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El Nobel a Bad Bunny

DISCUSIÓN

Se ha escrito demasiado sobre Bad Bunny después de un Super Bowl ecumenizado. El canto vindicativo en castellano, entre perreo y cuerpos hiper super sexys, ha generado revuelo a diestra y siniestra. ¿Se puede dar una vuelta más al tema? Desde ya, con una prevención: no hablamos sobre música sino sobre aquello propio de la música que facilita la conversación social. Sí, lo he escuchado para tratar de acercarme al acontecimiento cultural que hizo cimbrar al imperio por un ratito. 

La voz nasal y el carraspeo de Bob Dylan fueron primero disculpados y después queridos porque es un autor supremo y esencial de la modernidad. Algo parecido podría decirse sobre Leonard Cohen. Bad Bunny no posee esos atributos literarios, apenas comparte la nasalidad. Tiene, no obstante, otros rasgos que lo distinguen sin apelar a la distinción. Al amparo de su estatura de referencia global, no desaprovecha la posibilidad de introducir palabras y gestos que otros colegas comprometidos retacean en las celebraciones de la industria y otras amenidades. Su repudio al ICE en la entrega de los Grammy ha sido de un enorme coraje cívico. Simpatizamos con el ciudadano Bunny, nacido en la pobre Bayamón, pero ¿qué hacemos con el reggaetonero?  

Dice otro isleño, el escritor cubano Enrique Del Risco: “Como los pintores abstractos, Bad Bunny ofrece la impresión falsa, pero inderrotable, de que cualquiera puede ser artista”. Gracias al boricua, señaló en Hypermedia, “nunca ha sido tan fácil ejercer el arte de la hermenéutica”. Con él, “los significados no vienen a granel sino empaquetados y listos para llevar”. En el falso cañaveral erigido en el Levi’s Stadium se ha hecho “la zafra de los símbolos”. Porque, “a falta de voz o de música” el autor de NUEVAYoL” nunca ha sido mezquino a la hora de derrocharlos. 

Símbolos y cifras. El último número del presente año, 2026, me llama a una digresión acaso arbitraria. Espero sea productiva. Hace cuatrocientos sesenta años, en 1566, falleció fray Bartolomé de las Casas, defensor de los derechos de los indígenas y, en sus últimos días, de los esclavos africanos traídos al Caribe por los barcos negreros de la civilización. El dominico fue el enemigo público número uno de los conquistadores y los funcionarios reales, de la Inquisición, los cronistas e historiadores oficiales. En su Historia de las Indias y la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, Las Casas intenta escuchar a los pueblos originarios y sometidos que se expresan a través de lo que llamaban areítos. “Bailaban en rueda, cantando todos juntos, guiados por uno que comenzaba y los demás respondían”. Y así narraban viejas victorias, recordaban ancestros, expresaban una cosmogonía y buscaban mantener una mínima cohesión social. “Uno los guiaba, y todos respondían cantando lo que aquel decía”. Con esos cantares “conservaban la memoria de sus antigüedades”. 

El fraile constituyó una de las fuentes de los discursos independentistas y los teólogos de la liberación. La música que despertaba su curiosidad devino tesoro. Claro: parece que no tenemos ya a Las Casas en la esfera pública pero sí otro símbolo: la casita que Bad Bunny monta en cada presentación de “DtMF”. También lo hizo el domingo de la controversia. La réplica de una vivienda del campo puertorriqueño es presentada como una suerte de arquitectura de la identidad. Benito Antonio Martínez Ocasio se interna allí para las versiones acústicas. Puede alojar a unas sesenta personas que lo acompañan en cada show. Ir entonces de Las Casas a la casita, de una totalidad al diminutivo como consuelo y del areíto caribeño a un ancestro lejano e híbrido de esas canciones originarias en las que uno oficiaba de guía y otros “respondían cantando lo que aquel decía”, supone algo más que describir una parábola político-cultural. Alguien que no entona bien y tampoco es un iluminado de la composición nos acicatea e invita a que, mientras lo diseccionamos, también nos ocupemos de este tiempo oscurísimo.  

