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Quizás porque hacer una película, por pequeña que sea, es siempre una proeza de voluntad y persistencia y requiere a menudo algo rayano en la obsesión, la historia del cine está llena de proyectos monumentales. Algunos, por los esfuerzos que requieren en la reconstrucción de una época o de un mundo de fantasía, como El señor de los anillos (Peter Jackson, 2001-2003) o Avatar (James Cameron, 2009). Otros, porque asumen desafíos técnicos o de rodaje que consumen un presupuesto descomunal, que nunca recuperan, como Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979) o Fitzcarraldo (Werner Herzog, 1982). Otros más, porque exceden en recursos y ambición la industria de que forman parte, como Zama (Lucrecia Martel, 2017). Su escala monumental a menudo los vuelve proyectos inconclusos: Que viva México (Sergei Eisenstein), Dune (Alejandro Jodorowsky) o la larga lista de filmes inacabados de Orson Welles. Pero llevados o no a buen puerto, la épica del filme desmesurado que consume a sus creadores, arruina a productores y hasta derrumba estudios ha alimentado desde siempre la fantasía autocomplaciente del cine como empresa heroica, o como sacrificio.
A Richard Linklater (Houston, 1960) lo atraen los proyectos monumentales de otro tipo. Con presupuestos a la medida de las producciones independientes del cine estadounidense, pero comparativamente modestos, sin retos de puesta en escena o tecnología comparables a los de la ciencia ficción y sin locaciones exóticas, su monumentalidad descansa en el programático planeamiento a larguísimo plazo, en cómo eligen inscribirse en el tiempo y volverlo materia de la propia película. Entre 1995 y 2013, Linklater desarrolló su trilogía “Antes de…” (Before Sunrise, Before Sunset, Before Midnight), en la que cuenta el romance de Céline (Julie Delpy) y Jesse (Ethan Hawke) desde su encuentro casual en un tren europeo a los veintitantos años hasta su vida madura como padres. Así fuimos testigos —en intervalos de nueve años en los que seguimos el estreno de cada entrega o en una tarde de binge-watching una vez completada la trilogía— tanto de la maduración de los personajes como del envejecimiento de los actores. De modo similar, después de doce años de rodaje, pudimos ver a Mason (Ellar Coltrane) pasar, sin trucos de CGI ni maquillaje ni cambios de elenco, de los ocho a los veinte años en los apenas ciento sesenta y cinco minutos de Boyhood (2014). Graciela Speranza dijo entonces: “Nunca vimos algo igual”. Y ahora Linklater ha anunciado un juego con el tiempo todavía más ambicioso: ha comenzado a rodar una versión de Merrily We Roll Along, musical de Stephen Sondheim de 1981 que cuenta la vida de tres amigos a lo largo de veinte años, solo que —al modo de, por ejemplo, Irreversible (Gaspar Noé, 2002) o “Viaje a la semilla” de Alejo Carpentier— lo hace en orden cronológico invertido. ¿Qué libreto podría estar hecho más a la medida de las inquietudes de Linklater? ¿Y cómo podría él complicar todavía más el ejercicio? Según ha trascendido: filmando la historia en orden durante veinte años, y luego contándola al revés —usando primero las tomas más recientes (que todavía no existen, que dirigirá cuando tenga más de ochenta años) y luego las más antiguas, que ya ha hecho, en nuestro presente de hoy—. Es un proyecto estimulante, arriesgado, quizás caprichoso en su desaire a las muy desarrolladas y eficientes técnicas para producir la ilusión del paso del tiempo tan a mano hoy en día, pero en su empeño realista, en su cultivo de la paciencia, promete obligarnos a confrontar, dentro de veinte años, el paso del tiempo en nuestros propios cuerpos.
En 2025, su reflexión ha sido diferente, aunque tampoco desligada de profundas implicaciones temporales. Este año han coincidido en la cartelera de Estados Unidos y en la programación de algunos festivales dos estrenos de Linklater. Se trata de Nouvelle Vague, versión ficcional del rodaje de Sin aliento (À bout de souffle, Jean-Luc Godard, 1960), que está ya disponible en el catálogo de Netflix en algunos países, y Blue Moon, versión ficcional de la fiesta posterior al estreno de Oklahoma!, musical de Rodgers y Hammerstein de 1943. Ambas son, por tanto, películas de época, que reconstruyen visualmente otro tiempo, otras modas, otros usos —algo infrecuente en la filmografía de Linklater, que ha tendido más bien a contar su presente—. Abundan también en gestos antojadizos —Nouvelle Vague remeda en su fotografía blanco y negro el aspecto visual de las películas del movimiento y está en francés (lengua que Linklater no habla); Blue Moon pone a Ethan Hawke a interpretar un personaje treinta centímetros más bajo—. Si bien el director aclara que su lanzamiento conjunto es casual —“No lo planeamos así. Simplemente se dio”, explica—, Nouvelle Vague y Blue Moon convocan a ser pensadas como una suerte de díptico sobre el acto de creación, sobre la figura del creador y sobre su conciencia del tiempo.
