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El sexo en el espacio —ya sea metidos en un saco de dormir o pegados con cintas de velcro para que la ingravidez no los separe— es mucho más que un desafío a la tercera ley de Newton. En una travesía de nueve meses a Marte, los astronautas no podrían eludir el monitoreo constante de la Tierra y el aumento de sus pulsaciones delataría el orgasmo en tiempo real, para el incómodo escrutinio de los técnicos. Sucumbir a la gravedad de la carne no infringiría reglamento alguno, siempre que el intercambio de fluidos no acabe en los sistemas de ventilación o en el ojo de un tercero. Bastaría una mínima rotura del látex —el único escudo que la ingeniería aeroespacial no provee— para sabotear los cálculos de la misión, convirtiendo la bitácora del viaje en el calendario de gestación del primer ciudadano extraplanetario. ¿Pero es posible un parto en gravedad cero? Y lo que es más intrigante: ¿cómo sacaría la madre al bebé de la nave en un mundo tan irrespirable? ¿En un moisés presurizado con el logo de la NASA, con escarpines de teflón ignífugo y multicapa? ¿O vestido con el primer traje espacial para recién nacidos desarrollado por SpaceX?
Aun si las naves que promete Elon Musk ofrecieran cabinas individuales con aislamiento acústico para poder soltar jadeos sin ruborizarse, lo cierto es que ni con la ayuda de una cigüeña llamada Laika, ni apelando a la fecundación cósmica de 2001: odisea del espacio ocurrirá la expansión demográfica por la que tanto aboga aquí en la Tierra. Ni en Marte, ni en la Luna, ni que hablar en la vacuidad radiológicamente abortiva del espacio, la vida parece dispuesta a florecer bajo demanda. Si bien hoy la concepción está estrictamente prohibida en misiones espaciales y a las astronautas se les realizan pruebas de embarazo con frecuencia, la perspectiva de travesías prolongadas y colonias estables obliga a examinar de cerca la cuestión biopolítica y sus nuevas jurisdicciones del deseo. ¿Habrá formas de control reproductivo gestionadas por algoritmos de eficiencia, donde parir dependa de la cotización del metro cúbico de oxígeno? ¿O el libre mercado interplanetario exigirá una eugenesia funcional, fabricando humanos “tuneados” para la radiación como quien refuerza el chasis de un vehículo de carga?
Lejos de la curiosidad morbosa con la que Josef Mengele pisoteó el juramento hipocrático en Auschwitz, el médico que monitorea a la distancia a la teniente Ripley sería testigo de una danza biológica inquietante, donde el bombardeo invisible de rayos cósmicos reescribiría el manual de la embriología humana. A falta de una centrífuga a bordo que simule la atracción terrestre, en lugar de un feto bajando por su propio peso hacia la pelvis, vería un cuerpo flotando a la deriva en el líquido amniótico, sin la brújula interna que aporta la gravedad para entender dónde está el suelo. Al compás de las partículas de alta energía fracturando el ADN, la perezosa mineralización de sus huesos condenaría al esqueleto a una fragilidad de cristal, incapaz de sostener el peso de un mundo que nunca pisará. Los fluidos se agolparían en el rostro, las vísceras flotarían fuera de lugar, las piernitas carecerían de tono muscular para patear y el corazón adoptaría una forma esférica, atrofiado por la falta de esfuerzo. No asistiríamos al nacimiento de un hijo, sino a la llegada de una especie nueva: una criatura cuya primera bocanada de oxígeno no sería un llanto de vida, sino el seco estertor de un extraño.
Tanto la Luna como Marte ofrecen un lujo que el espacio profundo no puede costear: un suelo. Allí, al menos, la gravedad —aunque mezquina— todavía les recuerda a los huesos hacia dónde deben crecer. ¿Pero para qué experimentar con humanos si para eso están los animales? En los transbordadores espaciales se criaron medusas que, al volver a la Tierra, quedaron atrapadas en un estado de vértigo constante, hundiéndose sin saber cómo subir a la superficie porque sus sensores de equilibrio se habían calibrado en el vacío. De los huevos de codorniz incubados en la estación soviética Mir nacieron polluelos de ojos minúsculos y picos cruzados que, incapaces de descifrar la mecánica del sustento en la ingravidez, murieron a los pocos días de romper el cascarón. Los únicos vencedores en esta selección natural sui generis fueron los tardígrados, esos ositos de ocho patas que caben en la punta de un alfiler: no solo sobrevivieron al vacío y a la radiación, sino que regresaron a la Tierra en condiciones de reproducirse. Si el día de mañana la prensa titula el “descubrimiento” de vida extraterrestre en la Luna, convendrá aclararle al público que se trata del cargamento de la sonda israelí Beresheet. Aquel artefacto planeaba un aterrizaje suave, pero se terminó estrellando a toda velocidad, esparciendo sus microscópicos pasajeros sobre el polvo lunar. Aferrados a su legendaria resiliencia, es probable que miles de estos osos espaciales sigan allí en un coma eterno, deshidratados y esperando el agua y el oxígeno que nunca llegarán. Y si acaso existiera alguna tímida bacteria en los casquetes polares de Marte, no hay que ilusionarse: ni el mejor sistema de riego de Silicon Valley hará brotar de ese desierto radiactivo un marciano con el que valga la pena conversar.