“Si hoy estoy aquí es porque nunca dejé de creer en mí. Tú también deberías creer en ti, vales mucho más de lo que piensas”, dijo Bad Bunny al presentarse. El elogio de la resiliencia que siempre despunta en un ídolo popular: Palito “el changuito cañero” Ortega fue uno de sus cultores. El éxito siempre ha sido hijo del empecinamiento del self made singer. Ocasio nunca quiso ser, como su compatriota Andy Montañez, un salsero de izquierdas. Pero al haber latinizado el Super Bowl en un momento en que campea el delirio de la supremacía WASP y el “destino manifiesto”, aunque nunca sepamos bien qué resume lo latino, provocó dislocamiento y simpatías. “Juntos somos América”, dijo, y ese acto de presencia se completó con la enumeración de los países que la integran. El mismo modelo del "Himno de las Américas" que el argentino Rodolfo Sciammarella había compuesto en 1931 a pedido de una dictadura para que se cante en las escuelas primarias. Bad Bunny nos alerta sin embargo sobre el carácter contingente de los actos: aquello que podría ser una inane inercia escolar se ha transformado, noventa y cinco años después, en un acto afirmativo. Shakira, la que factura, también lo hace en sus conciertos: nombrar. Y nada más. O quizá es mucho en este ahora sin antes ni después. Qué lejos estamos de “Soy loco por ti, América”, de Caetano (“Aún más apasionado / en los brazos de la campesina / Guerrillera, maniquí, ay de mí / En los brazos de quien me quiera”). 

Se ha señalado: Ocasio se rodea de mujeres pulposas y arquetípicas. Y entre esos cuerpos, música y política. Signos que han sido también parte de una retórica estatal. El desmoronamiento del castrismo real sucedió hace décadas cuando las publicidades turísticas incorporaron a la mulata ligera de ropas: el club social de la buena vista. Michel Houellebecq lo describió con agudeza en Plataforma, su novela de 2001 sobre el turismo sexual que llega a Puerto Rico y República Dominicana. Lo aberrante estaba en la casita, pero no afectó mayormente las aprobaciones simbólicas. Julio César Guanche, un refinado intelectual cubano que debió marchar al exilio y se ha emocionado con lo ocurrido en el Super Bowl, aporta una mirada distinta. Sugiere que Bad Bunny combate el estereotipo con más estereotipo, de la misma manera que lo hizo el teatro chicano de los sesenta: la exageración buscaba exhibir el artificio. Me cuesta aceptar ese razonamiento. El historial letrístico del puertorriqueño no parece validarlo. 

El boricua supone no obstante un desafío interpretativo, y como no es un personaje de un solo trazo, permite que cada cual tenga su versión. Está Bad el procaz, como todo cultor del reggaetón. “Dale mami que te voy a dar fuerte”, se permite señalar en su concierto ante la audiencia blanca y poscolonial de Tiny Desk. “La noche se puso kinki, tres dedos en el toto, en el culo el pinky”, canta en “Baticano”. En “Veldá” reivindica mirar un “culito en internet”. El trasero es un tópico. “Ese culo es natural”, escuchamos en “Dákiti”. Las “nalgas”, “booty”, “ass”, “pompis” y otros sinónimos aparecen en “La santa”, “Callaíta”, “Moscow Mule” y “Bichiyal”. También en “Safaera”, donde canta: “tú tiene’ un culo cabrón”. Esa mujer es “más puta que Betty Boop”. El video muestra a un niño que escucha con auriculares. El repertorio es inagotable porque constituye una convención del género difícil de pasar por alto. No sería posible el reggaetón sin la toxicidad masculina en su máxima expresión, la aparición de coches de lujo y otros símbolos de virilidad mezclados con droga. “Tal ve’ mi música no sea sana. Pero yo no me inventé el sexo ni la marihuana”, se defiende en la citada “Baticano”. 

