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Tango satánico

László Krasznahorkai

OTRAS LITERATURAS

El cooperativismo nunca fue un proyecto nacional. Si alguien alguna vez aspiró a construir un país macrosolidario, muy rápido debe de haberse resignado a la proliferación celular de clubes, agrupaciones y comunidades que duran hasta el día de hoy, frágiles, siempre a un barquinazo de degenerar en mafia o en secta. ¿Qué motivación sostiene la existencia de estos colectivismos? Aguantar, se podría responder, aunque quizás no tanto. Mucho antes de su Nobel, bastante antes de que Béla Tarr ultimara la ya clásica película homónima, Lászlo Krasznahorkai dedicó Tango satánico a narrar esa supervivencia y pormenorizarla como si buscara estirar sus efectos, hacer de la agonía insalvable una supervivencia nueva, un subterfugio para sobrevivir cada vez un poco menos, pero en definitiva sobrevivir.

Aguantar implica, a pesar de todo, por mínima que sea, la conservación de la esperanza. Eso es lo que mantiene juntos, en la novela, a los pobladores de una explotación agrícola en ruinas; contra las viejas rivalidades, el alcohol y los deseos mal conducidos, todos esperan que la cosa cambie pronto, que alguien venga. Y quien viene —vuelve— es el antiguo líder de la asociación, a quien se presumía muerto o recluso y cuya llegada reenciende los viejos planes de bonanza. El escenario principal es la fonda donde los cuerpos beben, discuten y bailan, mientras afuera la borrasca difumina las casas venidas a menos, las herramientas oxidadas. Metáfora de una abstracción imperativa: algo pasará, tiene que pasar, siempre y cuando no esté pasando.  

Leída cuarenta años después de su publicación original, la tentación de endosarle a la novela una equivalencia rioplatense es demasiado grande y tal vez no almacene una explicación lúcida, pero sobran elementos objetivos para darle cauce. Lo que en la obra del húngaro se describe como una explotación condenada al hundimiento, en la ribera del Atlántico Sur —cuna tanguera, no olvidemos— toma la forma de un astillero sin futuro. En Tango satánico hay un médico que registra lo que acontece en el caserío con una minuciosidad análoga a la contemplación silenciosa del doctor Díaz Grey, gólem del publicista Brausen, quien desde su consultorio mira a Santa María y al hacerlo la erige, la fragua, le da su textura contingente. Como Larsen, Irimiás es el antihéroe que regresa después de años. Los personajes de Krasznahorkai hasta fuman parecido a los de Juan Carlos Onetti: el cigarrillo invariablemente en una de las comisuras, casi vertical contra la ventisca o bajo la tormenta.

Pero si en El astillero el retorno del líder disparaba la secuencia anecdótica, los malentendidos y la deflagración de las ilusiones, en Tango satánico la anécdota es la espera misma. Dos tercios de la novela discurren entre el anuncio del retorno y su concreción; todas las actividades se destinan al ensanche de una creencia rapaz, porque fuera de ella no hay nada, y mientras tanto el lector presencia el deslizamiento de unas cuantas vidas. A la esposa de alguien la desean todos, una niña abusada persigue a un gato, un comerciante hace cuentas, una mujer reza mientras se autopercibe en un purgatorio que no eligió ni merece. Los episodios se engarzan en un tejido que un solo miembro del elenco logra distinguir: “Recordó lo ocurrido durante el día y comprobó que los hechos estaban conectados; le dio la sensación de que esos acontecimientos no se relacionaban de forma casual y aleatoria, sino que hasta el vacío entre ellos era salvado por un sentido indeciblemente bello”.

El vacío: ese lugar de la fe que Krasznahorkai rellena con su prosa en bloque, alérgica al abismo del punto y aparte. El rudimento talla la materia sin quitarle eso macizo que trae de origen, la enorme piedra realista en la que de vez en cuando se incrusta algún pasaje onírico, alguna alucinación que las criaturas de Tango satánico olvidan sin poder evitarlo. En el desfile de los anhelos colectivizados, es justo que también la carga de la desmemoria se reparta entre todos por igual.

 

László Krasznahorkai, Tango satánico, traducción de Adan Kovacsics, Acantilado, 2025, 304 págs.

16 Jul, 2026
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