Y no es para menos. Sin campo magnético y casi sin atmósfera, azotado por vientos solares y tormentas de polvo que cubren el planeta entero, con un suelo rico en metales pesados y percloratos tóxicos, temperaturas promedio de -62 °C y una presión tan marginal que, si salieras a dar un paseo en remera, te desmayarías antes de poder sacarte la primera selfie, mientras se desata el ebullismo: la saliva y las lágrimas romperían en un hervor instantáneo a temperatura ambiente, y tu cuerpo se inflaría por la expansión de los gases hasta dejarte convertido en una momia reseca y oxidada sobre la que podría pasar un rover. Eso es Marte. ¿Y qué hay de la romántica Luna? Ese astro habitado por zombis israelíes más merecería el aullido de los lobos de Transilvania que el silencio de sus cráteres, porque, a su lado, Marte es la Toscana en primavera.
Sin más colores que los de nuestro planeta en el horizonte, la Luna es un mundo en estricto blanco y negro. Lo que en la Tierra dura 24 horas, allá se extiende por 708 horas y 44 minutos. El día lunar, con sus 127 °C, condensa tres veranos saharianos en una misma jornada. Si fueras un astronauta en su hora de almuerzo, verías el sol gatear por el firmamento con una lentitud desesperante. El mediodía duraría casi una semana. Los -173 °C de las noches son casi tropicales al lado de lo que marca el termómetro en los cráteres que no han visto la luz en eones. En esas sombras perpetuas se han registrado hasta 250 grados bajo cero, un récord térmico que humilla al mismísimo Plutón. Sin atmósfera que los frene ni magnetósfera que los desvíe, el satélite es un polígono de tiro de micrometeoritos, rayos cósmicos provenientes de supernovas y toda clase de metralla a nivel celular. Los astronautas del programa Apolo veían destellos de luz con los ojos cerrados porque estas partículas atravesaban sus globos oculares como fuegos de artificio intracraneales. Ni con un traje que fuera un búnker de plomo prêt-à-porter estarían a salvo de acabar siendo coladores biológicos. Y por todas partes, regolito: ese polvo abrasivo y pegajoso que levita por la estática de un viento solar que ametralla sin despeinar. Inhalarlo es similar a respirar vidrio molido. ¿Alguien se anima a probar?
Por fortuna, no todas son malas noticias. Para la primera astronauta que pise la Luna y limpie sus botas sobre un felpudo con la leyenda Home Sweet Home, Elon Musk y la NASA prometen un despliegue de ingeniería que haría palidecer al Pentágono. El plan contempla el estreno de la Starship HLS, un rascacielos plateado de cincuenta metros que servirá de dormitorio vertical, mientras en órbita la estación Gateway funcionará como una aduana espacial para el transbordo de tripulantes y el extravío de equipaje interplanetario. En el Polo Sur, allí donde el hielo es el oro líquido de la supervivencia, se proyecta el Artemis Base Camp: una infraestructura que incluirá reactores nucleares para resistir la noche interminable e impresoras 3D encargadas de pavimentar caminos con el mismo polvo que destruye los pulmones. No obstante, detrás de este catálogo inmobiliario de alta tecnología, la realidad se parece más a un urbanismo de trinchera. El “hogar” consistirá en módulos enterrados bajo varios metros de manto lunar para evitar que la radiación convierta los órganos en un puré bioluminiscente: una lata de conserva donde se sobrevive a base de pastas proteicas, cócteles de orina destilada y una higiene de esponja y champú seco, insuficiente contra el tufo a humanidad.
