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La libertad en lontananza

Jacques Rancière

TEORÍA Y ENSAYO

“La libertad aún no ha llegado, pero el nuevo tiempo está bajo el signo de su idea, y esta idea ya no se deja olvidar. La tarea del escritor es situarnos en su horizonte, sin mentir sobre la distancia que nos separa de ella ni ceder ante las exigencias que nos plantea. Es inscribir el desgarro de la libertad lejana en el tiempo de la servidumbre”, afirma Jacques Rancière y propone así una matriz de lectura: buena parte de los cuentos de Chéjov están atravesados por distintos tipos de “servidumbres” a las que se someten sus personajes. En las narraciones de Chéjov, y se podría extender este planteo a su teatro, el ensayista franco-argelino encuentra que la servidumbre no es la sumisión del pueblo al poder, sino el sometimiento subjetivo a la repetición de lo mismo, la “imposibilidad de imaginar que las cosas puedan ser de otro modo”. Por supuesto, en esta obediencia extendida a diferentes tipos de vínculos y situaciones resuena la servidumbre social que en Rusia recién fue abolida en 1861. En este momento del mundo, en el que el término “libertad” es maltratado hasta el desquicio semántico, Rancière calibra múltiples sentidos que toma su aparición como potencia en el horizonte de la obra chejoviana. 

La libertad en lontananza. Ensayo sobre Chéjov es un texto de cien páginas, escandido en nueve capítulos. Cada apartado lleva un hermoso título (“El zumbido de la servidumbre”, “El canto del telégrafo”, “Los ojos del soldado”, “¿Un nuevo amanecer?”, algunos ejemplos), se enlaza con el siguiente y aborda nuevos cuentos. El primero es “El sueño del vagabundo” y comenta principalmente el cuento “Ensueños”, en el que dos policías llevan a un vagabundo enfermo a la ciudad. El reo no recuerda su nombre y no parece un mendigo; de esta manera una simple acción de rutina policial de la época se torna misteriosa. Uno de los policías interroga al vagabundo y va sacando a luz parte de su historia; es hijo de una sirvienta y un señor que luego se une a otra mujer. Así, para Rancière, se torna un personaje prototípico de la ficción moderna: el bastardo, en parte noble y en parte plebeyo, que deambula en una tierra en la que, si bien ya no había servidumbre, no había una real libertad. La Siberia de los deportados se va convirtiendo en una evocación ensoñada y lírica del vagabundo, su tierra libre de estepas ilimitadas, ficción dentro de la ficción. 

En otros capítulos, Rancière confronta las visiones del progreso que tienen los personajes de distintos relatos (“Luces” o el célebre “El pabellón número 6”) y señala algo que en su época hacía que lo tildaran de “indiferente”: Chéjov no tiene portavoces en sus narraciones (¿cómo no relacionar esto con su maestría como dramaturgo?), encarna las ideas en las prácticas de sus personajes, en un movimiento corporal, en un tono de voz, en el “tenor de un instante”. En “La casa del entresuelo” se da un debate ríspido entre Lida y el pintor, narrador del cuento. Ella es una maestra que enseña a los mujiks, piensa que el progreso llega con hospitales y escuelas; en cambio, para el pintor estas instituciones traen más servidumbre, lo que hay que dar es medios al pueblo para que se libere del trabajo embrutecedor y pueda dedicarse a cultivar el espíritu. Sin embargo, el corazón enigmático del cuento es otro: la sumisión de la hermana menor ante la oposición de Lida a su amor incipiente con el pintor. Rancière incorpora en este punto la voz de un personaje de otro cuento, “Mi vida”, que señala algo notable y abrumador: “entre las cosas que ‘progresan’ también hay que contar las formas de sometimiento”. La polisemia del término “progreso” trae nuevos matices que alteran las palabras vecinas “libertad” y “sumisión”.

La escritura de Rancière articula argumentación y narración con admirable ductilidad. Pone en relación cuentos y obras teatrales, incorpora en sus argumentos algún dato biográfico, recurre a detalles del contexto histórico, compara con la escritura de Gogól o con la de Flaubert. En las recurrencias y en las variaciones, el ensayista va delineando una manera de mirar el mundo, una poética. Sus ensayos sobre literatura, teatro y cine (Política de la literatura, La palabra muda, Aisthesis, La fábula cinematográfica, El espectador emancipado, La noche de los proletarios y un largo etcétera) colocan hace muchos años a Rancière como un referente fundamental del pensamiento contemporáneo. En este ensayo, una vez más, se despliega un lector fabuloso, exquisito, que no necesita traer a colación sus afamados conceptos teóricos, sino que los pone en acto, los convierte en un pensamiento que se elabora a partir de la escritura chejoviana. 

La versión en español de Francisco López Martín es excelente. Acaso se pueda discutir la decisión de traducción del título (Au loin la liberté es el original) que podría haber evitado la poco usada expresión “en lontananza” y optado por la más amable “a lo lejos”. Más allá de esto, se trata de un texto precioso, una obra maestra de la crítica literaria del siglo XXI, que uno quiere releer apenas terminada y que impulsa a volver a las inmortales e infinitas ficciones del gran escritor ruso.

 

Jacques Rancière, La libertad en lontananza. Ensayo sobre Chéjov, traducción de Francisco López Martín, Akal, 2025, 112 páginas. 

 

9 Abr, 2026
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