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Himalaya

Juan Fiori

TEATRO

Encofrada en una sala tamaño dedal, Himalaya propone un viaje por los picos más altos del arte de la ilusión. La obra de Juan Fiori parece querer darle nueva vida a un sintagma exhausto: “la magia del teatro”. Impacta de entrada la recreación del universo de la montaña: un dispositivo de telas pintadas oficia de cordillera; dispuestas irregularmente, dan sensación de profundidad y alcanzan incluso, con ayuda de un sencillo juego de luces, la autoridad de lo tectónico. El inspirado soundtrack, ejecutado en vivo con un equipo que reúne tecnología de punta con instrumentos rudimentarios, termina de situarnos en una intemperie refrescante. Himalaya es, entre otras cosas, un monumento al triunfo de la imaginación y el esfuerzo, una suerte de testimonio lírico de esa gran capacidad nacional, la de hacer castillos con palitos de helado o transformarse en reina de la noche tras una visita a un todo por dos pesos del Once.

Este triunfo, como es obvio, tiene su reflejo en el enrevesado ascenso del grupo de escaladores. Y es posible que hacer teatro independiente en la Argentina neoneoliberal sea en efecto tan heroico como escalar el Manaslu. Pero no quisiera reducir el valor de esta obra a su fuerza alegórica, que la tiene, ni a su ingenio titánico, indiscutible. Tampoco quisiera extenuarla haciendo una lista de los “temas” que plantea: los males del colonialismo, el machismo tóxico y obsceno de los deportes extremos, la opresión de género, la apropiación superficial de las tradiciones espirituales de Oriente, entre otros. De hecho, esta obra da cuenta del gran momento del teatro argentino independiente como espacio que ha sabido escapar elegantemente de la cárcel de la referencia. Tras ver Himalaya no pude evitar pensar, por contraste, en la triste situación de las obras de arte contemporáneo en los museos, capturadas por un sistema vetusto que las hace hablar de cosas “importantes”, “conceptuales”, “políticas” y que por eso mismo las mantiene amordazadas.

El mejor teatro argentino actual, y en eso Himalaya es sobresaliente, sostiene inclaudicablemente su derecho a imaginar nuevos mundos, a desoír el llamado de la responsabilidad social, comunitaria y política, a entregarse con alegría a la exploración de su propio flash. Y así, cautivados por un elenco de intérpretes que lleva a punto nieve todas las modulaciones del grotesco, experimentamos un ascenso que nos aleja progresivamente de nuestra realidad y sus convenciones. Y sí, en Himalaya los sherpas son explotados por un grupo de aventureros blancos que busca su dosis de peligro en el corazón de la tinieblas a expensas de la naturaleza y de quienes sabían habitarla sin destruirla. Pero ese punto de partida no da pie a una fosilizada crítica poscolonial sino a una exploración juguetona de las formas de emplear el lenguaje que es a la vez enternecedora, graciosa y salvajemente utópica. La obra imagina un habla para los sherpas que es un hallazgo cómico. Y una lengua de las cabras que anuda bestialidad y espíritu. Y dota de un timbre poético las maldiciones de la diosa temible que protege la montaña. Estas lenguas otras activan una fuga lírica que nos pone en trance y revela la clave de la obra: distante de nuestro presente, elevada, nos invita a imaginar de qué otro modo podemos hablar, de qué otra forma podemos vivir, quiénes podemos llegar a ser.

 

Himalaya, dramaturgia y dirección de Juan Fiori, Ladran Sancho, Buenos Aires.

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