Será un verdadero desafío superar el récord de permanencia humana en la Luna, que asciende a poco más de tres días… terrestres. También en Marte la única solución viable será subterránea, aprovechando alguna cueva natural formada por antiguos volcanes para ensayar una vuelta futurista a la era de las cavernas. ¿Será un androide de Tesla el encargado de garabatear las pinturas rupestres que decoren sus paredes? ¿Un Optimus programado para pintar como Banksy? Si los refugios naturales no aparecen, antes de que Silicon Valley despache a sus homínidos mecánicos para fundar un parque temático, Musk ya ha advertido que enviará las tuneladoras de The Boring Company. El plan exige perforar una red de madrigueras mientras en la superficie una legión de robots despliega kilómetros de paneles solares para alimentar un soporte vital que —con suerte— no se atasque con el polvo.
Y es que la mudanza marciana no contempla visitas de fin de semana, sino misiones sincronizadas con las ventanas de lanzamiento que ocurren cada veintiséis meses. Los astronautas estarían allí, como mínimo, un año y medio a la espera de que se alineen los planetas para mendigar un pasaje de vuelta. Por eso, la NASA y SpaceX coinciden en que el éxito del éxodo depende de escalar la tecnología de MOXIE, un dispositivo diseñado para succionar el irrespirable dióxido de carbono de la atmósfera y exhalar oxígeno. Así, mientras las máquinas respiran por ellos, los colonos se dedicarán a la minería de hielo con la esperanza de que ese barro congelado se convierta en el combustible para el regreso o, al menos, en el agua para el café de la mañana.
De la salvación teológica al simulacro de la especie. Queda muy bien sobre el papel la ocurrencia de plantar miles de semillas de árboles terrestres para crear oxígeno, como hace un personaje de Ray Bradbury en Crónicas marcianas. Pero lo cierto es que, con el veneno de los percloratos, ni E.T. lograría que una planta sobreviviera en un suelo como ese. Musk tiene un plan B que remeda el sueño húmedo de un villano de James Bond tras un exceso de anfetaminas: bombardear los polos de Marte con ojivas nucleares. Bajo el eslogan “Nuke Mars”, el magnate lanzó la propuesta de crear soles artificiales sobre los casquetes de hielo para evaporar el dióxido de carbono y provocar un efecto invernadero instantáneo. Una primavera marciana inducida por plutonio, donde el cielo se espese a base de explosiones termonucleares en un intento de exportar el calentamiento global que aquí nos está cocinando a fuego lento. La comunidad científica no tardó en hacer trizas su terraformación de garage, aclarando que no hay suficiente gas en los polos para llenar un globo aerostático, y que incluso el viento solar barrería cualquier atisbo de atmósfera como un soplido a una vela. ¿Ignoraba el aprendiz de Dr. Strangelove que el Tratado del Espacio Exterior prohíbe, desde 1967, colocar armas de destrucción masiva en otros planetas? ¿O su mesianismo es tan ciego que asume un tratado de la Guerra Fría como opcional frente a su derecho divino de jugar a los dados con bombas de hidrógeno?
La inspiración para ese quijotismo de silicio parece provenir de Freeman J. Dyson, un físico heterodoxo que dedicó su carrera a elucubrar formas de rediseño del sistema solar como si fuera un mecano de piezas intercambiables y cuyas propuestas hacían que las novelas de Arthur C. Clarke parecieran relatos costumbristas. Entre sus fantasías académicas figuraba el bombardeo de la asfixiante atmósfera de Venus con cohetes cargados de algas productoras de oxígeno, o el absurdo Proyecto Orión: una nave diseñada para surcar el cosmos lanzando bombas atómicas por la popa para avanzar al galope de detonaciones termonucleares. Su obra cumbre fue la “esfera de Dyson”, una megaestructura ideada para envolver por completo una estrella y convertirla en la batería exclusiva de una civilización insaciable. Todo en este maestro de la desmesura parte de una premisa innegociable: la conquista del cosmos es la única misión válida, el salvoconducto definitivo para sobrevivir al fin de la Tierra.
