propone. Esto se ve ya en este disco. Hay que escuchar el tino y la unción alegre con que el trío entra en nuevos recodos de “Nobody Knows the Trouble I’ve Seen”(“Nadie sabe las que yo he pasado”), uno de esos spirituals que iniciaron un arte grande y profuso. Es soberbio: como si lo hubieran escrito ellos.

 

Francisco Lo Vuolo Trío, Segment, Rivorecords, 2012.

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