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Algunas palabras, junto con su significado, llevan consigo un valor agregado. Es el peso que en ciertos casos les asigna la historia. Ocurre entonces que parecen haber quedado tomadas por ese acontecimiento que en algún momento las traspasó por completo hasta modificarlas en sus puntos de referencia. Continúan existiendo como un elemento lingüístico entre los demás, pero a partir de allí y en cada futura aparición serán, además de eso que significan, algo que las excede. Cuando Edgar Allan Poe utilizó como estribillo de su poema “El cuervo” la palabra nevermore, posiblemente no fuera del todo consciente de que quedaría definitivamente asociada a su creación, que buscó darle forma al sentimiento de melancolía producido por una pérdida irremediable. De todos los temas melancólicos —se pregunta Poe—, ¿cuál lo es en mayor grado? La respuesta es obvia: la muerte. ¿Y cuál, de entre los temas melancólicos, el más poético? La muerte de una mujer hermosa, se responde a tono con el tópico romántico de su época.
El poeta Mario Arteca se apropia de la palabra nevermore para darle título a un libro tan notable como singular. Uno de los epígrafes, situado al comienzo de este largo texto que trabaja con los límites de lo clasificable, es una cita de ese poema en la que nevermore es traducida al español como “nunca más”. Otro, el fragmento más recordado del alegato del fiscal Strassera en el Juicio a las Juntas de la última dictadura militar: “Quiero utilizar una frase que no me pertenece, porque pertenece a todo el pueblo argentino. Señores Jueces: Nunca Más”. Pero en el traspaso de una lengua a la otra, en la traducción que iguala en la cita un enunciado con el otro (“nunca más”) queda omitida, para hacerla más evidente, la intencionalidad de la expresión en cada uno de los casos: la temporalidad que refieren es distinta. El poema de Poe es un lamento por lo ya nunca más presente que señala al pasado. El alegato de Strassera, en cambio, es la exigencia de un imperativo cuya invocación se dirigía al porvenir: era deseo de futuro.
Arteca es una especie de maestro en el arte de la dislocación y la construcción de temporalidades difusas a través de la conjunción de elementos de muy diversa índole. Se podría decir que es un artista de la proliferación, si uno se atiene a la extensión de su obra y de sus poemas, que se van hilando como por zonas: ensayísticas, poemáticas, coloquiales, novelísticas, anecdóticas. Frente a sus textos, uno creería estar en presencia de un gran collage, solo que la fuerte impresión que producen no es la de un texto disgregado. Se trata de una fragmentación cohesiva a través de ese tono suyo peculiar en el que los poemas conforman una suerte de caleidoscopio lingüístico. Tanto para los ochenta y siete poemas que conforman Nevermore como para el libro en su conjunto vale aquello de que el todo es algo más que la suma de las partes. ¿Qué es ese todo que suele aparecer como efecto de lectura en los libros de Mario Arteca? El uso del collage, en todo caso, funciona como algo más vivo que una mera técnica con la que unir elementos dispares. Es así que la mixtura se hace visible no como un procedimiento que antecede a la diversidad textual que es parte de la hechura del poema, sino como el resultado que se desprende de ellos. Lo heterogéneo de los elementos resalta entonces en sus diferencias para unificarse en un espacio que suponemos mayor: el fluir de una conciencia y de un sujeto que los vivencia, los reflexiona, los anota, los procesa. Arteca es, en este sentido, y para decirlo con Harold Bloom, un poeta fuerte.
Cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa, afirma un poema de Alejandra Pizarnik. Es el mismo en el que alguien espera a que un mundo sea “desenterrado por el lenguaje”. Con su énfasis puesto en la tarea de acumular y destilar significaciones —y con un tono muy distinto—, Arteca se mueve en este libro un poco en esa dirección, a pesar de la certeza de que “existe una diferencia esencial entre el sentimiento y la realidad física”: “Soy una criatura sorpresiva cuando / escribo, o mejor, cuando recupero”, dice uno de sus versos. Rememorar, recuperar, restituir: palabras cuyo peso los textos calibran y expanden. Nociones que Arteca merodea y asedia en la misma medida en que estas merodean y asedian a ese sujeto poético localizado en el abismo de esa diferencia esencial entre “sentimiento” y “realidad física”: una realidad inconmensurable en la que nada ocupa el lugar de desecho, en la que lo visto y lo oído (una discusión entre cliente y proveedor en un supermercado chino; un ventilador que da fresco en una habitación; las imágenes generadas en estados de ensoñación; la música con la que se ha crecido, la relación con una hija, y así se podría seguir con la enumeración hasta el infinito) son material y cuerpo de la escritura y el pensamiento: “Si la poesía tiene lugar en todas partes eso / no se limita al sentido o al texto, en el aspecto / libresco de esta última palabra. Queda por pensar, / entonces, lo que ocurre en nuestro mundo”.
Mario Arteca, Nevermore, Ediciones del Camino, 2025, 266 págs.
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