Entender el apocalipsis como un problema de ingeniería interplanetaria o interestelar y, por qué no, intergaláctica, es lo que vincula a Dyson y Musk con el cosmismo ruso, extraña amalgama de misticismo ortodoxo y astrofísica que, ya en el siglo XIX, postulaba que la humanidad debía alcanzar la apoteosis tecnológica para conquistar las estrellas y vencer a la muerte. El patriarca de este despropósito fue Nikolái Fiódorov, un erudito moscovita que llevó una vida de austeridad monacal en la Rusia de los zares, admirado por Tolstói y Dostoievski por su afán de fusionar la sensibilidad mística con una fe radical en el progreso. Fiódorov postulaba que la misión suprema de la ciencia era la resurrección física de todos nuestros antepasados: la tarea de recolectar sus átomos dispersos y reconstruirlos para no tener que esperar al Día del Juicio. Sin especificar si el padrón de “resucitables” incluía al Australopithecus o se detenía en el Homo sapiens, la consigna era clara: resurrección e inmortalidad para todos. Esta escatología tecnológica veía la colonización espacial como una mudanza masiva: la única forma de reubicar a las legiones de muertos que la ciencia traería de vuelta. Pero a diferencia de la lógica expansionista de Cecil Rhodes —el factótum del Imperio británico que se lamentaba de que la inmensidad del universo le impidiera “anexionarse los planetas”—, el delirio ruso nacía de una supuesta fraternidad universal llamada la “Causa Común”. El asceta, infinitamente más generoso que el magnate de los diamantes, solo quería el cosmos para mudar de la ultratumba a todos los descendientes de Adán y Eva.
Siguiendo los pasos de este santo patrono de la nigromancia molecular, Konstantín Tsiolkovski —un maestro de escuela sordo que vivía en una pequeña cabaña de madera y llegó a ser el padre de la cosmonáutica soviética— terminó de armar el rompecabezas cuando sentenció: “La Tierra es la cuna de la humanidad, pero no se puede vivir en la cuna para siempre”. Esta frase —convertida por Musk en leitmotiv de SpaceX— sirve hoy de pista de despegue para la “raza de seres perfectos” que Tsiolkovski imaginaba: aptos para la vida “en diferentes atmósferas, con cualquier gravedad y en varios planetas, útiles para la existencia en el vacío o en gases enrarecidos, que vivan con alimento o sin él, solo por los rayos del Sol, seres que toleren el calor y el frío, que toleren abruptos e importantes cambios de temperatura”, escribía en 1925, con la frialdad de un doctor Frankenstein curtido en una hambruna soviética. ¿Y qué mejor mercado para esta optimización anatómica que el transhumanismo de Silicon Valley? Al fin y al cabo, Musk opera bajo la certeza de que somos una simple conciencia ejecutable atrapada en un hardware obsoleto; un código defectuoso que solo se salvará si logramos subirlo a la nube, al infinito y más allá.
Mientras la NASA ve Marte como un laboratorio científico, SpaceX lo entiende como un plan de evacuación o reseteo civilizatorio. Después de todo, la ciencia ficción es un imperativo corporativo en Silicon Valley. Allí la muerte ya no se acepta como un destino biológico, sino como un error de código que requiere un parche con urgencia. Para Musk, convertirnos en una "especie multiplanetaria" exige hackear la obsolescencia programada de nuestros genes mediante la inteligencia artificial y la biotecnología. Estas ínfulas prometeicas, además de mudar la URSS a California de la mano del cosmismo ruso, nos recuerdan que los nuevos zares tecnológicos ya no contemplan el cosmos como una incógnita existencial, sino con la codicia de un agente inmobiliario. En entornos capaces de liquidarnos a cada segundo, blindar el cuerpo deja de ser un capricho estético en pos de la longevidad para transformarse en la actualización obligatoria de un software biológico que ignora su propio destino.
Los astronautas de la misión Artemis 2 no solo trajeron imágenes de la cara oculta de la Luna; trajeron en sus cuerpos las cicatrices de una erosión silenciosa. Los exámenes médicos post-vuelo confirmaron que menos de diez días en el espacio profundo bastan para que la radiación y la ingravidez dejen su huella: biomarcadores de estrés oxidativo, alteraciones en la expresión del ADN y una metamorfosis fisiológica que va desde la hinchazón facial por desplazamiento de líquidos hasta una prematura atrofia tanto ósea como muscular. Son efectos conocidos que ya padecieron los pioneros del Apolo y los residentes de la Estación Espacial Internacional, y que la medicina espera revertir tras el regreso a la Tierra. Pero si el cuerpo se desmorona en apenas diez días, cabe preguntarse si los colonos llegarán a Marte como intrépidos conquistadores o como pacientes terminales suplicando el derecho a la eutanasia. Lo que nadie podrá negarles es que, al menos, estarán a la altura: sin la gravedad comprimiendo las vértebras, la columna se expande y uno puede “crecer” hasta siete centímetros.