Pero entonces apareció Donald Trump, la voz de la indignada restauración. “Esto”, dijo el multimillonario sobre Bad Bunny, “no tiene sentido” porque “nadie entiende ni una palabra de lo que dice este tipo”. El danzarín de Village People al tomar posesión calificó de “repugnante” el baile, “especialmente para los niños pequeños”. Agustín Laje no quiso ser menos en X. El intelectual más orgánico de Javier Milei consideró que se podría aprender mucho para beneficio de la causa. “No hay mayor triunfo para la derecha que observar cómo Bad Bunny (un producto absolutamente capitalista) se convierte en un ícono de izquierda. No es exageración: creen que la revolución se hace moviendo el culo”. Y añadió: “En el siglo XIX y la primera mitad del XX, la izquierda se componía de obreros y campesinos. A partir de la década de 1960, estos fueron reemplazados paulatinamente por intelectuales y estudiantes. En los 2000, la izquierda se llenó de travestis, mujeres feas resentidas y solteronas, inmigrantes ilegales y dementes de todo pelaje. Ahora, Bad Bunny llega para darles el golpe final: ¡a consumir la revolución de la nada! ¡A mover el culo! Suerte con eso. Están totalmente acabados”. Nunca podríamos aceptar a los inaceptables, así que hay que ir más allá de sus reacciones. No pueden ser las nuestras.  

Pero antes de avanzar, visitemos al otro Bad Bunny que irrita a la ultraderecha con sus espasmos de conciencia social y cuando se viste con faldas o con otro tipo de prendas asociadas al género femenino, aquel que se pinta las uñas, defiende los derechos de las personas LGBT y denuncia en pleno prime time estadounidense el asesinato de una mujer trans. Ahí está “El Apagón”, el popular tema sobre un Puerto Rico que “está bien cabrón”, donde, a pesar de todo, la voz que canta yo no quiere irse. “Que se vayan ellos”, los que se benefician con la gentrificación y compran tierras a precio de baratija. Siete años atrás se había juntado con un Residente de oropeles progres para grabar “Afilando los cuchillos”. Fue un corte creado al calor de las protestas que llevaron a la renuncia del gobernador de la isla. “Ricardo Rosselló es un incompetente. Homofóbico, embustero, delincuente. A ti nadie te quiere, ni tu propia gente”. Qué decir de “Lo que le pasó a Hawaii”, interpretada por Ricky Martin en el Super Bowl. Nadie quiere irse, pero deben hacerlo. Así y todo, no hay que olvidarse de la bandera (la independentista) ni del lelolai, el giro característico de la música popular puertorriqueña. “DtMF” es, quizá, el caso más extraordinario de deriva y apropiación. Martínez Ocasio la escribió con la emoción puesta en la desgracia migrante del “Estado libre asociado” a Estados Unidos. La letra es engañosa. ¿Le habla a una novia o el amor es la misma isla que se deja atrás? Una ambigüedad propia de Silvio Rodríguez cuando en su trova se confundían como en un palimpsesto el amor a la revolución y a una mujer (de ese amor no queda nada). “Debí tirar más fotos de cuando te tuve”. La red y los traductores automáticos han permitido que “DtMF” fuera adoptada como música del consuelo y la memoria por oyentes en Gaza y el Líbano. “Es realmente hermoso ver a tanta gente de Latinoamérica conectando con esa canción, gente de Palestina conectando con esa canción”, dijo su autor a Billboard Arabia. A millones de venezolanos, colombianos y cubanos les sucedió algo similar. Canción diaspórica. Someterla a cuestiones de gusto es impropio. A millones les dice algo. Nos encontramos por lo tanto ante una suerte de ecología Bunny asimétrica y contradictoria que no solo es textual sino también sonora (se vuelve más tolerable y hasta ameno cuando, rodeado de notables instrumentistas, virtuosos del piano, los tambores y el tres, se inclina hacia los géneros tradicionales y prescinde del sintetizador y el estilo auto tune del canto). La moneda de dos caras es siempre un dólar.  

