Huríes

Kamel Daoud

OTRAS LITERATURAS

“Hablemos”, propone la joven Aube a poco de empezar la última novela del argelino Kamel Daoud. Ganadora del Premio Goncourt en 2024, Huríes busca recomponer una historia, contarla por primera vez, extremar la denuncia hasta incluso obliterar su intención. Que la protagonista sea muda e interpele con su voz interior a la hija que lleva en el vientre —a la que a la postre planea abortar— describe las dificultades del propósito de Aube y, en cierto modo, del libro entero: pronunciarse sobre la guerra civil entre militares e islamistas que desangró a Argelia durante la década de los noventa. La difusión de sus horrores está hoy prohibida por ley, bajo riesgo de prisión y multa. Sobre la otra guerra, la independentista contra Francia, sí se puede departir —la sangre derramada entonces fue heroica, necesaria—, pero de la que vino después, que según los cálculos más prudentes dejó alrededor de doscientos mil muertos, es mejor no decir nada, bajo el pretexto de que hacer lo contrario reabriría heridas y haría peligrar la reconciliación nacional.

El problema con Aube es que su herida está siempre abierta. Literalmente: a los cinco años, edad de su segundo nacimiento, un degüello inconcluso le cercenó las cuerdas vocales y la empujó a una vida de cánula forzosa y cirugías inútiles. Ya de adulta, con su orfandad, su tabaquismo y sus formas occidentales, con su peluquería rebalsada de mujeres a la hora de los rezos y sobre todo con su “sonrisa” —así llama a su cicatriz—, desafía al imán de su barrio en Argel. Es una disputa fría, tan desprovista de palabras como el pasado de la tierra donde viven.

Para cuando el viaje hacia Orán se dispara —y con él la vida anterior se desarticula, porque no hay viaje sin entropía—, los discursos proliferan. Habla un librero analfabeto, aunque agudo a la hora de leer a su país: “Hay dos tipos de libro que se venden mucho en Argelia: los libros de cocina y el Corán. Estoy seguro de que no se llevan bien”. Hablan una vieja terrorista, representante de un colectivo de parias invisibilizadas, y un recto imán de provincias, diferente al primero, de mejores modales pero igual inclemencia. Recordar la matanza no trae beneficios, algo que el librero metaforiza mejor que nadie: “Había que creer que diez años de masacres eran sólo una pesadilla, luego un sueño, luego rumores, luego hojas muertas de algarrobo en otro pueblo”. La novela tabica ese desvanecimiento con monólogos a veces estridentes y otras susurrados, parecidos al arrullo de una madre que atiende a su pequeña hurí. Como una Sherezade oblicua, Aube aplaza contando la muerte ajena. En su bolsillo guarda tres pastillas: mientras nada interrumpa el relato, la ingesta no tendrá lugar.

Autor veterano, exiliado en París desde hace un lustro, Daoud no siempre logra que el peso del descargo —así como la corrección política inherente a toda persecución de justicia— se ensamble sin ripio al desafío formal que la ambición de su novela reclama. La densidad del conflicto obliga a ciertos subrayados, ciertas redundancias. Hay mensaje en Huríes, uno áspero, como surgido de una garganta ahogada, con una enjundia que no admite modulación, y su contenido no está precisamente encriptado. La novela trata de hablar; entonces, sin ambigüedades, dice. Quién sabe, quizás esa sea la única manera de que ciertas voces por fin ganen volumen.

 

Kamel Daoud, Huríes, traducción de Lydia Vásquez Jiménez, Cabaret Voltaire, 2025, 512 págs.

17 Sep, 2026
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