Un vecindario de lo más remoto. A todas luces, el blindaje se impone. Los trajes espaciales, esas joyas de la ingeniería que tanto lucen en fotos, sirven para poco más que evitar que alguien muera congelado o explote en el vacío. Son efectivos contra la metralla de los micrometeoritos, pero papel de barrilete ante la radiación cósmica de alta energía. Para detenerla harían falta capas de plomo o polietileno de varios metros de espesor; un astronauta embutido en semejante sarcófago pesaría toneladas y sería incapaz de mover un dedo. A esto se suman los límites de dosis de radiación de por vida que prescribe la NASA: apenas un puñado de paseos espaciales bastaría para agotar el cupo de seguridad de toda una carrera. ¿Y del pellejo para dentro, qué? La astrobiología genética ha dejado de mirar a las estrellas para concentrar su atención en los tardígrados. Estos organismos ultra resistentes poseen la proteína Dsup (Damage Suppressor), un guardaespaldas molecular que se abraza al ADN para blindar la doble hélice. En la Universidad de Tokio ya han jugado a ser Dios al insertar este gen en células humanas, logrando que el daño por rayos X caiga un asombroso cuarenta por ciento. Y para que el viaje no sea un tedio insoportable, la edición genética promete también replicar el letargo de estos extremófilos en los astronautas: poner a la tripulación en “modo pausa” y reservar la triste lechuga regada con orina reciclada para el primer banquete en suelo marciano.
Pero Musk sabe que la carne, por muy editada que esté, tiene un límite. Ahí entra Neuralink y su taumatúrgico chip cerebral, concebido no solo para manejar Netflix con la mente, sino como el módem de banda ancha que garantiza nuestra simbiosis con la IA. La biología humana le resulta un “cuello de botella” analógico: un tartamudeo ineficiente ante la elocuencia del algoritmo. Si las gafas de realidad aumentada ya incuban el fin del smartphone al migrar la interfaz del objeto al organismo, el implante es el golpe de gracia de la evolución dirigida; el puerto de salida para que la mente desborde, por fin, su envase biológico. Pero si mezclamos genes de tardígrado con chips de silicio y huesos con polímero sintético, ¿dónde queda el humano? Musk despacha la duda con desparpajo cuando afirma: “Ya somos cíborgs”. Para él, el teléfono es una capa terciaria —un estrato digital cosido al instinto— cuya pérdida se padece como un miembro amputado. El problema es técnico: mientras la máquina procesa terabytes, nosotros seguimos engrasando pantallas con los dedos. Neuralink, como sistema operativo, nos formatearía para la microgravedad, habilitando el uso de avatares robóticos con latencia cero: un disfraz de marciano hecho a medida. Pero una cosa es ser una “especie multiplanetaria” y otra evitar que la “luz de la conciencia” se extinga por un cataclismo. Si la salvación exige desmaterializarnos y viajar como señales de radio, ¿estamos perpetuando la especie o creando un simulacro? En el futuro, la pregunta no será si conquistamos Marte, sino qué resto de humanidad logró aterrizar allí con la bandera blanca en alto.
El colapso de nuestro sol es el argumento definitivo de Musk para justificar el riesgo existencial de la Tierra, y no hace falta ser visionario para advertirlo. Una estrella de su tipo tiene una vida útil de unos diez mil millones de años y la nuestra ya va por la mitad. Cuando agote su combustible de hidrógeno, se expandirá hasta convertirse en una gigante roja que engullirá a los planetas interiores —Mercurio, Venus y quizá también a la Tierra— en un festín de plasma que ni Dios podría evitar. Pero no se confíen: los titulares de catástrofe comienzan mucho antes. En apenas mil millones de años el calor será tan intenso que los océanos se evaporarán por completo. Y si el objetivo es escapar de la muerte térmica, ir a Marte sería como cambiarse de camarote mientras el Titanic se parte al medio.
¿Y en la luna de algún planeta más lejano? Entre las decenas de satélites de Júpiter no hay uno solo que apruebe un censo de vivienda básica: o te aplastan con su gravedad o te fríen con la radiación. Tal vez Titán, en Saturno, sea la menos hostil: tiene una atmósfera tan densa que, si te pusieras alas en los brazos, te sentirías pájaro y podrías volar. El plan suena idílico, salvo por el hecho de que estarías aleteando sobre lagos de metano líquido a 180 grados bajo cero (y eso, aclaremos, con el Sol todavía a pura fusión). Saltar a otro sistema estelar sería, pues, nuestra única salvación. La estrella más cercana es Próxima Centauri, y aunque en su órbita gira un exoplaneta rocoso, lo de “próxima” es un eufemismo sideral: viajando en la Starship a 28.000 kilómetros por hora tardaríamos 163.000 años en llegar. Y habría que llevarse todo: agua para miles de años, comida, dentífrico y unos ocho millones de rollos de papel higiénico por cada astronauta para alcanzar ese punto de luz.