Dijimos: no es Montañez. Tampoco Héctor Lavoe, figura de la música popular boricua que también, en los setenta, llamaba a los que habían emigrado a no olvidar sus orígenes. “Vengo de la tierra de la dulzura”. Y al migrar, iban a “repartir ricura, la sabrosura rica y sandunguera que Puerto Rico puede dar”. Y su lo le lo lai se completaba con lo siguiente: “salsa, sabor y control”. Ángel G. Quintero tomó nota de ello y tituló de esa manera un extenso ensayo sobre las relaciones entre la sociedad y sus expresiones sonoras, escrito desde Puerto Rico. Su libro buscó responder a la pregunta sobre “las contribuciones del Caribe a la alegría en el mundo”. ¿Es aplicable a Ocasio? En esa parte del globo donde se hunde el barco que tematiza La tempestad de Shakespeare —acaso su drama más musical, gracia mediante de Ariel y los prodigios de la isla—, algo se antepuso al verbo: el tambor, el ritmo y el movimiento. Lo intuyó Las Casas, lo sugiere Antonio Benítez Rojo en su enorme libro sobre el Caribe, La isla que se repite (1989). La mejor expresión de lo caribeño es “exhibicionista, densa, excesiva y transgresora”, y se sostiene en la pista a través de la variedad de parches y la complejidad de los ritmos, “la agresividad sexual de los bailes, el carácter antifonal de los cantos, la participación de blancos y negros de distintas clases sociales, y la naturaleza pública y colectiva de dichas expresiones”. Una geografía musical por excelencia. La Cuba moderna no surge en 1902, sino de la unión territorial de dos décadas más tarde a partir del son propagado por las radios y las victrolas. Sabor y control, cuando el son y su progenie no era aún salsa. Lo que vale para La Habana se aplica a la isla boricua, y por eso saltamos de una a otra. 

El cine norteamericano de los cuarenta hace bailar el mambo a Marlon Brando. Es el blanco que se rinde al efecto órfico. Brigitte Bardot hace algo similar con el chachachá en Y Dios creó a la mujer, la película de Roger Vadim de 1956. La blonda BB tampoco puede resistir el encanto de la síncopa (que el tráfico de iniciales nos lleve hoy a un BB insular es una arista a explorar, pero no acá). Lo exótico tuvo siempre su contracanto vindicativo, de Nicolás Guillén y Fernando Ortiz al martiniqueño Aimé Césaire. Dice Benítez Rojo: en los años sesenta, en pleno proceso de descolonización mundial y con la Revolución Cubana como faro, “fue lugar común definir la cultura caribeña en términos de oposiciones binarias tales como cultura dominante/cultura dominada, cultura popular/cultura elitista, cultura del colonizador/cultura del colonizado, cultura soberana/cultura dependiente, cultura imperialista/cultura socialista”. La gran figura de esta época es Frantz Fanon. Esos esquemas quedaron sepultados. Y, esto no deja de ser curioso, invitan a ser problematizados a partir del paso de Bad Bunny por el Super Bowl. Allí también recuperó la mencionada topografía del cañaveral, nada menos que el complejo histórico y cultural de la plantación, que ya Las Casas advertía como nefasta por su matriz esclavista y explotadora. Jean-Paul Sartre la imaginó superada en Huracán sobre el azúcar, el registro de su visita a La Habana en 1960. Pasaron sesenta y seis años, desfilan islas delante de nuestros ojos (isla del perreo, isla de Epstein, una isla asediada por el cerco petrolero y otra futura isla de millonarios como Ivanka Trump, Tom Brady, Gisele Bündchen, Mark Zuckerberg y Jeff Bezos). Las imágenes y símbolos trepidan. Mientras casi todo tiembla o se cae, menos el boricua. A estas alturas, hasta le podrían dar el Nobel de la Paz. Antes de que el comité de notables lo someta eventualmente a discusión sin dejar de marcar el pulso con los pies, y como consecuencia de lo ocurrido en el Super Bowl, sus reproducciones en la plataforma Spotify, esa máquina de extractivismo conductual y vigilancia, se incrementaron un cuatrocientos setenta por ciento en Estados Unidos y un doscientos diez por ciento en todo el planeta. “Porque pasan los año’ y sigo dando palo’ / Vendiеndo disco’ como cuadro’ Frida Kahlo”, canta él.  

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