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No es un mundo sin Borges, todavía

DISCUSIÓN

Una tarde, en Buenos Aires, Adolfo Bioy Casares estaba yendo a comprar la prensa cuando “un individuo joven, con cara de pájaro” lo detuvo para contarle que Borges había muerto en Ginebra; días antes, Bioy —que cuenta esto en Borges, su diario de cincuenta años de amistad con el autor de “Funes el memorioso” y uno de los libros más fascinantes de la literatura argentina de las últimas décadas— había recibido una llamada suya. “Estoy deseando verte”, le había dicho; pero la respuesta de Borges, poco antes de que se interrumpiese la comunicación, había sido “No voy a volver nunca más”. Silvina Ocampo, escritora excepcional y mujer de Bioy, afirmó, al terminar la llamada: “Borges estaba llorando”, pero Bioy no supo a qué se refería.

Enrique Vila-Matas propuso hace algún tiempo “acabar con los números redondos”, pero estos se niegan a desaparecer, y —en cualquier caso— hace precisamente cuatro décadas que murió el autor de Ficciones. Pese a ello, el “mundo sin Borges” en el que Bioy creyó estar dando sus primeros pasos esa tarde, al alejarse de aquel joven y su noticia desgraciada, sigue postergándose. Como sostiene Alan Pauls en su libro El factor Borges, “cualquier idea sobre la literatura que conciba o practique un escritor argentino se mueve en un campo de problemas, disyuntivas y enigmas que la literatura de Borges delimitó, organizó y a su manera ‘solucionó’”. Pauls agrega: “Somos borgeanos porque cualquier decisión que tomemos, por anómala o salvaje que sea, ya está inscripta de algún modo —como problema, como excentricidad demente, incluso como pesadilla— en el horizonte que Borges trazó”.

De un tiempo a esta parte, la pregunta de “qué hacer con Borges” —que es la más importante que un escritor argentino puede hacerse, y la que más a menudo nos hacemos muchos de nosotros— ha excedido los límites de la literatura argentina, en la que, sin embargo, sigue siendo clave. En las décadas de 1980 y 1990 esa literatura asistió por ejemplo a la aparición de lo que Graciela Montaldo llamó una “tradición contraborgiana”; un conjunto de textos presididos por la desacralización y una heterodoxia festiva cuyo origen podía encontrarse en las obras de Manuel Puig, Osvaldo Lamborghini, Héctor Libertella, Néstor Perlongher y Copi, entre otros. César Aira, Rodolfo Fogwill, Daniel Guebel, Sergio Bizzio, Sergio Chejfec, Marcelo Cohen, María Moreno, Rodrigo Fresán, Pauls: cada uno de ellos resolvió el “problema Borges” de forma distinta; pero lo que importa aquí es que la existencia en de ese problema en sus libros —el “horizonte” del que se hablaba antes— les otorgó a esas obras —y con ellas, a sus autores—una doble pertenencia, a la historia de la literatura argentina tanto como a la de Borges, a su singular “vida póstuma”.

De esa vida también formaron parte las extraordinarias intervenciones de Ricardo Piglia en torno al autor de “Las ruinas circulares”, el cuento de Fogwill “Help a él” —un acrónimo de "El Aleph", por supuesto— y su novela Un guion para Artkino, donde, en una Argentina ya por completo integrada en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, las obras de Borges son consideradas apócrifos creados por la policía política; también el cuento de Daniel Guebel “La infección vanguardista”, la aparición de Borges como personaje en el Perramus de Juan Sasturain y Alberto Breccia, la “escandalosa” apropiación de Pablo Katchadjian en El Aleph engordado, el Con Borges de Alberto Manguel, El Hacedor (de Borges), remake de Agustín Fernández Mallo, la Primera Enciclopedia de Tlön. Tomo XI. hlaer – jangr editada por Jorge Volpi y la excepcional instalación de 2017 "Fabio Kacero autor del Jorge Luis Borges, autor de Pierre Menard, autor del Quijote".

Cuarenta años después del comienzo de su “vida póstuma”, sin embargo, Borges sigue siendo leído, pero ya no parece ser una inspiración para los escritores y las escritoras en español; al menos en la Argentina, una notable mayoría prefiere —y no hay nada de malo en ello, no es necesario decirlo— el intimismo de Hebe Uhart, la vindicación de los géneros “menores” de Elvio E. Gandolfo, el realismo rural, la imitación de Julio Cortázar y Silvina Ocampo y un fantástico sin prospección en los archivos de la filosofía y la religión y las ciencias. Si la afirmación de Pauls de que la obra de Borges sigue siendo “de una exigencia que sobrepasa las que pueden proporcionar el mercado o los medios”, la imposibilidad de resolver el “problema” que Borges representa para los escritores en español más recientes —expresado en un “escribir como si Borges no hubiera existido nunca”— tal vez ponga de manifiesto su dependencia absoluta de estos dos extremos a la hora de conformar su juicio crítico; su pertenencia —junto a su público— a una barbarie compuesta por premios y listas de “los mejores de”, por libros escritos para su adaptación audiovisual y por cierta voluntad de producir en nosotros el asombro que Borges nos produjo hace años, pero sin el vértigo de la idea.