Lo único que tenemos —si somos generosos con la Luna— son dos planetas y medio. Nuestro patio trasero, delantero, superior e inferior es Marte, la Luna y se acabó. El resto es intemperie. A un planeta gaseoso no vamos a ir; a uno helado, tampoco. Y el asteroide del Principito no lo descubren aún. Los 4,2 años luz que nos separan de la estrella más cercana son humanamente infranqueables. El viaje interestelar es, por definición, imposible: nada con masa puede viajar a la velocidad de la luz. No hay superhéroe que rompa esa marca, ni Dios o arcángel que se pongan el disfraz de “Superluz”. Y aquí es donde el bovarysmo espacial de Musk alcanza su clímax: esa urgencia por forzar a la física a cumplir un contrato de ciencia ficción para que la Tierra supere su provincianismo cósmico. Por eso bautiza como Starship —su rimbombante “Nave Estelar”— un vehículo que jamás verá otra estrella. Llamarla así es como ponerle “Transatlántico” a un ferry que cruza el Río de la Plata un día de niebla: marketing aspiracional para vender boletos a ninguna parte. Decir que la humanidad es “multiplanetaria” por poner una base en Marte es como decir que somos una especie “multioceánica” porque alguien vive en una plataforma petrolífera en medio del Atlántico. Multiplanetarios no somos ni seremos nunca. A lo sumo “triplanetarios”; o, para ser exactos, “biplanetarios y medio”.
La última ecuación de Einstein es: 1+ 1 + ½ = 2 ½. That’s all, folks!
Subcontratación de la gloria. ¿Y si algún día resolvemos la paradoja de Fermi y logramos ignorar que el costo energético de mover materia por el vacío es tan prohibitivo que ninguna civilización —por muy avanzada o suicida que sea— ha encontrado rentable la colonización interestelar? ¿Pasarán los cohetes químicos al museo junto a las carretas de bueyes gracias a un motor de curvatura que arrugue el espacio-tiempo para burlar el límite de la velocidad de la luz? ¿O ni siquiera serán necesarias las naves espaciales puesto que nos teletransportarán con equipaje de mano sin pasar por la aduana intergaláctica? Todo esto, aun cuando el Principio de Incertidumbre de Heisenberg prohíba conocer simultáneamente la posición y el estado de cada átomo del cuerpo, haciendo imposible una reconstrucción perfecta, lo que desataría reclamos a SpaceX del tipo: “¡Devuélvanme ya mi nariz!”. Incluso se podría forzar un agujero de gusano en una manzana de Newton y atravesarlo con un motor de antimateria al setenta por ciento de la velocidad de la luz. Pero vamos a paso de tortuga artrítica hacia allí: la única “fábrica” de antimateria del mundo, el CERN, ha tardado tres décadas en producir apenas unos pocos nanogramos. Con ese botín energético apenas encenderíamos una bombilla el tiempo necesario para ver cómo se esfuma la esperanza de salir de aquí.
De cualquier forma, Musk vende la reutilización de cohetes como un dogma; el único “hack” capaz de neutralizar la sentencia de muerte económica que impone la física. Para él, la madre de todas las batallas es el combate contra la “tiranía de la ecuación del cohete”. La famosa fórmula de Tsiolkovski —el cosmista ruso que soñaba con estrellas mientras nos encadenaba a la aritmética— dicta una tautología de hierro: para mover masa se necesita combustible, pero ese combustible es, a su vez, masa que exige más combustible. El resultado es un crecimiento exponencial tan absurdo que, para escapar de la Tierra, el noventa por ciento de la nave debe ser puro propelente, dejando un margen mínimo para la carga útil. Bajo este yugo aritmético, enviar un Big Mac a Marte costaría hoy lo mismo que comprar un penthouse en Manhattan. La ecuación del cohete es un Sísifo moderno condenado a empujar una piedra cuya masa es, simultáneamente, la carga que arrastra y la montaña que intenta vencer. Es una ironía trágica que el padre intelectual de la cosmonáutica fuera también el encargado de fijar sobre el papel la barrera matemática que hoy la frustra. Por mucho que SpaceX optimice aleaciones y baje los costos, los motores químicos están llegando a su límite de eficiencia; y está a la vista que las leyes de la termodinámica no se cambian por cupones de descuento.
