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A mediados de la década del sesenta del siglo pasado, la literatura latinoamericana vivió una explosión de visibilidad que trascendió las fronteras del mundo hispanohablante. La palabra que se utilizó para describir ese acontecimiento literario y del mundo editorial, sin embargo, fue tomada del inglés (boom) y aludía tanto a la aparición simultánea en la región de una serie de escritores notables como al extraordinario fenómeno de ventas que produjeron sus obras. El caso más paradigmático, mascarón de proa de aquel suceso, fue Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Así como tantas jóvenes argentinas de aquellos años se propusieron o soñaron con ser La Maga, infinitos lugares (tiendas de café, de ropa, de alimentos, de artesanos, de objetos) recibieron a lo largo y ancho del continente el nombre de Macondo. Pero como casi siempre que se produce una entronización, más tarde o más temprano vendrá el contragolpe. Pasaron los años y el “realismo mágico”, lo “real maravilloso”, esos oxímoros que habían sido discutidos con fervor y que habían tratado de definir un tipo de escritura que parecía haber captado cierta sensibilidad de una parte del mundo, se volvieron su propia caricatura. Al “boom” le siguió el “post-boom” y sus detractores crecieron en la misma proporción con que lo habían hecho antes sus defensores: la visión que esos libros presentaban de América Latina —se les criticaba— era cándida, ingenua, exótica, vendible al gringo como un souvenir de feria.
La relación de El sueño del jaguar, de Miguel Bonnefoy, con ese hito de la literatura (no solo latinoamericana) que fue la novela de García Márquez resulta bastante patente a lo largo de la lectura de sus páginas, primero en la voluntad de narrar una saga familiar que atraviesa tres generaciones, pero también en la voluntad de construir sus episodios desde cierto pintoresquismo que alguna vez fue asociado a una imagen de lo latinoamericano. Casi hacia el final de la novela, nos encontramos con este párrafo: “Más adelante, cuando ya vivía en París, Venezuela se acordaría tantas veces de aquel cobertizo médico en medio del mar, donde su padre guardaba cajitas en gavetas imaginarias, donde recibió sus primeras clases de Medicina bajo el viento denso de las costas caribeñas, que le parecía poder estirar la mano y tocar aquel recuerdo”. Venezuela es la hija de Antonio y Ana María, nacida en medio de las revueltas populares de 1958 contra el dictador Marcos Pérez Jiménez. Quizás sea una simple coincidencia, pero es difícil que al lector no le resuene este comienzo: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.
A su vez, los puntos de contacto de este libro de Bonnefoy con aquella atmósfera de “realismo mágico” pueden ser tantos como los aspectos en que el libro difiere del más importante libro de García Márquez: la historia no ocurre en un pueblo ficticio sino en Maracaibo, la pequeña ciudad que se convertiría en el centro de la industria petrolera de Venezuela; los personajes de los que se ocupa la saga han sido notables figuras reales de la historia de ese país (Antonio Borjas Romero, médico cirujano y uno de los impulsores de la educación universitaria venezolana; y Ana María Rodríguez, “la primera mujer médico de Zulia”, feminista y defensora del aborto legal) y a su vez abuelos del propio Bonnefoy; por último, la novela no fue escrita en español, sino en francés (la notable traducción es de Regina López Muñoz).
Bonnefoy es una máquina de narrar. No solo eso: esa máquina es sorprendente por su capacidad y destreza para sostener un tono narrativo que nunca decae, por hacer de la novela un flujo de acontecimientos que avanzan sin parar, por mostrar las características de sus personajes en escuetos diálogos y a través de sus ingeniosas ocurrencias lingüísticas. En esto, sus libros casi que podrían ser emparentados también —en su pasión por fantasear y escribir— con las novelas de aventuras de César Aira.
Difícilmente uno ubicaría El sueño del jaguar en los estantes que les corresponden en una biblioteca a las novelas históricas, pero lo cierto es que Bonnefoy traza un recorrido que ilustra, junto a la vida de sus abuelos, los aconteceres de la vida política de Venezuela desde el descubrimiento del primer campo petrolífero en Maracaibo, a comienzos del siglo XX, hasta la Revolución bolivariana de Hugo Chávez hacia finales del mismo siglo. Y quien lo cuenta es Cristóbal, el hijo de Venezuela, el narrador de la saga: “Era preciso que de aquellos relatos quedara algo más que palabras fugaces que se transmitían de generación en generación, de boca en boca, algo más que broches de oro y recuerdos desportillados”, reflexiona antes de sentarse a escribir.
Miguel Bonnefoy, El sueño del jaguar, traducción de Regina López Muñoz, Libros del Asteroide, 2025, 272 págs.
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