El viento es uno solo
En el prólogo de Transatlántico, Witold Gombrowicz dice sobre su novela: “Transatlántico no contiene ningún tema, fuera de la historia que allí se narra. No es sino un relato, un mundo relatado […] que tendrá validez solo a condición de parecer alegre, multicolor, revelador y estimulante […] Cualquier cosa, en fin, que brille y refleje una multitud de significaciones. Transatlántico es un poco de todo”. Dirigida por Alejandro Radawski, artista de origen polaco formado en la Argentina, Circo Transatlántico pareciera inspirada, en parte, por esa descripción. Al igual que en La pelea de la carne, su anterior adaptación en Buenos Aires de una obra del universo Gombrowicz, Radawski encuentra su propia perspectiva y, al mismo tiempo, su propia historia.
Witold Gombrowicz (el personaje, interpretado por Tobias Pereyra Iraola) se encuentra varado en Buenos Aires al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Quizás por los efectos del exilio, Witold parece moverse con una actitud predispuesta al caos, mientras empieza a caminar el Buenos Aires de mitad del siglo XX. La guerra parece movilizar algo en su persona, y en ese estado busca respuestas. En ese caminar se encuentra con una variedad de personajes, tanto de la comunidad polaca como local: la Legación polaca (Luján Bournot y Valeria Marini, en múltiples roles), Tomasz e Ignacy, padre e hijo polacos, y Gonzalo (Luján Bournot), un argentino que intenta forzar una amistad con Witold. Es Gonzalo, un homosexual decadente, quien lleva a Witold a lugares y situaciones de una Buenos Aires extraña, ajena a su comprensión, pero a la vez llamativa y seductora. Es Gonzalo también quien termina comprometido a un duelo con Tomasz por la atención de Ignacy, su objeto de deseo. Witold debe entonces elegir entre ayudar a Tomasz o a Gonzalo, sin entender del todo que en esa decisión se juega algo más que el resultado del duelo. Aun así, su resolución lleva a los personajes a un lugar y a situaciones todavía más extrañas, y a un final que solamente tiene sentido en el contexto específico de la obra.
Dicho esto, Circo Transatlántico no se limita a repetir la trama de la novela de Witold (el autor). Entre las escenas que cuentan la historia, Radawski propone una serie de proclamas de parte de los actores: sobre el arte, sobre la crítica, sobre lo que puede o no decirse, sobre Polonia y la identidad nacional —o, más exactamente, una idea de identidad en general—. Es en estas proclamas donde parece vivir la voz de Witold (el autor), como un fantasma que viene a intervenir su propia historia para poder ser honesto sin ambigüedades. En estas intervenciones, la obra crea una voz ensayística que encuentra un tono, una teatralidad “witoldiana”.
La mayor parte de la carga física de Circo Transatlántico recae sobre los hombros de Pereyra Iraola y Bournot, ya que ambos representan muchos de los personajes. Esta rotación, por momentos particularmente exigente, les permite poner a prueba y demostrar sus capacidades sobre el escenario con notable solvencia. La ayuda de Marini y el público, junto a proyecciones sobre la pared del escenario y los múltiples cambios de los elementos, terminan de dar forma al espectáculo y a la caótica situación mental en que se encuentra el protagonista. La obra hace un uso generoso de los recursos del clown y, de esta manera, le da permiso a la audiencia para dejarse ir y no seguir necesariamente cada paso de lo que sucede en escena.
En su vuelta a Witold en Buenos Aires, Radawski presenta un nuevo aspecto de su trabajo con el autor polaco. Circo Transatlántico viene a repensar temas que incluyen, pero van más allá, de la lealtad a la idea de Patria —en mayúscula y entendida como un padre—. La obra, como la novela, no trata solamente sobre eso, sino que pone en jaque dos propuestas de masculinidad. Por un lado, el sarmatismo polaco, anclado en ideas tradicionales y aristocráticas de masculinidad, llamativo principalmente por representar lo conocido; y por otro, una masculinidad que cuestiona todo, que parodia y desmonta, incluso su propia cualidad de masculina, al mismo tiempo que presenta un nuevo mundo, distinto y sobre todo atractivo.
Esta problematización tan queer del diálogo entre ambas lecturas de la masculinidad las desdobla, y se pregunta una y otra vez, a través de Witold, qué sucede en ese quiebre de lo normativo. Esto, a la vez que complejiza la historia, hace foco en un extrañamiento en relación con el mundo de Witold y el nuevo mundo que encuentra, literalmente, en Buenos Aires. Todo aquello que él denomina extraño y extranjero es justamente lo que viene a movilizar su perspectiva. La obra le quita solemnidad a este choque gracias al uso del clown, pero también gracias a la influencia de Witold (el autor). El sinsentido de querer encontrar respuestas dentro de algo que está hecho de preguntas se vuelve un ejercicio inútil que Witold, al igual que nosotros, no puede dejar de hacer. Y después de todo, ¿por qué no? Al fin y al cabo, el mundo es un circo.
Circo Transatlántico, dramaturgia y dirección de Alejandro Radawski, Teatro El Extranjero, Buenos Aires.
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