Que numerosos autores no cuenten con él no significa, sin embargo, que ya habitemos en el “mundo sin Borges” que intuyó Bioy Casares; a la vez que sus mejores libros se alejan en el tiempo, convirtiéndose en una referencia lejana para una nueva promoción de lectores y lectoras, su influencia parece haber devenido ambiental y estar —y la frase no es mía, por supuesto— “aquí, allá y en todas partes”. Borges se encuentra “en” cierto tipo de ficción especulativa entre cuyos autores más populares están Ted Chiang, Octavia Butler, Ursula K. Le Guin, Margaret Atwood, M. John Harrison y David Mitchell. “Está” en las “biografías imaginarias” de Roberto Bolaño, Vila-Matas, Pierre Michon y Luis Chitarroni. “Está” en productos audiovisuales de consumo masivo, como Lost, Black Mirror y Westworld. Borges es la figura tutelar de la “provincia” del arte contemporáneo que se vale de sus procedimientos y de cierta estética queer que manifiesta sus disidencias mediante la reescritura, la traducción y la mezcla, que fueron algunos de sus principales métodos. Borges “está” en algunos videojuegos muy narrativos y en el interés por la memoria de unas neurociencias que a menudo le dan la razón al autor de relatos como “La memoria de Shakespeare”, y se encuentra en la disolución de las distinciones entre original y copia que ha traído consigo la reproductibilidad absoluta de los contenidos digitales. Su “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, en el que una enciclopedia nos trae noticias de un mundo incomprensible que se acerca a nosotros y va a desplazar al que habitamos, parece una expresión prematura —pero extremadamente lúcida— del modo en que lo virtual irrumpió hace unos treinta años en nuestras vidas. Su “El escritor argentino y la tradición” es un texto clave en un mundo que, desde la llegada de Donald Trump al poder, vuelve a reivindicar rabiosamente esa abstracción, las fronteras nacionales.

Un “Borges para el siglo XXI” cuyos contornos todavía están formándose debería incluir la libertad formal, la innovación, la ironía, el cuestionamiento de la propiedad, su ataque a las jerarquías y a los órdenes establecidos, el emborronamiento de la autoría: todo lo que es más relevante en su obra y, sin embargo, queda oculto a menudo bajo las losas de la filología de suplemento dominical y las banalidades del laberinto, la rosa y el infinito. No parece que ese Borges para una nueva promoción de lectores y lectoras vaya a ser distinto al que conocemos, pese a ello. La historia editorial de Borges es una en la que confluyen intereses y un celo que suelen dar la espalda a los lectores y al propio autor, y la reedición por parte de Alfaguara de sus Ensayos completos, sus Cuentos completos y su Poesía completa —tres veces sic— es una oportunidad perdida para que esto cambie: aunque se pretende exhaustiva, omite libros tan importantes para comprender al autor de “El acercamiento a Almotásim” como su obra en colaboración con Bioy Casares, Alias, y sus clases de literatura inglesa reunidas por Martín Hadis y Martín Arias en Borges profesor, ambos publicados por Lumen hace algunos años; también soslaya los “textos cautivos” y descubrimientos como los realizados por Mercedes Dip, Laura Rosato y Germán Álvarez en Borges lector, los Cuadernos & conferencias editados por el Borges Center, las conversaciones en universidades de Estados Unidos reunidas por Willis Barnstone y Hadis, etcétera. Una vez más, esa historia traiciona las intenciones mismas de Borges, para quien —como es evidente— los límites establecidos entre “ensayo”, “cuento” y “poesía” estaban allí solo para ser cuestionados.

Pero Borges es un clásico, y lo es también porque, como afirmó J. M. Coetzee en uno de sus ensayos, un clásico es todo “aquello que supera los límites del tiempo, que retiene un significado para las épocas venideras” y “sobrevive a la peor barbarie”, que nunca es editorial precisamente. Pensemos en el problema más importante de la obra de Borges, que, según Piglia, “no es cómo la realidad aparece en la ficción sino cómo la ficción aparece en la realidad, cómo construye nuestra realidad”. Fake news, alternative facts, “teorías” conspirativas, la memificación de todo: una política que no se detiene ante la mentira, desconfía de la ciencia o prohíbe el uso oficial de ciertas palabras para eliminar así lo que esas palabras expresan da cuenta de un mundo en el que el creador de “El jardín de senderos que se bifurcan” ya no es tanto un autor como un diagnóstico, y —tal vez— una forma de resistencia. Borges sigue estando entre nosotros, en un mundo que transformó y al que continúa interrogando.

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