Ante el muro de Tsiolkovski, la solución de Musk es la logística de la desesperación: el repostaje en órbita. Su plan para que la Starship llegue a Marte no consiste en un salto heroico, sino en convertir la órbita terrestre en una gasolinera flotante. Para que una sola nave pueda partir con el tanque lleno hacia el planeta rojo, SpaceX necesita lanzar primero entre diez y veinte naves cisterna que actúen como nodrizas de metano criogénico, en una coreografía digna de Stanley Kubrick. Lanzar la Starship de un solo tirón con el combustible necesario para la ida y la vuelta es una imposición física absurda: la nave sería tan pesada que nunca despegaría. La alternativa más seria a este entuerto de fontanería orbital es un fantasma de la Guerra Fría que la humanidad viene encendiendo y apagando desde los años sesenta: la propulsión nuclear. Esto reduciría el viaje a Marte de los agónicos nueve meses actuales a tres o cuatro; menos tiempo para que los astronautas se vuelvan locos contemplando el vacío. La paradoja es que este giro hacia la propulsión nuclear térmica no lo está dando el dueño de Tesla sino la NASA, que intenta cumplir por fin esa promesa eterna que está siempre “a diez años de distancia”. La tecnología es viable, pero solo para el espacio profundo: el reactor se lanza “en frío” y se activa lejos de la Tierra. Después de todo, nadie en su sano juicio encendería un reactor nuclear en una plataforma de lanzamiento para arriesgarse a un chubasco de metralla radiactiva.
En este escenario, Musk ha logrado una maniobra de distracción corporativa sin precedentes: convertir a la NASA en la subsidiaria más prestigiosa de su propio organigrama. El poder real se ha desplazado a Texas, donde ejerce como una suerte de CEO de facto de la exploración espacial. Al encargarle la misión de volver a pisar la Luna, la agencia estadounidense no solo ha alquilado un transporte: ha entregado las llaves del reino a quien monopoliza los medios de producción de la épica. Para lord Martin Rees, astrónomo real del Reino Unido durante tres décadas, gastar fondos públicos para enviar humanos al espacio es un “mal negocio para el contribuyente”. La robótica y la IA han vuelto obsoleto al astronauta. Las misiones tripuladas son hoy una cuestión de aventura y no de ciencia: la NASA o la ESA gastan fortunas en protocolos de seguridad, mientras que las corporaciones privadas pueden permitirse un nivel de riesgo mucho mayor que abarata los costos. SpaceX no es la excepción. Al tiempo que Musk predica que “Marte es un seguro de vida para la humanidad”, ha deslizado que “un grupo de personas probablemente morirá al principio”. El viaje, según él, no es para quienes busquen comodidad o lujo, sino para exploradores dispuestos a sacrificarse en una remake de las primeras odiseas transoceánicas. Sin dobles de riesgo, eso sí. Un pequeño precio para los voluntarios, pero un gran salto para las acciones en Wall Street.
Elogio de la intemperie nativa. ¿Y cómo sabe nuestro Colón 3.0 que la Luna está en la ruta hacia Marte? Pues porque ese “banco de metáforas arruinado” —responsabilidad de tantos poetas, según Gómez de la Serna— es mucho más que una parada técnica para estirar las piernas. Allí es donde planea montar, con la NASA como socio cautivo, la gasolinera espacial definitiva, con la mira puesta en el helio-3 y esas tierras raras que tanto necesita para mantener el lustre de vanguardia de sus juguetes terrestres. ¿Hay petróleo en la Luna? No, pero sí agua: un lodo de hielo atrapado en cráteres de sombra perpetua donde el termómetro cae a los -230 °C, logrando que el acero se quiebre como una galleta. Para que ese botín sirva de combustible, Musk precisa una planta química operando en la oscuridad absoluta, capaz de electrolizar, enfriar y comprimir gases mientras lucha contra la termodinámica. A falta de sol, el pionero propone calentar el abismo con espejos gigantes o reactores nucleares, y así procesar un hielo que no sirve ni para brindar con whisky.
