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Ryan Coogler se dio a conocer con Fruitvale Station (2013), un film independiente que narraba las últimas veinticuatro horas de Oscar Grant, un joven afroestadounidense asesinado arbitrariamente por un policía en una estación del metro de Oakland. El episodio anticipaba casos como el de George Floyd. Desde entonces, Coogler se ha posicionado como heredero de cineastas como John Singleton, Spike Lee y Mario Van Peebles, autores que hacen dialogar la tradición del Black American Cinema con Hollywood. En cada una de sus películas ha logrado alcanzar a un público masivo sin resignar su autoridad cultural, y convertirse en el cineasta afroestadounidense más taquillero de la historia.
En Black Panther (2018) encaraba la segregación racial mediante una mezcla de mitología afrofuturista y de superhéroes. La película representaba una arcadia negra (Wakanda), un paraíso perdido y reencontrado en el que los afroestadounidenses podían rastrear un pasado noble. Pecadores toma algo de eso y lo lleva en otra dirección. Es, en principio, una película de vampiros en el traje de una de gánsteres, realizada bajo un estilo gótico sureño/tropical. Pero es, antes que nada, una película sobre el espíritu de la música negra, cuyas implicaciones estéticas tienen ecos nietzcheanos. Coogler ve en el blues una fuerza trascendental con poder emancipatorio. El blues proviene de un pasado previo a la lengua que hoy hablan los negros, lengua del opresor. Es una fuerza que, aunque tenga raíces ancestrales, mira hacia el mundo por venir y no hacia un regreso a la tierra originaria.
La película sigue a dos hermanos gemelos, Smoke y Stack (Michael B. Jordan), que regresan al delta del Mississippi de 1932 para abrir una cantina exclusivamente afroestadounidense con dinero obtenido trabajando para Al Capone. Casi la mitad del metraje se concentra en la preparación de la fiesta de apertura: conseguir el alcohol, elegir a los músicos, pintar el cartel, convocar a los amigos. El recorrido revela las violencias que sostienen ese mundo. Los trabajadores negros reciben una moneda de segundo orden, el dinero de los gemelos compra porque está respaldado por armas, la violencia del KKK permanece latente y la segregación está en todos lados.
Todo este itinerario es la forma en que la película vierte el género en una práctica ritual. Cualquiera que haya organizado una fiesta reconoce ahí un gesto de generosidad: buscar lo mejor para los propios, pensar el placer de los otros, construir un espacio donde la música, la comida y el baile sean el lenguaje común. Al mismo tiempo, es el mecanismo a través del cual se carga la energía para que la música aparezca como acontecimiento. Cuando Sammie (Miles Caton) toca en el centro de la fiesta, la música pliega el tiempo y permite la convivencia del pasado con el futuro. Es el momento de verdad de la película, donde todo se transforma en experiencia sensorial. Ese núcleo se sostiene sobre una sensibilidad camp que habilita el anacronismo y la mezcla. La película puede reunir elementos históricos y culturales en un mismo instante porque asume la convención con verdadera convicción. La estructura circular acerca Pecadores a la tragedia: los eventos que conducen a la muerte están desencadenados por el accionar de los mismos personajes. La tensión entre emoción y forma alcanza su punto máximo, dominada por el espíritu de la música.
Delta Slim (Delroy Lindo) le dice a Sammie que “el blues no fue impuesto como esa otra religión”. El blues vino con ellos en los barcos, se transmitió de generación en generación a través de los cuerpos, como una memoria anterior al lenguaje del opresor. El título lo enuncia: Sinners, pecadores, es la palabra que el padre predicador lanza sobre quienes están en esa fiesta. Pecadores porque disfrutan de la música, porque son fieles a su tradición cultural. La película representa el cristianismo como traje blanco que complementa la opresión racial. Frente a esa religión heredada del despojo, el blues ocupa el lugar de lo sagrado. Y ese momento de comunión coincide con la irrupción de los vampiros. Son blancos, algunos pertenecían al KKK, y llegan atraídos por la música, un tipo distinto de vampiro cuya finalidad es convertir y crear comunidad. La propuesta se vuelve seductora: una vida gregaria que disuelve las diferencias raciales; el vampirismo como versión demoníaca de alternativas colectivistas, o un reverso del cristianismo.
Pecadores construye un antagonismo entre los trabajadores negros y los vampiros (ambos plebeyos), pero ese antagonismo resulta falso. El verdadero reside en el supremacismo blanco, en la violencia de clase racializada. Lo que importa es que la película desplaza la nostalgia del paraíso perdido y se pone del lado de la posibilidad futura: una emancipación que toma su energía de las raíces culturales, expresadas en el blues. ¡Que viva la música!
Sinners (Estados Unidos, 2024), guion y dirección de Ryan Coogler, 137 minutos.
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