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Artpress, una narración propia

Ezequiel Alemian

LITERATURA ARGENTINA

En el relato inaugural de Artpress, una narración propia, Ezequiel Alemian cuenta su relación con la revista de arte francesa, con la que se topa en un momento de su vida del que no recuerda demasiado. Es un mito de origen narrado sin estridencias —a contramano del César Aira de Artforum, la comparación se impone— y con ciertas dificultades para entender los sucesos que lo envuelven.

El narrador se concentra en describir el formato de la revista: cómo se organizan las fotos, las firmas, las columnas de texto, tanto el original como la traducción inglesa. Sugestivamente, la factura del objeto despierta mayor interés que el contenido; un desvío no tan ajeno al que practican los autores de los artículos, quienes suelen aproximarse a los temas de manera oblicua.

El protagonista comprará Artpress durante siete años (sin darse cuenta de que la está coleccionando) hasta que progresivamente compruebe que la librería donde la consigue ha dejado de importarla. Entre lúcido y alienado —revolviéndose en su propio interior–, parece no advertir el vínculo que ha generado con la publicación francesa, aunque reconoce su firme incapacidad para reemplazarla por otra. 

Son treinta años de compañía, casi un matrimonio largo, de los que ya no quedan. La hojea en sus ratos libres. Lee artículos por curiosidad, buscando algo que no sabe y que tampoco puede encontrarse, a pesar de que subraye los hallazgos con lápiz o birome. Todo ocurre en riguroso desorden, o con un orden arbitrario que lo induce a leer “los artículos como si fuesen novelas”. 

Y de pronto un día, con los ejemplares sobre la mesa, ese sujeto incierto se dispone a trabajar en una antología de notas y traducirlas (es decir, importarlas de una lengua a otra). ¿Con qué objetivo? Con la ilusión de mitigar el peso de las preguntas que lo persiguen: “¿Quién es él cuando empieza a comprar la revista? ¿Cuáles son sus deseos, sus preocupaciones?”. Pero fundamentalmente se pregunta, igual que un preso (preso del arte; aquí sí coincide con Aira): “¿Qué ha pasado con el tiempo?”. 

Un instante después ya estamos sumidos en el mismo trance que el lector de la revista; atravesados por esa voz, empezamos a leer la colección de cuarenta y dos artículos, entrevistas y reseñas publicadas en Artpress entre enero de 1994 y junio de 2001, si bien la distribución de los textos altera la cronología, salvo en los extremos.

La selección expone a un grupo de críticos fascinados por conceptos que la tradición solía expulsar. Lo informe, el estereotipo y la decepción pierden su marginalidad teórica y se convierten en el centro de la reflexión. Un impulso crítico que a menudo encuentra en los nombres propios un punto de partida: de Cindy Sherman a Claude Cahun, pasando por las entrevistas a Thomas Hirschhorn y Allan Sekula.

Son artículos repletos de referencias —a Deleuze, Benjamin y Bataille, metáforas y desvíos, compuestos en un estilo claro y complejo, poco cartesiano. Justamente, el carácter heterodoxo en el modo de ejercer la crítica le otorga unidad a la antología: cada análisis es una exploración en arenas movedizas.

No todos los textos tienen la misma densidad ni espesor crítico. La oscilación entre la academia y la divulgación resulta patente. La antología ofrece lugares comunes (“como en general ocurre con lo cómico, de una profunda seriedad y melancolía”), anomalías (“la idea de mediocridad es una de gran generosidad porque permite existir a todos”) e iluminaciones (“la cinefilia es una especie de muralla contra el tiempo —la vida—”). Un conjunto orientado a hacer sensible el misterio del arte.

En el centro exacto del libro aparece “El siglo Mychkine”, de Jean-Yves Jouannais, dedicado a reflexionar sobre la idiotez bajo el nombre propio del protagonista de la célebre novela de Dostoievski. Que ocupe el centro exacto es casi una declaración de principios, como si para Alemian —personaje, antólogo, traductor, pero ante todo un lector que se apropia de las narraciones ajenas— la ubicación expresara tanto o más que el sentido de los textos.

Los artículos pertenecen a la transición —de ahí la sutil melancolía que rezuma la colección— hacia el mundo que vendrá (el nuestro) y por eso notamos la insistencia en ciertos temas de la época: la expansión del arte contemporáneo, la fotografía (sobre todo), el capital financiero, el valor de la obra y el documental. Leídos hoy, los textos parecen levemente anacrónicos, como de modas pasadas, pero es esa condición inactual la que les permite entreverarse en nuestro presente.

Una frase de Pascal Convert, en el diálogo que mantiene con Georges Didi-Huberman, podría responder a la pregunta que se deja flotando al final del relato de Alemian y contamina el volumen entero: “El tiempo es nuestra duda y no podemos destruir lo que nos funda salvo destruyéndonos a nosotros mismos”.

 

Ezequiel Alemian, Artpress, una narración propia, Ripio, 2026, 326 págs.

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