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Volver de las estrellas

Stanislaw Lem

OTRAS LITERATURAS

La idea de viajar en el tiempo y el espacio es una constante de la imaginación científica. Intuitivamente sabemos lo que es la distancia y lo que significa moverse en ella, pero la idea de un desplazamiento en el tiempo es algo del todo enigmático para nuestra experiencia. Los astrónomos, sin embargo, sostienen que el presente (el único modo de la temporalidad al que creemos tener un acceso verdaderamente inmediato) no existe en términos estrictos. Toda acción o movimiento están desfasados en un delay entre el lugar de su producción, su propagación en el espacio (que puede ser tan pequeño como el de una habitación) y su captación por un receptor. La percepción de las cosas nos llega siempre con un retraso, aunque este sea infinitesimal. Si bien teóricamente posible (si se superara la velocidad de la luz, dicen los físicos, se estaría viajando hacia atrás), la concreción material de ese supuesto es aún un imposible. Tal vez por eso los viajes a través del tiempo han sido motivo de todo tipo de fantaseos para la mente humana, lo cual resultó verdadero caldo de cultivo para la literatura de índole fantástica. En el caso de la ciencia ficción, esta ha sido generalmente futurista. El viaje es preeminentemente hacia adelante, donde el futuro es un estadio de la civilización tan avanzado en lo tecnológico que ha provocado un giro tal que la humanidad ha comenzado a ser algo distinto, muchas veces con consecuencias desastrosas o espeluznantes para lo que estimamos desde una vara todavía humana.

Volver de las estrellas, de Stanislaw Lem, es una novela originalmente escrita en 1961, el mismo año en que Yuri Gagarin se convirtió en el primer hombre en viajar al espacio y orbitar la Tierra desde una nave espacial, en pleno auge de la carrera espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría. La narración sigue el deambular de Hal Bregg, piloto de una expedición enviada a una misión fallida en la constelación Formalhaut, en su regreso a la Tierra luego de ciento veintisiete años terráqueos (pero diez para él, que ha permanecido en cubierta) perdido en el espacio exterior. El tiempo presente de aquella misión es también un futuro eventual. La posibilidad de viajar a los confines de las galaxias ha sido franqueada por el avance de los conocimientos de su época: “A una velocidad de una fracción de porcentaje menor que la velocidad de la luz la tripulación envejecería apenas unos meses, arribando a las profundidades de una metagalaxia y volviendo a la Tierra. Pero en la Tierra ya habrían transcurrido no cientos, sino millones de años. La civilización que encontrarían los viajeros no podría integrarlos. Sería más fácil integrar a un neandertal a la nuestra”, resume el protagonista, hablando de la teoría científica que ha dado origen a la expedición de la que fue parte y que hace de nudo argumental de la historia. 

La descripción de escenarios distópicos, por tecnologizados o postapocalípticos, fue una de las principales fuentes de material de la que se nutrieron para la elaboración de sus tramas los imaginarios literarios y audiovisuales sci-fi de mediados del siglo XX. Así como para Barthes el barómetro de Un corazón sencillo, el cuento de Flaubert, tenía como finalidad la construcción de un efecto de realidad para el lector, los ambientes desmaterializados y los universos líquidos de sociedades futuras suelen establecer esa ubicuidad que era propia del imaginario futurista del siglo pasado. Sucede que, leídas ya bajo un paradigma más cercano al que esas novelas de algún modo entrevieron y ayudaron a establecer, la lectura puede adquirir un tinte de búsqueda comprobatoria: ¿hasta dónde acertaron o le pasaron cerca a nuestro tiempo los novelistas de ciencia ficción con sus conjeturas imaginarias? En Volver a las estrellas se describe un sitio llamado “el real”, el cual es artificial “pero no se puede distinguir”, y donde se puede hacer lo que a uno se le ocurra, desde una riesgosa expedición por África hasta practicar deportes; hay además fotos “hechas de tal modo que al mirarlas se veía la profundidad, y hasta las olas marinas se movían, como si no fueran fotografías, sino ventanas abiertas a un espacio real”; autómatas cuyas imitaciones son tan perfectas que ciertos modelos “son imposibles de diferenciar de un hombre”; libros que ya no existen como objetos impresos en papel sino como copias que se reproducen sobre cristales (los originales se llaman cristalomatrices). El planeta al que ha regresado Bregg está desprovisto de todo peligro. Los humanos viven en la era de la betrización, una intervención de orden político-sanitaria (hoy le llamaríamos biopolítica) que “produce la desaparición de la agresividad mediante la falta de imposición, y no como imposición”. La Tierra se ha convertido en un lugar donde es posible conseguir todo lo que se desea: la sociedad vive estabilizada en un modo de organización en el que priman la amabilidad y la aceptación de cualquier contrariedad, pero al precio de una vida estancada en la que ya no existen ni la voluntad de saber ni la de poder. Tampoco, como es esperable, el amor y el deseo sexual. El progreso ha convertido el bienestar en algo aterrador.

Un elemento singular de esta edición es la versión al español rioplatense tomada del polaco original por parte de la traductora Bárbara Gill Zmichowska. A lo largo de los diálogos que componen la novela es posible encontrar “che” usado como vocativo, la expresión “saladito” para significar “caro”, o incluso la referencia a una letra de tango, cuando el protagonista se rehúsa a regresar a la Terminal de Adaptación porque no quiere “volver vencido a la casita de los viejos”. En la película Blade Runner existía un mercado negro ubicado en la ciudad de Los Ángeles en el que se traficaban piezas de desarmadero y se hablaba una mezcla de idiomas. El llamado “español neutro” (tan ficticio como la ciencia ficción) es el dialecto en que resuenan en nuestro idioma los diálogos de los grandes clásicos del género, sean doblados o traducidos. La ambientación lingüística de esta traducción nos permite imaginar una curiosa capa de extrañamiento que sobrevuela la distopía presentada: la de unos navegantes intergalácticos que, en una sociedad hipertecnificada, hablan el español de Buenos Aires.  

 

Stanislaw Lem, Volver de las estrellas, traducción de Bárbara Gill Żmichowska, Interzona, 2025, 288 págs.

18 Jun, 2026
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