Todo ese despilfarro de recursos para ir a Marte, ¿a qué? ¿A evitar nuestra extinción o a hacer buenos negocios? Nunca está de más leer la letra chica. En los términos de servicio de Starlink —un monopolio tan astronómico que hoy gestiona dos tercios de los satélites activos en el mundo—, Musk ya ha redactado su propia declaración de independencia: en Marte ninguna autoridad terrestre tendrá jurisdicción y los conflictos se resolverán mediante “principios de autogobierno establecidos de buena fe”. Así, mientras la NASA le financia el flete, él diseña un feudo libertario a doscientos veinticinco millones de kilómetros de cualquier tribunal de derechos humanos. Y englobándolo todo, la “Muskonomy”: el primer sistema operativo civilizatorio de código cerrado, donde cada empresa es un tentáculo de un cuerpo tecnológico que busca volverse indistinguible del concepto mismo de futuro. Su simbiosis digital es absoluta. Los datos extraídos de X alimentan el cerebro de su inteligencia artificial, cuyos algoritmos optimizan los robots de Tesla; todo conectado en red por el enjambre de Starlink hasta convertir el software de sus coches eléctricos en un clon terrestre del código de SpaceX. Ante un monopolio de semejante envergadura, John D. Rockefeller y Howard Hughes parecen tiernos promotores de la libre competencia. Aquellos eran magnates terrenales; esto es transustanciación corporativa. Porque al heredar la retórica mesiánica y la mística de gurú de Steve Jobs para proyectarlas sobre el delirio de grandeza de un arquitecto del cosmos, Musk ha dejado de construir empresas para fundar un Estado-nación privado que opera sin fronteras. Un “capitalismo extraterrestre” donde el valor de las acciones no se mide en beneficios trimestrales, sino en la habilidad para vendernos las fantasías de este cowboy del vacío a punto de ser ascendido a patrón de estancia planetario.
En la historia del capitalismo, aun para la persona más rica del mundo, llegar a ser el primer billonario en dólares es una auténtica apoteosis. La fortuna de Musk hoy supera el PBI combinado de los cuarenta países más pobres de África y duplica el de su país natal, Sudáfrica; supera a Suecia, Bélgica, Austria y Noruega; y a las principales economías de Latinoamérica, con excepción de Brasil y México… ¿Y por qué no se compra la Luna entonces? Porque la Luna no es Groenlandia: todavía no sale a subasta. Y Marte es el Lejano Oeste: cuna del western, no; ¡tumba del western! Mucho menos le alcanzarían sus millones para el asteroide Psyche 16, un macizo de hierro y metales preciosos del tamaño de Uruguay que orbita en el cinturón de asteroides. Su valor estimado desafía la aritmética terrestre: diez mil cuatrillones de dólares. Ni con toda la riqueza del mundo, ni con ochenta mil planetas como este, ni trabajando al ritmo económico actual durante los próximos ochenta mil años sin gastar un solo centavo, lograría comprarse Musk ese trozo de cielo. ¿Moraleja? Hay lugares donde las mayores fortunas apenas llegan a ser cambio chico.
El verdadero truco de magia no es tecnológico, sino de relaciones públicas: en 1938, Orson Welles necesitó una sintonía de radio para hacernos creer que los marcianos venían a buscarnos; hoy a Musk le basta un tuit en X para que hagamos fila queriendo ser nosotros los invasores alienígenas. ¿Pero a quién se le ocurre llamar refugio contra la extinción a un lugar donde el fin del mundo es de martes a martes? En lugar de saltar de un apocalipsis a otro, ¿por qué no abren acá una fábrica de búnkeres? Antes que un hotel lunar dedicado al baile más famoso de Michael Jackson, mejor Alcatraz y Guantánamo en el mismo complejo. Y si el reactor de Chernóbil no cuenta con habitaciones disponibles, no quedará más remedio que reservar en el Ritz-Carlton de la Luna.
Entre ir hasta Marte y dar trece mil quinientas vueltas a la Tierra —que es exactamente la misma distancia—, elijo el eterno retorno a nuestra única casita. Antes que un exilio en el planeta rojo, me quedo con Solaris, Arrakis, Krypton, Tatooine… ¡Mi reino por un monolito negro!
Quienes predican la evolución dirigida creen que el nacimiento de seres humanos en otros planetas es el siguiente paso, similar a cuando la vida salió de los mares para pisar suelo firme. Pero la realidad es mucho menos poética: el plan de Musk de mandar un millón de personas a Marte sería, estrictamente, un genocidio.
Sin Houston, no habría Luna ni Marte: solo habría problemas.
Incluso si hoy cayera el meteorito que extinguió a los dinosaurios, o se desatara una guerra nuclear a gran escala, sería infinitamente más sencillo sobrevivir en esta Tierra devastada que en cualquier mojón proyectado en la Luna o en Marte. Aquí la gravedad es gratis, el aire es gratis, el agua es gratis… ¡La vida es gratis! Bastaría con una máscara antigás, una cantimplora, un buen abrigo, bellotas, fósforos, un arco y flechas. ¿Está claro, cosmoplanistas?
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