Drama
Wakayama Bokusui (1885-1928) fue un poeta japonés. Sus composiciones son tankas (poemas de treinta y cinco sílabas que se escribían en una sola línea continua, pero que se traducen en los idiomas occidentales en cinco versos con el patrón de cinco-siete-cinco-siete-siete); o haikus (poemas de diecisiete sílabas distribuidas en tres versos de cinco, siete y cinco sílabas), dos formas tradicionales de la poesía japonesa que Bokusui renueva. Poeta caminante, recorrió los senderos de su país, vivió casi como un mendigo, cerca de la naturaleza y de los bosques; también bebía grandes cantidades de sake y murió de cirrosis, en la pobreza. Se vestía como un campesino, a tal punto que en una ocasión en que se presentó a visitar a Hagiwara Sakutaro, el padre de Sakutaro no lo dejó pasar y lo despidió, pensando que era un vagabundo.
Así era su poesía: una búsqueda de la forma más sintética y despojada de decir las cosas esenciales, una tristeza como al trasluz, una cierta melancolía, una atención amorosa a los elementos más sutiles de la naturaleza. Nubes, flores, un pajarito, el sol, el mar y las huellas de lo humano en un amor perdido, un templo abandonado en el bosque, la soledad, la nimiedad ante los ciclos naturales, sus fuerzas, los cambios. La voz está siempre contenida, como si dijera las cosas al pasar, o como si no se estableciera jerarquía entre los elementos: la humildad no es una pose aquí, es un modo de vivir y de escribir. De ahí los poemas expanden su potencia. Brevísimos se aíslan como puntos de intensidad que irradian en distintas direcciones: la belleza de lo mínimo como medida, a la vez, de la dimensión de la tragedia, y su inanidad ante lo que es más grande que eso. O la simple comprobación de un estado de cosas, que desaloja al yo o lo desplaza: “Dicen que el corazón / corre como el agua / nunca se detiene; / pero en la pobreza a veces / una ciénaga negra”.
Otras veces el yo está (una marca del poeta) pero tratando de borrarse o de dejarse ir hacia otra cosa, en un anhelo por estar en sintonía con lo que lo rodea, con el entorno natural: “A la sombra de la montaña / contemplo el agua correr; / la tristeza / se hace mi cuerpo / que se hace agua”.
La lectura de los poemas es una lección de poesía, y algo más también: un llamado a “que encuentre su verdad / cada palabra”.
Los poemas de esta antología bilingüe respetan el silencio que rodea su forma, diagramados uno en cada hoja impar, con la escritura en caligramas y su transcripción fonética en las pares. Hay un prólogo, una cantidad de notas al pie con información detallada pero no excesiva que repone contextos culturales y datos históricos, y dos escritos o semblanzas, además de fotos del maestro.
Una de las semblanzas es de Atahualpa Yupanqui, de 1964. Tiene algún desliz de información, pero eso no importa; lo interesante aquí es la visión que este poeta tiene del otro, y también de ese paisaje, y los lazos que establece “del algarrobo al cerezo”: los lugares, la naturaleza, la gente, las historias que cuentan los abuelos, en la transmisión de la poesía como lazo entre las lenguas y los seres. La poesía argentina también como lugar privilegiado que escucha en eco la tradición de una poesía lejana (japonesa, budista, o china en el caso de Juan L. Ortiz) sin afincarse en colonialismos culturales, sino ajustada a la pequeña medida de un hombre que lee y escribe, atento a la más mínima cosa.
Wakayama Bokusui, El país de la primavera triste. Antología poética bilingüe, traducción de Kamiya Mamoru y Ariel Pérez Guzmán, edición al cuidado de Alejandra Kamiya, Editorial Duino, 2026, 256 págs.
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