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TEATRO

En una gran pantalla se proyectan imágenes de cuatro actrices conectadas online desde Buenos Aires, París, Nueva York y Hamburgo. Se suman otras imágenes que acompañan sus relatos y conforman una especie de patchwork audiovisual. A través de la tela semitraslúcida de la pantalla, se deja ver una banda de música tocando en escena. Distancia procura correr los límites del aquí y ahora del espectáculo teatral y, paralelamente, llevar a escena las experiencias de los vínculos interpersonales de nuestra contemporaneidad virtual.

Así, cuatro mujeres, en cuatro etapas distintas de la relación amorosa, pasarán por múltiples estados de ánimo respecto del amor. Se suceden vertiginosamente palabras tiernas, canciones románticas, poses sexis, sorpresas, fantasías, sueños, planes, fotos, ropa, regalos, recuerdos, despedidas, reproches, amenazas, miradas increpadoras y lágrimas, muchas lágrimas. El ser amado, a kilómetros de distancia y al otro lado de la computadora, con su ausencia y silencio sostiene las performances. También el espectador, destinatario último de todas y cada una de las confidencias amorosas, se ve interpelado por la mirada a cámara de las ciberamantes en acción.

El trabajo actoral, a cargo de Marina Bellati, Marie Piemontese, April Sweeney y Anne Weber, concentrado casi exclusivamente en la expresividad del rostro en primer plano, alternando emoción y atención, agitación y quietud, interactuando a solas con el dispositivo de la cámara, resulta un recurso clave para aproximarse no sólo a los formatos actuales de contacto vía webcam, sino también a la apertura de la escena teatral a los efectos (y afectos) de la imagen audiovisual.

Resulta imposible no pensar en aquella otra mujer que imaginó Jean Cocteau en 1930 para La voz humana, hablando desconsoladamente por teléfono con quien ya no la amaba. Como en aquella pieza teatral, también aquí la forma del monólogo privilegia un discurso que se abandona a la exposición en voz alta de los pensamientos y sentimientos más personales, pero también más teatrales, del amor. No porque el amor sea fingimiento, sino porque es, en gran medida, actuación, puesta en escena del yo enamorado. En El amor es un francotirador, de Lola Arias, Don Juan decía: “Todos conocemos la comedia del amor: no dormir, no comer, llorar en cualquier lado sin razón aparente, correr desnudo por las autopistas, gritar hasta hacer sangrar las encías, prender fuego cartas, ropa, a todo, pasar las horas en la cama sin moverse intoxicado de amor”.

Ha cambiado el régimen tecnológico y con él, el modo en que vemos, sentimos y pensamos nuestro entorno y a nosotros mismos. También lo han hecho las estrategias artísticas que se preguntan por las formas actuales de la comunicación y la estética digital. Aún convocan, sin embargo, las peripecias de la comedia humana y el pathos del amor.

 

Distancia, texto y dirección de Matías Umpierrez, Centro Cultural San Martín, Buenos Aires.

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