Cuentos

Ray Bradbury

OTRAS LITERATURAS

Se podría hacer una distinción sencilla entre la ciencia ficción y el género fantástico por su relativa distancia con la realidad pensada como entelequia. Mientras que la ciencia ficción teje historias con cierto sustento científico que anticipan un futuro posible, el fantástico se aleja más de la realidad, sin ningún fundamento científico, con pura imaginación. Ray Bradbury, asociado desde mitad del siglo pasado a sus crónicas marcianas, cargó siempre con la etiqueta de la ciencia ficción, una inscripción genérica que él mismo se encargó de rechazar con obstinada insistencia en entrevistas, ensayos y prólogos, afiliándose más bien una y otra vez a la narrativa fantástica. Aun refiriéndose a sus obras más cercanas a la ciencia ficción (incluso en el caso de Fahrenheit 451, que reconocía como una novela del género), se jactaba de no predecir el futuro, sino de prevenirlo. No le faltaba razón en el sentido de que Bradbury es, sobre todas las cosas, un escritor de la imaginación puesta al servicio de cualquier género. Los cultivó y destacó en todos: podía escribir fantasía o ciencia ficción, sí, pero también terror (como el excelente “La multitud”) o realismo crudo (“Luz y sombra”), y en todos se reconoce su impronta: ese tono dulce y melancólico, entre lo lúdico y lo elegíaco. La bellísima y monumental edición de sus cuentos (¡ciento trece!), en papel biblia y con ilustraciones de Arturo Garrido, publicada por Páginas de Espuma, se suma a las antologías completas de cuentistas totémicos (de Poe a Gogol, de Zweig a Roth) y viene a dar cuenta de la destreza multifacética de Bradbury, el hombre incandescente.

Y es que en el volumen se reúnen por primera vez en español casi todos los cuentos publicados por Bradbury con afinadísima traducción de Ce Santiago. La editorial optó, con buen tino, por la organización cronológica según las fechas de publicación originales (Bradbury solía reescribirse y un cuento puede tener hasta tres versiones), desde 1943 hasta 2009, un arco que le da una perspectiva histórica a su literatura y permite ver todo el espectro del autor, que empezó publicando en revistas pulp cuentos más vinculados al terror —como “El viento” o “La guadaña”, mucho más cerca de Poe que de Lovecraft— y fue mutando de registros —y puliendo su estilo: su prosa simbólica cada vez más lírica—, para terminar con el realismo nostálgico de “Un encuentro literario”, su último cuento publicado. Está claro que en todos ellos se mantienen intactas sus obsesiones, que cambian de forma, pero vuelven una y otra vez, atravesándolo por completo: la infancia perdida (“La hora cero”, “La sabana”), la acumulación de pasado (“El marciano”, “La autopista”), la cultura como resistencia (“Los desterrados”, “El peatón”), el horror de la muerte (“Había una vez una anciana”, “Caleidoscopio”), lo cotidiano que se vuelve extraño (“El tarro”), el terror doméstico (“Gente sonriente”), el miedo al avance tecnológico (“Marionetas S.A.”, “Vendrán lluvias suaves”), la soledad (“Los largos años”, “El astronauta”). Se incluye también “Marte es el cielo”, el título original de ese extraordinario tratado sobre la nostalgia —¿qué hace? Bradbury tiene una respuesta: te aniquila— que luego en las crónicas marcianas se rebautizó “La tercera expedición”.

Como en los cuentos completos de Poe, un maestro para Bradbury —ahí está “Usher II” para corroborarlo, porque Bradbury, como Borges, reescribía a los autores que admiraba—, el conjunto potencia a los cuentos, los revaloriza y los dota de otra capa de sentido, como si, en lugar de entre tapas duras, estuvieran dentro de una caja de resonancia que amplifica y enriquece el sonido. Y para un autor con una prosa sensorial, casi sinestésica, como la suya, no hay nada como sonar así: vivo. 

 

Ray Bradbury, Cuentos, edición de Paul Viejo, traducción de Ce Santiago, prólogo de Laura Fernández, Páginas de Espuma, 2026, 1344 págs.

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