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Bellos jueves

ARTE

Como una especie de conjuro ceniciento que no duraría más allá de la medianoche, el 24 de abril las puertas del Museo Nacional de Bellas Artes debían cerrar a las 20:30, pero continuaron abiertas. Los invitados que llegaban a bordo de autobuses, coches y rodados precipitaban sus mochilas frente a la recepción con cierto recelo para empezar el recorrido.

Una intrigante postal tomada de un pilón conducía a los flamantes recién llegados a través de salones en donde la excitación de las obras centenarias era más que evidente. En el elegante cartón, se pedía a la audiencia un atento reconocimiento del espacio en tanto museo, pero también se ofrecía, a quien disfrutara de ello, un grado de abstracción mayor.

Un jovencísimo comisario, traído de las pestañas por un viento pampero, se paseaba por las salas cerciorándose de que todo estuviese en su debida medida y forma. Y aunque nadie podría acusarlo de haber cometido el más ligero perjuicio contra tan honrosa colección, nada pudo hacer para evitar que un par de abejas –que habían esquivado, a gran velocidad, las perezosas puertas y a sus  simpáticos conserjes– viajaran hasta donde conversaban unas mujercitas coquetas de mejillas rozagantes y se ahogaran, embriagadas y lejos de la colmena, cual ofelias, en sendas tazas de inmaculada leche descremada.

A todo esto, los excéntricos empedernidos ponían en vilo el ala Este: un loco se apoderó del semblante de Balzac, que fue excusa para interpretar su propia poesía, mientras un colaborador anotaba definiciones de aura victoricista alrededor de un momento particularmente emotivo –por confuso y difícil de olvidar– de la historia nacional.

La música era todo: un ukelele poseso desencadenaba pequeños gritos en la sala impresionista, abigarrada de personas, y estas de a poco aflojaban sus posturas, al igual que sus abrigos, entregándose a una memorable velada que no estaría completa si no mencionáramos el video con el que don Tomás Maglione coronó la pintura de El Greco. Un juego, una destreza o un truco: cómo todas esas monedas ascendían de un nudillo a otro en una hipnótica pirueta que provenía de muy adentro de la pared.

Cerca de allí había apasionados del arte hablando en voz alta y gente atenta escuchando. ¿Estaban enseñando? ¡Y a mí qué me importa! Santiago Villanueva me invitó a mostrar una película en ese espacio sacro, consagrado a lo más elevado. El arte europeo, que es el arte que calentaba a la Generación del Ochenta y el que vino después a contar cómo los indios se robaban a las mujeres o esos principios de organización con caballos y árboles de troncos inmensos, en especial aquel en el que Prilidiano Pueyrredón caló sus iniciales.

¿Será mal visto si escribo una crítica de algo en lo que participé? Ante todo, quiero decir que mis padres me costearon varios talleres de arte porque entonces yo no trabajaba, y con cariño recuerdo las magníficas tocatas de jazz o cómo las películas elegidas y presentadas por Salvador Sammaritano engrosaban mis tímidos párpados, permitiéndome descansar en un espacio de privilegio. Sin duda, ir al Museo a fisgonear es aún para cualquier adolescente un programa extravagante.

 

Bellos jueves, curaduría de Santiago Villanueva, Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires, 24 de abril – 25 de diciembre de 2014.

8 May, 2014
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