Elon Musk o las desventuras del humano extraterrestre
El amor que Charles Swann profesaba por Odette de Crézy, o el de Julien Sorel por Madame de Rênal —o más aún por Mathilde de la Mole—, es decir, el entrevero nunca equilátero del deseo con el cálculo y la vanidad, tiene un antecedente en la obra de Benjamin Constant, quien ofrecería a sus díscolos herederos un dechado de novela introspectiva centrado en el estudio de los afectos y el tartamudeo yoico, y, por encima de todo, la posibilidad de concebir la pasión amorosa no ya en términos de arrebato sensual sino, en todo caso, de operación de lectura —de los otros y de sí mismo—.
Tal es así que los narradores de la escasa obra de Constant parecen ajenos al amor, puesto que consagran a proferir hipótesis y rebatirlas el tiempo que podrían haberle destinado. Se trata, más bien, de una única voz que no se molesta en disimular el pespunte autoral y que solo pone el cuerpo para hurtarlo; asaltada por la duda y entregada a una estrategia de aplazamiento que resguarda el deseo al precio de no realizarlo. El mecanismo es consustancial a la obra —en su vertiente estética y, según se dice, también en la política— de quien tenía por lema que lo único constante es la inconstancia.
En el prefacio a la tercera edición de 1824 de Adolphe, Constant señala que esa novela nació de su empeño en persuadir a un par de amigos del interés que podría suscitar una novela que “tuviese solo dos personajes, y cuya situación fuera siempre la misma”. En virtud de la economía de elenco y acciones, Cecilia podría considerarse la materialización cabal de aquel proyecto. Irresoluta, voluble y más ligera que su primera y más conocida novela, Cecilia escande el relato de los amoríos del narrador a partir del divorcio entre lo que piensa y hace, o más bien entre lo que piensa y dice, puesto que el hacer queda fuera de escena. Tan ceñido el relato a las circunvoluciones del pensamiento que la única descripción externa (sobre el clima) que sirve de contrapunto acontece cerca del final y adopta la forma de una falacia patética.
Si se hace caso omiso de títulos nobiliarios y otros resabios de época, esta pieza escrita en 1809 y exhumada en 1951 no deja de pasar por un relato contemporáneo: el de un hombre que se debate entre dos mujeres, o más bien entre las fuerzas opuestas del amor y el deseo; y para quien, en la elección, o en la imposibilidad de llevarla a cabo, se juega la consistencia de algo más que aquello que se le escapa. La dócil, tierna y lozana Cecilia, por un lado; y la culta, avasallante Madame de Malbée (trasunto de Madame de Staël), por otro, completan los vértices del triángulo. Cuando está con una, añora a la otra; y cuando está con la segunda, vuelve a pensar en la primera; ninguna de las dos está del todo presente sin que la otra haga falta: “Yo había querido separarme de la Mme. de Malbée, yo había querido unirme a Cecilia y había caminado por senderos oblicuos, hacia esa meta que tantas circunstancias hacían difícil de alcanzar”.
El prólogo de Daniel Guebel a la presente edición —que recupera el trabajo de Silvina Bullrich para Emecé en 1953— alude al “histerismo desbocado del personaje masculino”, rasgo que emparentaría la obra de Constant con los vaivenes amorosos de Rojo y negro. Pero mientras en Julien Sorel la insatisfacción es el puntapié que precipita sus decisiones, en Constant predomina el titubeo, la querencia a diferir el acto. “¿No es acaso igual que pase lo que usted quiera o que usted quiera lo que pase?”, le espeta un religioso, para concluir luego: “Lo que usted necesita es que su voluntad y los acontecimientos estén de acuerdo”. Tal vez fuera así porque, para el autor de Cecilia, el amor distaba de ser el apetito que mueve a conquistar el mundo, ofreciéndose en cambio como un concierto de voces disonantes.
Benjamin Constant, Cecilia, traducción de Silvina Bullrich, epílogo de Daniel Guebel, Luz Fernández Ediciones, 2026, 92 págs.
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