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El sueño de la hija de un dueño

Mariana Ponce

ARTE

La historia vinculada a los ingenios, la Historia vinculada a los Ingenios, es reumática, como patología y constitución de la provincia de Tucumán. También tiende lazos a otros países, en imagen compartida de una Latinoamérica agroindustrial. La apertura de los ingenios, el dramático cierre de once de ellos en 1966, los ingenios que todavía existen, fundamentales en la economía provincial.

Mariana Ponce se interesa por Santa Ana, que supo ser el ingenio más grande de Sudamérica y que hoy, en la localidad homónima situada en el departamento de Río Chico, en el sur tucumano, está en ruinas. Santa Ana también es el nombre de un parque cercano, que el fundador y dueño del ingenio, Clodomiro Hileret, hizo construir para su hija, María Luisa Hileret, luego de que ella soñara con un jardín. Edénica y onírica, en un tono inquietante, Ponce despliega una serie de obras, videoperformances, esculturas, algunas imágenes de archivo de María Luisa aprendiendo a andar en auto, en las salas de Dicha, espacio de artistas en San Miguel de Tucumán, con el acompañamiento curatorial de Diego Gelatti. 

En el texto curatorial, Gelatti dice: “El afecto no se puede ver, pero sí se puede sentir de manera muy definida, porque nuestra percepción sensorial y actividades expresivas y emocionales nos constituyen”. También se refiere a la novela de ciencia ficción Aniquilación, de Jeff VanderMeer, fantasía oscura o extraña, como la de Ponce, que recorre el parque hecho para María Luisa, la glorieta, los árboles y el lago, secos. 

Algunas secuencias de la videoperformance van en reversa, las divisiones entre tiempo y espacio no son tan claras; entrelazadas, como en la teoría cuántica, partículas que una vez conectadas permanecen vinculadas sin importar la distancia entre ellas. Incierta, superpuesta entre la historia y el presente como los pliegues de la cortina en la que se proyecta, la performance expresa el sueño que tuvo María Luisa, el jardín con el que podría soñar hoy.

En otra sala, dos pequeñas esculturas, una figura con amplio vestido y un caricaturesco perro infantil, están iluminadas en pedestales introducidos en cajas plateadas. Figuras irónicas. A la del vestido le falta la cabeza. Frente a ellas, en una espiral que se lee de afuera hacia adentro, María Luisa aprende a andar en auto. En el centro de la espiral, el auto se va por un camino blanco y negro. En el paseo de Palermo sorprendemos a la simpática niñita María Luisa Hileret dedicada a gozar del encanto de un sol de primavera en pleno invierno.

Hay una fascinación en la mirada de la artista, en la decisión del recorrido por el parque entrañable, en su uso etimológico de Santa Ana, de la familia Hileret, de los ingenios en Tucumán; también del sueño y el jardín perdido del Edén. 

La obra de Ponce es así una mezcla de terror onírico, imaginaciones fallidas, la densa historia provincial, la decadencia de un parque soñado, un imperio en ruinas, el esplendor marchito, el Perro Familiar que, a cambio de prosperidad para el ingenio, se llevaba a algunos de sus trabajadores como ofrenda. Y aunque la opulencia requirió muchas ofrendas, la prosperidad familiar se apagó.

La investigación para El sueño de la hija de un dueño —la búsqueda en el archivo, las historias y los relatos que crearon la fantasía— empezó más de un año antes. La fascinación se transmite al observador como intuición con gestos hipnóticos. 

 

Mariana Ponce, El sueño de la hija de un dueño, acompañamiento curatorial de Diego Gelatti, Dicha, San Miguel de Tucumán, agosto-septiembre de 2025.

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