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CINE y TV

Hay en Hospital Británico un contraste entre la atmósfera lírica, con todo su repertorio telúrico, y la violencia formal, e incluso temática, del libro homónimo que el poeta Héctor Viel Temperley publicó en 1986, un año antes de su muerte, y en el que se basa el film de Fontán y Peirano. Pero acerquémonos a la película como un nuevo poema (en este caso audiovisual) que incorpora fragmentos del texto escrito por Viel y no es una biografía ni un documental, aunque por momentos lo parezca. El film es un todo nuevo.  

Alguien podría objetar que finalmente la película se llama igual que el libro de Viel Temperley y que los narradores que leen fragmentos del poema no se limitan a incrustar los versos en off desde el fuera de campo sobre los encuadres fílmicos, sino que los poetas-narradores ─a saber: Julián López, Teresa Arijón, María Mascheroni, Mercedes Araujo, Andi Nachon y Alicia Genovese─ aparecen en escena, escenifican de algún modo una interpretación ya sea usando un poncho o peregrinando entre la hierba silvestre, y cuentan su experiencia personal con el poeta. Pero estos momentos no solo componen una porción menor dentro del film, sino que la película puede funcionar perfectamente sin este desarrollo. 

El tren, un motivo recurrente, parece menos el indicador de un recorrido itinerante que el de un trazado más rizomático de los viajes a la memoria, física y mental, del autor. Hay que recordar que Viel sufrió en la propia intimidad de su cuerpo, de su cerebro, intervenciones graves que resuenan en el poema como la famosa serpentina helada que atraviesa su cabeza y su memoria condensando el pensamiento. Es notorio que a partir de los planos tomados desde el tren podemos apreciar que viaja por momentos en sentido contrario; por lo tanto, no recorre un camino de ida como se podría pensar, sugiriendo la metáfora del viaje hacia la muerte, sino que va y viene conectando esquirlas pero también, si se quiere, se constituye como un instrumento de acero que va trepanando las intimidades de la pampa húmeda.  

La película nos ofrece repetidas escenas de alta exposición lumínica ─y son estos, sin duda, algunos de sus momentos más bellos─, mientras que se oyen, por caso, estos versos: “Dos hombres blanquísimos de un colegio militar que es el desierto / o / y el color de las playas amarillas bajo un sol de nieve donde cruzan unos hombres descalzos / como también / el sol como la blanca velocidad de Dios”. Se detiene en el agua, sobre la arena, en las puntas de los pastizales y sobre todo en los encuadres directos hacia la luz del sol, ya sea filtrada a través de los árboles o desnuda en la intemperie del éter. La vemos difractada, enceguecedora, por momentos se rompe en halos que expresan las diferentes longitudes de ondas, la vemos torciéndose “en el viento, entre las cañas”.  

La sinestesia del espíritu, que es también la de los sentidos afectados, sucede en varios poemas y también en la película en esos delicados planos de las cortinas o de los plásticos sucios de la ventana del tren, usados como filtros de luz que logran demorarla, superponen capas y capas mezclando los sentidos, amalgamando texturas que se disuelven unas sobre las otras hasta estallar, como revientan “los vasos más pequeños de la nariz”.  

Tanto es la luz el tema de la película que su subtema es la textura, uno de sus derivados. Pero ¿qué luz es esta que intentaron captar Fontán y Peirano? ¿La física de Newton, la fenomenológica de Goethe o la luz de Cristo? ¿De qué Cristo? Vemos cómo esa luz se disuelve sobre las superficies cambiantes de la tierra, las mezcla, las empapa. ¿Qué es comulgar sino sentir una textura disolverse sobre la lengua? La sensualidad de las texturas, la mixtura como sustancia de la luz. El espíritu se hace cuerpo y el cuerpo se hace espíritu cuando se mezclan. Es la idea que aparece en Colosenses 2:9: “Porque en Cristo habita corporalmente toda la plenitud de la deidad”. La comunión se instala en ese gesto de habitar corporalmente lo divino. Ese es el espacio permanente del film. 

La película termina como empezó, con un paneo ahora descendente que va del cielo a la corteza terrestre, siguiendo el derrame de la luz que se filtra a través de las hojas de los árboles y cae por la corteza de los troncos hasta que se va deshaciendo en las flores blancas que se quedan con lo último del día. Se cierra así el ciclo de la luz, que si bien eterna, encuentra aquí una expresión particular, fundada tal vez en una certeza fuerte, la de la fe en la evanescencia.  

 

 

Hospital Británico (Argentina, 2026), guion y dirección de Gustavo Fontán y Gloria Peirano, 68 minutos 

29 Oct, 2026
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