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Retoquemos, para empezar, la frase de Goethe (popularizada por Freud): lo que de tu madre has heredado, adquiérelo para que sea tuyo. La herencia, sea económica o simbólica, dista de ser mensurable. Nadie sabe qué dejará como legado, ni tampoco qué recibirá. La cuestión es hacer algo con ella (incluido, por supuesto, traicionarla), para que no se pierda ni se pudra.
Andrés Bedoya (Bolivia, 1978) recibió de las manos de su madre (la mano que lega, corta, crea) una serie de dibujos realizados durante sus estudios de moda, que permanecieron archivados por décadas: cuerpos femeninos, retratos, prendas y bisutería que luego confeccionará. A veces son bosquejos; otras, las figuras ya están resueltas. Pero lo que comparten es un alto grado de sutileza, una línea audaz, delicada, como si la madre hubiese puesto más esmero en dibujar que en diseñar indumentaria.
Cynthia de Ugarte de Bedoya murió en 1994, antes de cumplir cincuenta años. Cuentan que llevó una vida agitada, ambiciosa, repleta de proyectos. Fue, lo que se dice, una mujer deseante, una madre que no quiso ser “todo madre”. Treinta años después, el hijo retoma esa estela y expone en Buenos Aires (ciudad que Cynthia visitaba con frecuencia) sus dibujos sin la presión de tener que rescatarlos de un supuesto olvido. No hay homenaje convencional a la madre muerta. Los dibujos son la presencia ausente de lo que fue, de lo que pudo haber sido, pero fundamentalmente de lo que es: una serie de trazos fulgurantes.
La cortina de Drama se corre en Colección Balanz para dar lugar a la función, aunque en el recorrido no se perciben las trazas típicas del género, sino una apuesta más osada, tal vez más simple: ¿se puede matizar el drama apostando por el drama? Como si un drama menor pudiera pacificar al mayor, el drama íntimo frente al drama público, el ético y el estético. Desde el inicio, una red significante atrapa al espectador, lo incita a desplazarse por una muestra cuyo sentido se teje y se desteje como lo haría una araña de Louise Bourgeois.
Bedoya compuso casi todas las esculturas para la ocasión, con una lógica site-specific. Utilizó vidrios, espejos, cadenas, acero, ceniza. Pero Drama no se caracteriza por amontonar objetos; la apuesta es más bien minimalista, de un minimalismo raro, converso, con visos de barroco. Entre lo artesanal y lo conceptual, las piezas tantean su filiación. Tocuyo, por ejemplo, es un lienzo crudo de algodón que arma una silueta que podría asemejarse a una momia o a un juguete sexual. Muy cerca, encontramos una figura humana, fragmentaria y fantasmal, hecha de pequeños espejos. El centro afectivo del trayecto lo concentra la cota de malla dorada que descansa sobre la silla, como el vestido de una estrella de Broadway tras el último acto. El montaje obliga al espacio a dejarse moldear por las esculturas. Bedoya —y en esta operación debemos sumar a Juliana Fontalva, la curadora de Drama— crea un espacio donde las cosas, a su manera, nos tocan; de ahí que las sombras sean tan importantes como las piezas. Al mismo tiempo, las esculturas, varias de ellas producto de un ensamble, exponen una doble estampa: precarias y peligrosas, débiles y afiladas. En este doble juego entre el objeto y su proyección (tanto mental como empírica), la ambigüedad se instala en la sala, igual que algunas madres, capaces de dar a beber el veneno y el antídoto en la misma copa.
Hacia la izquierda del ingreso, una cortina negra promete la develación de un secreto. En efecto, la tela oculta un cuarto oscuro en donde un minúsculo feto de oro pende de un hilo, siempre acompañado por su sombra, mientras un monitor reproduce imágenes en las que podemos identificar referencias estéticas del artista. El feto sugiere el origen (¿habría que haber empezado por ahí?) de una vida cuyo horizonte será la muerte, sellada por la calavera que nos observa antes de entrar. Marcando el pulso de los acontecimientos, suena en el interior un zumbido con ecos biográficos.
A no confundirse, Drama no es una muestra sobre la madre de Bedoya (aunque madre y drama, si trocáramos una letra, serían casi anagramas), sino con, cabe y contra ella. Es también una conversación inacabada (y por eso inacabable), pero sobre todo es la posibilidad que descubrió el artista de transformar la herencia materna —y no me refiero solamente a los dibujos— en un deseo propio.
Andrés Bedoya, Drama, curaduría de Juliana Fontalva, Sala Nazaré, Colección Balanz, Buenos Aires, 25 de septiembre de 2026 – 16 de enero de 2027.
Imagen: detalle de Vestimenta II, de Andrés Bedoya, 2016, fotografía de Nicolás Dodi.
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