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Un hombre lleva consigo un frasco de ácido clorhídrico con la idea de arrojarlo algún día contra alguien. Lo lleva durante su viaje por Tokio, modulando los entresijos de una separación amorosa que, en principio, no requiere de ninguna violencia para consumarse. Curiosa manera de empezar una historia de amor, o de lo que queda de él, como tal vez sea el caso. Pero es sabido que Jean-Philippe Toussaint prefiere trajinar senderos poco transitados.
En sus primeros libros, desde El cuarto de baño (1985) y La cámara fotográfica (1989), los objetos introducían un pequeño desbarajuste en el discurrir cotidiano de sus protagonistas; ahora, en cambio, el desconcierto tiene poco o nada de inocente, por más que preserve el trazo de aquella extrañeza. En Hacer el amor, el mundo minucioso, ligeramente absurdo de Toussaint sigue gobernado por una vigilancia geométrica de las cosas y los movimientos, pero debajo de esa mirada impasible asoma algo que antes vibraba en sordina y que ahora recorre de cabo a rabo la novela, como si el humor de Toussaint empezara a mostrar, junto con una nueva plasticidad en las frases, un tono más oscuro. La melancolía tiñe entonces la mirada del narrador y, con ella, la mirada que devuelven el paisaje y los objetos.
Una ruptura amorosa, en la óptica de Toussaint, atañe a la superficie de las cosas, a la gracia pictórica del gesto, y no al drama íntimo, mucho menos a la tragedia pasional. El amor entre Marie y el narrador se termina, o más bien, no cesa de terminarse (“éramos tan frágiles emocionalmente y nos encontrábamos tan desorientados que la ausencia del otro era, sin lugar a dudas, lo único que aún podía acercarnos, mientras que, por el contrario, nuestra presencia solo podía acelerar el desgarro, sellar la ruptura”), y el relato se demora en la luz que entra por una ventana, en una prenda que se derrama sobre una silla o en una lágrima, trémula, que tarda en caer. También en los destellos de la ciudad. Tokio, “como un decorado de teatro, falso, lleno de sombras y de temblorosos puntos de luz”, aparece y desaparece detrás del vidrio de un taxi, se refleja en una habitación, cambia de color sobre el cuerpo de Marie, vuelve a entrar por una ventana, se disipa en la luz azul de un televisor o en la franja amarillenta que se filtra por debajo de una puerta. El mundo de Toussaint se ofrece en pinceladas discontinuas, facetado en destellos.
Pero es tal vez el trabajo con el párrafo como unidad autónoma —rasgo distintivo de la obra de Toussaint— lo que contribuye, al mimar a cada uno con sus propios planos y velocidades, a que cada escena encuentre su propio ritmo e impronta visual y, al leerlas en serie, dentro del dinamismo del conjunto, semejen cuadros en movimiento. Un tire y afloje entre inmovilidad y dinamismo también característico de la prosa del belga. Lo curioso es que este geómetra de la distancia inconmovible, heredero díscolo de Robbe-Grillet (si bien este libro lo encuentra más cerca de Marguerite Duras), logra descomponer los elementos de la imagen no ya para avivar el regodeo objetivista sino a fin de rozar, como dirá en otra de sus novelas, la “quintaesencia de lo real”, es decir, “su núcleo sensible, vivo y sensual”. Una de las magias parciales que depara la lectura de los últimos libros de Toussaint estriba en constatar el calado hondo de tanto desapego.
Junto con Huir (2005), La verdad sobre Marie (2009) y la aún no traducida Nue (2013), Hacer el amor integra una suerte de microcomedia humana en torno a los avatares de la relación amorosa. Reunidas en francés bajo el título M.M.M.M., las cuatro novelas se bastan cada una por sí misma, pero también se enriquecen y hasta se contradicen con las demás, cualquiera que sea el orden de lectura. En ese universo de contornos vaporosos, la inasible Marie y el no menos volátil narrador van deshojando su amor en el pentagrama de las cuatro estaciones.
En una de esas escenas antológicas que no pocas veces fungen de puntapié de sus novelas —la vertiginosa fuga en motocicleta de tres personajes (Huir), el galope desbocado de un purasangre azabache de nombre borgeano por la pista de aterrizaje de un aeropuerto japonés (La verdad sobre Marie)—, el narrador surca la piscina de la azotea del hotel mientras contempla el cielo nocturno a través de los ventanales acristalados y experimenta “la sensación de estar nadando en el corazón del universo, entre galaxias casi palpables”. Momentos así, que nadie dudaría de llamar epifánicos (“era uno con la infinidad de pensamientos, yo mismo era el movimiento del pensar, el flujo del tiempo”), conviven con el deseo de que se desate un terremoto “que acabara con la ciudad y con mi cansancio, con el tiempo y los amores muertos”. Corolario, este desatino, de la búsqueda de una interioridad contingente que no va en detrimento del estilo. Porque si en sus inicios Toussaint aportó notas de humor al nouveau roman, a partir de este libro —publicado originalmente en 2002 y ahora traducido de manera impecable por David M. Copé— le añadió a su vez espesor sentimental y, sin renegar del talante innovador de sus predecesores, una soltura desprovista de deudas.
Jean-Philippe Toussaint, Hacer el amor, traducción de David M. Copé, Malas Tierras, 2026, 112 págs.
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