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Los músicos españoles llevan muchas veces con su gentilicio una especie de carga semántica que, como cualquier esencialismo, puede llegar a posicionarlos de antemano en un lugar más o menos fijo. A pocas músicas como a la hispánica le sucede que su raíz le va prendida como si fuese una escarapela. La cuestión aplica tanto para la música culta como para la popular. Albéniz y Falla fueron destacados compositores españoles (como lo ha sido Mompou), pero cuando Miles Davis elige apropiarse de la musicalidad hispánica lo hace versionando el movimiento lento del Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo, también grabado en guitarra por Paco de Lucía. Quien conozca bien ese género seguramente podrá nombrar a más de un destacado intérprete de jazz contemporáneo de origen francés e italiano (por ceñirse solo a la Europa de raigambre latina), ¿pero a cuántos españoles? ¿Se incluiría en ese rango a los guitarristas Tomatito tocando en dúo con el dominicano Michel Camilo standards de jazz, o al Niño Josele versionando a Bill Evans con aire flamenco? Quizás se trate más bien de que la música española —o mejor dicho, su tradición— pasa, básicamente, por otro lado. Las escalas de origen arábigo que dan identidad al flamenco tanto como los melismas y las sonoras respiraciones en las voces del cante jondo son en definitiva una potencia tal vez por encima de cualquier otra en el momento de pensar una influencia para sus músicos o al menos para aquellos y aquellas que hacen pie (aunque sea uno que pisa fuerte) sobre un arte de base popular como es el formato de la canción. La histórica hibridación del sur de España (siglos de presencia musulmana, judía y cristiana) dio sangre a la cultura gitana andaluza que es, en gran medida, la imagen musical que muchas veces nos hacemos de España. Y a todo esto, Silvia Pérez Cruz. La notable cantante y compositora de origen catalán vuelve a afirmar en Oral_Abisal su interés por los lugares de mezcla y mestizaje de las diversas tradiciones y los devenires de la canción ibérica, con una oreja puesta en su continente y la otra en dirección al sur de Gibraltar, o atenta a lo que se escucha de este lado del Atlántico (curiosamente, uno de sus primeros trabajos como cantante y en colaboración con el pianista catalán Joan Diaz —anterior a su primer trabajo solista de 2012— fue poniéndole voz a la música de Bill Evans). De padre músico y madre poeta, Pérez Cruz se mueve en ese universo como dueña por su casa: recita cantando y lo mismo a la inversa. Su voz es preciosa, si vale decirlo así.
En otra época, la palabra fusión utilizada en música definía quizás, o antes que nada, un tipo de sonoridad (uno propio de las guitarras o de los bajos o de unos teclados sintetizados). Hoy el término está más cercano al sentido con que lo usaría un cocinero: tradiciones musicales como condimentos, paletas de sabores y combinación de colores que en principio el oyente no creería relacionados. Pérez Cruz trabaja con ese ideario, pero con buen gusto y mano muy fina. Sus ingredientes son naturales, no envasados: lo que consigue es algo orgánico, no un pastiche multitarget; lo que hace no es world music sino música de distintos mundos que ella mueve para llegar a curiosos sincretismos sonoros.
En “Mar Muerto” la artista canta a los migrantes: “No hay memoria / no hay piedad / de África hasta Gibraltar / a remo // Cuando tienes que migrar / y a su vez beberte el mar / da miedo”. La colaboración en este caso son las voces migrantes de Soly Malamine y Mohamed, quienes aportan a la pista sus lenguas maternas de Senegal y Gambia. En “Mar de na Catalina” Pérez Cruz crea con el catalán y un coro de mujeres una atmósfera intimista y marina con la que describe el camino de la tristeza a “la calma serena” cuando se empieza a cantar con otros. A cada una de las quince canciones que conforman el disco se le podría decir un piropo. Abisal: perteneciente al abismo; que se extiende más allá del talud continental. Más acá tenemos “Chundwa (Chacarera)”. Comienza con un recitado en wayuunaiki, lengua nativa de un pueblo originario de la península de Guajira realizado por el artista indígena colombiano Seyki. Se oye el repique de chacarera característico de esa música de Santiago del Estero, luego la sugerencia de una cadencia andaluza y finalmente su voz con flexión catalana y gitana cayendo en el molde métrico y las acentuaciones propias de ese estilo del noroeste argentino. “Si no te quieres perder piensa siempre en espirales / recuerda de dónde vienes y sanarás t’os tus males”. El resultado es hermoso.
Silvia Pérez Cruz, Oral_Abisal, Sony Music, 2026.
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