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TEATRO

¿Qué harías si te encontraras a tu ex pareja en un cementerio, donde están sólo ustedes dos y el casero? ¿Y si sumamos que no se ven hace diez años? ¿Y que el enterrado es tu hijo? ¿Te quedarías?

Tóxico es una obra atravesada por el tiempo. Pasaron diez años desde que él se fue, desde que la dejó. La muerte de Joaquín generó un dominó de pérdidas. Como dice él (Marcelo Subiotto), son “un hombre y una mujer que perdieron un hijo, después a sí mismos y después el uno al otro”. Y en ese encuentro, ocasionado por la necesidad de trasladar la tumba por un derrame de tóxicos en la zona, vuelven a encontrarse.

Después de un inicio un tanto incómodo, en el que los personajes esperan a que llegue gente que nunca va a llegar, empiezan a despellejar de a poco todo el dolor que sienten. Marcan qué cambió, qué se mantiene igual. La escenografía, una tarima de madera con una mesita y un banco, los deja más al descubierto todavía. La puesta se condensa en los cuerpos, cómo se mueven, qué dicen: no tienen nada más a lo que aferrarse que el uno al otro.

El texto es de Lot Vekemans, dramaturga nacida en los Países Bajos, y está plagado de sutilezas. Los personajes que aparecen en escena son los únicos sin nombre. La pérdida parece haber arrasado sus identidades. De una forma similar a La música, de Marguerite Duras, la relación de ellos pasa más por lo que se elide que por lo que se dice. La dirección de Pablo Di Paolo se asegura de que eso que queda afuera del texto se reviva a través de los cuerpos.

“Tengo la sensación de que tengo la cabeza atestada de cosas que no tengo que olvidar”, dice ella (Mara Bestelli). Vemos dos formas distintas de lidiar con el trauma: ella lo repite, se aferra; él escribe un libro, se casa y busca volver a ser padre. Borrarlo todo y volver a empezar como el imposible que una evita y el otro intenta.

Si hay algo que deja en claro Tóxico, es que la muerte no es protocolar. No hay formas correctas o incorrectas de lidiar con el dolor propio ni con el ajeno. Ella siente patético que él se exhiba de esa forma. Él siente que, en ella, el tiempo no pasó.

En algún momento, empiezan a alinearse. “¿Vos no lo extrañás?”, pregunta ella. Él responde: “me acostumbré a extrañarlo todos los días”. Aparece un recuerdo en el hospital: él la sostiene, mientras ella, con los labios pegados a la cabeza de Joaquín, le canta. “Muy extraño cómo terminás deseando que alguien se muera”, dice él, verbalizando una sensación tan horrible como humana.

Ya para el final, acompañarse, verse cada tanto, empieza a ser un futuro posible. Ambos quieren volver a ser felices. Lo único que les da esa garantía es un abrazo.

Tóxico es de esas obras por las que me gusta ir al teatro. Las que te dejan un agujero en el pecho y a la vez te pegan a la silla. De esas en las que los actores dejan su cuerpo entero en la escena, manejan el ritmo para que de a ratos gatille y en otros no pase más. Donde el texto fluye solo, interpela, da vértigo, desgarra, te deja llorando entre las butacas. Un teatro que busca decir algo que va mucho más allá de lo que las palabras pueden.

 

Tóxico, de Lot Vekemans, traducción de Ronald Brouwer, dirección de Pablo Di Paolo, Teatro El Extranjero, Buenos Aires.

17 Mar, 2022
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