Nouvelle Vague toma la forma de un “detrás de cámara” ficcional de los veinte días de rodaje de Sin aliento: desde que Godard cierra el trato con el productor hasta la exhibición en privado para el grupo más íntimo de Cahiers du Cinema. La evidente admiración con que Linklater imagina este proceso se encubre con un tono burlón que juega con la expectativa (que sabemos falsa) de que el experimento de Godard no vaya a funcionar, con la simulación de que no estuviéramos acompañando la gestación de una de las películas más influyentes de la historia del cine. Este tono y los otros caprichos de la película conjugan bien con su objeto. Si Godard desecha en un momento las alarmas de su continuista con un: “seguir las reglas no me va a llevar adonde quiero llegar”, Linklater pareciera estar diciendo: “la mejor forma de retratar a un genio caprichoso es con una película caprichosa”. En una de las primeras secuencias de la película, Godard (Guillaume Marbeck) le confiesa a Suzanne Schiffman (Jodie Ruth-Forest) su angustia por ser el único de los “cahieristas” que no ha dado aún el salto a la dirección. “Es demasiado tarde”, se queja. Y hace el recuento: “Rivette, sí. Rohmer, sí. Chabrol, dos veces sí. Truffaut, sí. Rohmer hasta ha escrito una novela. Y Truffaut tiene un año menos que yo. Pero Godard, no”. Este es el punto en que se sugiere la operación temporal de Linklater: contar a Godard antes de Sin aliento, antes de que sea un artista, antes de que se lance a realizar una obra que le va a tomar los siguientes sesenta años.
Blue Moon ofrece un contraste provocador a esta premisa. Ambientada en el famoso restaurante Sardi’s, a pasos de Times Square y favorito de la farándula de Broadway, gira íntegramente en torno a Lorenz Hart (Ethan Hawke), responsable, junto con Richard Rogers, de las más celebradas comedias musicales hasta ese momento, y autor de letras clásicas como “The Lady is a Tramp”, “My Funny Valentine” y la titular “Blue Moon” —que tan bien expresa el tono de la película, es la que todos identifican y saben de memoria, y la que Hart desprecia como “la peor canción que he escrito”—. Es la noche del 31 de marzo de 1943 y se ha estrenado Oklahoma!, musical que se convertiría en uno de los más exitosos de la historia y primera colaboración de Richard Rogers con su nuevo letrista: Oscar Hammerstein. Se trata del nacimiento de la dupla más productiva y triunfante de Broadway, pero el foco está puesto en Hart, un personaje encantador, locuaz, el alma de la fiesta y ahora también, a su pesar y de repente, la figuración de lo viejo, lo pasado de moda, el artista que se ve empujado a un costado. Hart moriría a los pocos meses, como se narra al comienzo de la película. Fuera de esa secuencia, Blue Moon cuenta en tiempo real este afterparty, y en su profunda unidad de tiempo y lugar, tiene algo de dramático. El guion, adaptado de la correspondencia entre Hart y su amor platónico (Margaret Qualley), es un despliegue dialógico de ingenio y salidas ocurrentes, el famoso witticism anglosajón. Como con Godard, se advierte aquí la admiración de Linklater por Hart, pero también el impulso hacia su reivindicación, hacia el rescate de la marca “Rogers & Hart” que precedió a “Rogers & Hammerstein”.
Si Nouvelle Vague reconstruye el pasado en función del futuro y casi coquetea con la forma de la “historia de origen” de un superhéroe, Blue Moon lo hace con el espíritu de nostalgia por un mundo perdido propio de otros géneros, como el western o la gauchesca. Las películas establecen entre sí un muy productivo diálogo que responde, poéticamente, a la poética misma de Linklater, preocupado siempre por los efectos del tiempo, pero aquí también por la identidad y el destino de los artistas, que un día son promesa de futuro y otro día, lastre del pasado.
Nouvelle Vague (Francia / Estados Unidos, 2025), guion de Holly Gent, Vincent Palmo, Michèle Pétin y Laetitia Masson, dirección de Richard Linklater, 106 minutos; Blue Moon (Estados Unidos, 2025), guion de Robert Kaplow, dirección de Richard Linklater, 100 minutos.
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