El imperio de la normalidad

Hace siglos que la filosofía se pregunta por la realidad, por el objeto, y da vueltas a la idea de que no hay objeto sino a través de nuestra percepción, aunque la percepción sea de un objeto. Y a la vez se pregunta por el modo en que la percepción construye un objeto, lo imagina, le da forma.
No hace falta referirse a los ojos de las moscas, el oído de otros animales. Y al mismo tiempo, la ilusión del objeto es lo que, como la materialidad más brutal, explota todo el tiempo, y aquí casi no parece haber diferencia, el capitalismo de los objetos relucientes, y la política que hace del líder mediático ese objeto reluciente. Como si nadie quisiera preguntarse por ese lado oscuro del objeto, o por la inexistencia del objeto.
Porque se ha dicho también que el ser humano nunca sale del todo de su propia alucinación: del objeto como ilusión, placer, ideal, pero también del objeto como peligro, amenaza, persecución de un yo siempre demasiado inflado.
A veces se extraña entonces el bostezo de una perra, su forma de apoyar la cabeza sobre las patas delanteras y, simplemente, echarse a dormir, como se puede extrañar el sonido de las piedras chocando entre sí o con la superficie del agua. Ahí donde la ausencia de lenguaje hace un pequeño paraíso que se podría proponer como real, o donde la percepción se ausenta del lenguaje para permanecer en el umbral de la conexión del cuerpo con otro cuerpo.
Pero en este mundo nuestro demasiado humano hay un realismo de la percepción, como si lo que se cree fuera real. O como si lo que se percibe, y el modo en que se percibe, estuvieran decididamente ahí y pudieran darme la razón: “esto es lo que me pasa, esto es el mundo”, sin mediación. Fundación de lo real bajo la forma de una equivalencia (un paralelismo sintáctico) que no es sino un equívoco, equívoco imaginario que impide el más mínimo lazo social, foco de discordia en el que el lenguaje es todo lo contrario de una forma de comunicación. “Lennon dormía / drogado dentro de su bunker / creyó escuchar / el trino de un pájaro negro o / un elefante / al que supuso pájaro”.
El poemario de Reches explora este punto, se abre entre el dolor y la risa, escarba el momento exacerbado de la disfunción, de la controversia, cuando el lenguaje es usado para desviar, separar, rechazar.
Entonces dice y se desdice, juega con asociaciones fónicas, con la falsa conciencia, y da una vuelta, se muerde la cola, para que no se sepa nada de este sujeto más que un discurso que gira en locuela: el realismo de la percepción es lo que nubla cualquier referente, cualquier razón, y se enreda en el lenguaje. Los versos salen unos de otros, mutan de estilos, desde el lirismo a la banalidad, con el juego del lenguaje que por su absurdo material lleva a la irrisión, como si en el fondo nada pudiera ser dicho, nada pudiera ser sentido, sin que se desvanezca al punto, como una pantalla en pausa o que se borra: “La deriva siempre necesita / un punto al que traicionar / pero qué con la deriva / que te lleva adonde ibas”.
Pero del desborde expresivo hace verso, busca la precisión de la sinrazón en el lenguaje, en la vida, y por ese borde el discurso de transforma en poesía, y transforma lo que nombra o lo que toca. Porque no se quema en lo banal: por esa vuelta la poesía se burla de su misma materia, por esa vuelta la pone a circular, renovada.
Gabriel Reches, El realismo de la percepción, Salta el Pez, 2025, 68 págs.
Mediante una señal indefinida, una entidad convoca a las cuatro jóvenes protagonistas de Las visiones venenosas a compartir una casa-quinta dentro de un parque donde hay otras...
La ciencia ficción es de por sí el género que propone el cruce. Estoy refiriéndome al que realiza entre ciencia y arte, esferas que se contraponen y...
Hasta ahora Romina Paula había escrito tres novelas (¿Vos me querés a mí?, Agosto y Acá todavía) en las que la protagonista era una mujer (en sus...
Send this to friend